Mucho se dice de la enfermedad. Y del fracaso cada vez más evidente de las políticas públicas. Los recursos del presupuesto estatal destinados al sector “salud” son cada día más cuantiosos y la percepción de la gente es que los resultados son cada día peores. No ahondaré en los detalles, por ser negativos, e influir en el ánimo de los lectores. Pero hay un dato muy especial que creo necesario poner de relieve. La medicina occidental científica y académica tiene la particularidad de quitarle el poder a las personas. Esto porque sus actores principales, los médicos, les tienen acostumbradas a pensar en que las enfermedades son ajenas a ellos, vale decir no tienen nada que ver con sus comportamientos, sus emociones, sus creencias o sus conflictos, sino que son consecuencia de bichos externos o de la comida que ingieren. Sin embargo, sus fracasos en la causalidad son tan evidentes como cuando en una familia todos sus integrantes comen lo mismo, pero solamente uno de ellos hace cálculos, por ejemplo. Ahí, si no se puede culpar a la genética se utiliza al estrés. Aclarada la causa. Y el paciente y sus familiares, luego de la profusión de palabras en latín que significan solamente la descripción del fenómeno del síntoma, y de la correspondiente receta de medicamentos, escrita en forma ilegible para el común mortal, pierden el poder de afrontar la enfermedad por sí mismos, resolviendo los conflictos que la generaron.
Los hospitales, consultorios, postas y consultas privadas se ven llenos de personas, los pacientes, muy pacientes, que han perdido el poder personal, que ha sido arrebatado utilizando herramientas como el miedo, por ejemplo, guiado por la arrogancia. Y buscan entonces solución a su sintomatología sin tener nada de poder. Por ello, cada día se ven más y más personas que acuden a los centros, y ellos se van viendo sobrepasados por la demanda. Y como las gentes no tienen poder personal este debe ser provisto por aquellos a quienes se les ha dado, o que lo han tomado, utilizando las herramientas de que disponen, como son los medicamentos, por ejemplo.
Por otro lado, al perder las personas la comunicación consigo mismos –por no tener el poder- no pueden interiorizarse de las causas de su enfermedad, no pudiendo reconocer entonces las verdaderas razones de las dolencias.
Hay otro punto que creo importante resaltar. Una enfermedad se produce como resultado de un largo proceso de conflicto, que en algunos casos puede durar años. Pero la medicina occidental pretende solucionarlo con medicamentos en unas cuantas horas, o días a lo sumo. Entonces, las personas pierden todo contacto consigo mismos y con los mensajes que transmite el cuerpo y que dan los avisos para mejorar la vida. Entonces, mayor sustracción del poder personal. Y las consecuencias las podemos ver diariamente en las estadísticas sectoriales y en las noticias que dan cuenta de la calidad de las atenciones en los establecimientos públicos y en la percepción del pueblo.
Me permito aportar un capítulo del libro “Libérense a ustedes mismos” del Dr. Edward Bach, que puede ayudar en la comprensión del concepto de salud:
«Capitulo II
La salud depende de la armonía con nuestras propias almas
Es de primordial importancia que el verdadero significado de la salud y la enfermedad sea claramente comprendido.
La salud es nuestra herencia; nuestro derecho. Es la unión total y absoluta entre el alma, la mente y el cuerpo, y no es un ideal demasiado lejano ni difícil de alcanzar; por el contrario, es tan fácil y natural que ha pasado desapercibido para muchos de nosotros.
Todas las cosas terrenales no son más que interpretaciones de las cosas espirituales. La más pequeña e insignificante de las ocurrencias tiene detrás un propósito divino.
Cada uno de nosotros tiene una misión divina en este mundo, y nuestras almas usan nuestras mentes y nuestros cuerpos como instrumentos para la realización de esta tarea; de esa forma, cuando los tres están trabajando al unísono, el resultado es la salud y la felicidad perfecta.
Una misión divina no significa necesariamente sacrificio, retirarse del mundo o rechazar los placeres de la belleza y la naturaleza; por el contrario, significa disfrutar más y mejor de todas las cosas. Significa hacer el trabajo de la casa, cultivar una granja, pintar, actuar, o servir a nuestros semejantes en la forma en que sepamos. Y esta tarea, cualquiera que sea, si la amamos por sobre todas las cosas, seré el definitivo mandato de nuestras almas; la tarea que estamos llamados a hacer en este mundo, y el único en que podremos ser nosotros mismos, interpretando de una forma material y cotidiana el mensaje del verdadero Yo. Nuestra salud y nuestra felicidad serán así las que nos permitan juzgar hasta donde hemos interpretado bien este mensaje.
En el hombre perfecto existen todos los atributos espirituales, y venimos a este mundo a manifestarlos de a uno por vez, así como a perfeccionarlos y fortificarlos de modo que ninguna experiencia ni dificultad pueda debilitarnos o apartarnos del cumplimiento de ese propósito.
Nosotros elegimos nuestras propias ocupaciones terrenales y las circunstancias externas que nos proporcionarán las mejores oportunidades de probarnos al máximo. Venimos con el conocimiento global de nuestra tarea específica; venimos con el inimaginable privilegio de saber que todas nuestras batallas están ganadas antes de entrar en combate; que la victoria es cierta aún antes de que llegue la prueba, porque nosotros sabemos que somos los hijos del Creador, y como tales, divinos, inconquistables e invencibles. Con este reconocimiento, la vida es un verdadero regocijo; las dificultades y las experiencias pueden considerarse como aventuras, porque si comprendemos plenamente el poder que tenemos y somos fieles a nuestra Divinidad, todas las dificultades se desvanecerán como la niebla bajo el sol. Para ello Dios otorgó a sus criaturas el dominio sobre todas las cosas.
Tan sólo con escucharlas, nuestras almas nos guiarán en cada circunstancia y en cada dificultad; la mente y el cuerpo, dirigidos por ella, pasarán por la vida irradiando felicidad y perfecta salud, tan libres de preocupaciones y responsabilidades como un confiado niño pequeño.»
Que Dios les bendiga.
Tan sólo con escucharlas, nuestras almas nos guiarán en cada circunstancia y en cada dificultad.
grrrr.
fe
fe
fe
fe
becho.
(p+)