El dolor ha sido un artículo de mucha retroalimentación en estos días. Me he contactado con situaciones de aflicción en familias y amigos queridos, y varios de ellos comienzan a abrir los ojos ante la situación. La realidad nos lleva a puertos donde el deseo y las expectativas no nos dejan amarrarnos, puertos que no se ven, escondidos en la neblina de lo que creemos es lo que debe ser. Cuando descubrimos que la vida es como es, más allá de nuestras expectativas, deseos y creencias de obligaciones adquiridas por convenciones sociales, se comienza a disipar la espesa niebla, como corolario de la reflexión.
La enfermedad nos hace sinceros. Siempre. Debemos observarla, para entenderla. Eso no significa y no quiero decir que debemos ser pasivos y dejarnos morir o dejar que los seres queridos se suman en ella sin atención. No, nada de eso. La tecnología disponible nos permite acceder a restaurar la salud, a recuperar el equilibrio perdido. Pero lo verdaderamente importante es descifrar la sinceridad de la enfermedad, leer el mensaje que nos envía, aparte de la atención física que ella demanda.
No es extraño que ante cambios en la vida ocurran desenlaces imprevistos. Por ejemplo, justo antes de un cambio de trabajo ocurre una torcedura de un pié.
Recuerdo hace algunos años atrás cuando comenzaba mi aventura independiente que jugando a la pelota –como decía cuando era niño- me rompí el tendón de Aquiles de mi pie derecho. No lo atribuí a nada ajeno ni extraño, y porfié durante un rato que había sido un golpe que me había dado un contrincante el causante de la lesión. Mis compañeros de equipo me aseguraban que nadie me había tocado cuando caí al suelo presa del intenso dolor. Era un día sábado en la tarde. Mi oficina llevaba un corto período de tiempo funcionando, sin éxito, consumiendo recursos sin generarlos. Lo curioso es que el lunes siguiente tenía agendada dos reuniones importantes con potenciales clientes para la oficina, que podían, con su concurso, aliviar los exiguos ingresos. Como se podrá adivinar, hubo de posponerse todo por un plazo largo. Lo importante sin embargo era que mi corazón no estaba alineado con esa actividad, no era eso lo que quería hacer, claramente. E intuía que los clientes no traerían lo que necesitaba en mi camino, sino que incrementarían el peso de la mochila que me impediría moverme con facilidad. El mensaje del cuerpo era evidente, pero no podía verlo. No tenía mis sentidos abiertos para captar que si estaba haciendo algo que mi alma no quería hacer mi cuerpo me lo iba a decir claramente.
Hay algunos síntomas que nos obligan a observar lo que pasa en nuestro recorrido.
Por ejemplo, los vómitos son un claro indicio que queremos expulsar algo que no podemos digerir. Ese algo puede ser una persona que llega a la vida, alguna situación que hará cambiar la vida o simplemente algún acontecimiento que no podemos aceptar. Es común ver como los ciudadanos del primer mundo se descomponen cuando llegan a países donde la pobreza y las condiciones extremas en las que vive la gente son desgarradoras. Su estómago no lo puede tolerar, y lo vomitan, o lo expulsan como diarrea. No han podido digerirlo. Los vómitos y diarreas son un claro mensaje del rechazo.
La fiebre puede ser un indicio de una lucha desatada que implica el paso de un estado a otro, en que el fuego de la decisión en vez de estar en la conciencia para su resolución está en el cuerpo para su expresión. Sin duda que la lucha contra los organismos externos que están actuando simboliza claramente el conflicto, en que el enfermo interpreta que la causa es externa. Por eso, los estados febriles son más frecuentes en los niños, a los cuales les cuesta tomar decisiones –y no pueden expresarlas ni menos llevarlas a cabo- so pena de herir con ellas a quienes son sus padres que tienen expectativas no disfrazadas en el desarrollo y futuro de los pequeños.
Los accidentes físicos que impiden realizar lo que está planeado son otra forma de hablar del cuerpo. Cortes que impiden maniobrar utensilios, lápices –para por ejemplo no firmar algo-, o simplemente tomar o asirnos de algo; quebraduras de huesos que nos obligan a la inmovilidad; roturas de ligamentos y tendones como lo que describí arriba que impiden el desplazamiento; súbitos malestares que impiden desenvolverse con normalidad, son todos ellos claros indicios de que nuestra alma nos quiere alertar, y lo hace a través del cuerpo, deteniéndonos en el caminar.
Las casualidades no existen, y la enfermedad no busca otra cosa que sanarnos, haciéndonos sinceros.
Es necesario que tengamos la valentía de observar su mensaje, para nuestro crecimiento y aprendizaje, para ser mejores en la vida, para llevar más alegría y felicidad a los seres que amamos, a nuestro prójimo y a la humanidad toda.
Que Dios les bendiga.
Con el artículo que acabas de compartir es imposible evitar una mirada hacia atrás, hacia el pasado; me refiero al pasado no como lo utilizamos buscando la identidad de lo que somos en nuestras vidas presentes, sino más bien, como comprensión de las situaciones que enfrentamos ahora.
De repente, hay tanta similitud entre las cosas que comentas y los eventos que me han sucedido en varios pasajes de mi vida, que me da la impresión de que esta comunicación que estableces con todos quienes participamos de tu blog se transforma por momentos en un grato entendimiento.
Creo no haber tomado mucho en cuenta mi intuición, o a lo mejor le tengo miedo. Falta como dices tú más valentía para aceptar la intuición del corazón, los mensajes que nos llegan… los mensajes del alma.
Que Dios te bendiga.
Si Joselo, se necesita de gran valentía para aceptar lo que nos sucede, porque todo tiene una buena razón, y nada es casual. La dificultad estriba en que no podemos ver en nosotros lo que nos afecta, y debemos ser humildes para pedir ayuda a otro ser humano.
Un abrazo y que Dios te bendiga.