El que una persona enjuicie a otra –pelar, en nuestro coloquial entendimiento- no convierte a la enjuiciada en lo que dice aquella. No. Lo único que podemos observar de esta situación es que la persona que pela solamente necesita hacerlo. El destinatario de sus pelambres no se convertirá en lo que dice. Seguirá igual. No le pasará nada.
Es un ejercicio bastante común en nuestro país –al menos yo lo he comprobado, comparándolo con España, donde viví un par de años- el pelambre. Por lo demás para mí es falso aquello que adquirimos esa costumbre de los peninsulares. Lo hacen mucho menos que en Chile.
Este acto se aprende desde muy temprana edad, y refleja las más de las veces una falta de estimación personal, autoestima. ¿Cómo funciona esto? Simplemente el que pela –o emite juicios- ficticiamente hace caer al enjuiciado a un nivel más bajo que el propio, con la finalidad de subir también ficticiamente el mismo. Sin embargo ello es solamente imaginario, irreal. La persona enjuiciada no sube ni baja de posición ni de categoría con los juicios que se hacen sobre ella. Mas, la persona que enjuicia, la que pela, adquiere una deuda, al expresar su negatividad, que deberá alguna vez equilibrarse. Ya Jesús alguna vez dijo: “No hagas juicios sobre otros, porque con la vara que midas serás medido”.
Por eso, la autoestima se fortalece siempre con el pensamiento positivo. Es cierto que a veces es complicado mantenerse en él, especialmente cuando suceden acontecimientos dolorosos que sacan del equilibrio y del centro amoroso. Sin embargo, ayuda mucho el darse cuenta que siempre el ver las cosas de diferente manera hace que esas mismas cosas cambien, y adquieran otra significación.
La autoestima necesita como un frondoso árbol el riego profundo lleno de alimento llamado amor. Mientras más amor se recibe mayor es la autoestima. Y como dar y recibir son lo mismo, mientras más amor se da mayor es la autoestima. El amor que damos expresando lo que somos, desarrollando nuestros talentos como un regalo hacia el mundo, hacia los que nos rodean. Somos únicos e irrepetibles, y ello debemos desarrollarlo en la humildad y no en la arrogancia, para que seamos un regalo digno para aquel que nos regala con su presencia y compañía.
Somos únicos con nuestros talentos y características, pero necesitamos nutrir nuestros conocimientos, para ser mejores día a día. Instruirnos, aprender lo necesario, sin detenernos, nos hace ser mejores. Todo ello, junto a la reflexión, forma parte de los ingredientes necesarios para mantener y nutrir nuestra autoestima, lo que claramente contribuye a desechar la necesidad de hacer juicios.
Muchas veces somos nosotros mismos nuestros peores jueces. Muy a menudo. Podemos perdonar –o aceptar simplemente- los “errores” en otros, a los cuales siempre le buscamos una explicación, pero cuando nosotros hacemos o nos ocurre lo mismo, nos podemos sacar el cuero de a pedacitos, y cortarnos en trocitos, sin compasión alguna, castigándonos por lo sucedido. Somos nuestros más inflexibles jueces e insobornables verdugos.
Es necesario que aprendamos a reconocer nuestras virtudes. A veces se requiere de ayuda en esa identificación. Es un buen ejercicio el hacerlo, ya que además ejercita el arte de pedir lo que necesitamos. Todo un ejercicio. Esto lo digo porque es una característica social la dificultad en pedir lo que se necesita, lo que está ligado fuertemente a la conciencia de no merecimiento, hondamente arraigada en el alma nacional.
Pero también es necesario que aprendamos a reconocer, a identificar nuestras falencias. Esto requiere de valentía y fortaleza. Hoy las empresas pagan a asesores para que entrenen a sus ejecutivos, ayudándoles a reconocer sus debilidades para que las mejoren. Sin embargo, este entrenamiento adolece –por lo general- de la ayuda de reconocimiento de las virtudes de las personas entrenadas. Y ello a veces es difícil de lograr, por estar arraigado el concepto de que debemos combatir lo malo solamente. Pero ello es un arma de doble filo, porque si el ser humano se centra en lo negativo, en aquello que no le funciona, se verá afectado por esa negatividad, y no podrá crear lo necesario para su mejor desarrollo, que se logra con el pensamiento positivo.
El hacer juicios sobre otro no convertirá a ese en lo que decimos. Solamente quedará claro que necesitamos hacer ese juicio. Esa será la única conclusión que se podrá obtener de nuestra actitud.
Aprovechemos la vida, andemos a paso seguro, firme, recorriendo el camino sin temor. Aprovechemos y conversemos mirando a los ojos, directamente, con una mirada llena de aceptación y comprensión, de amor. Estiremos la mano para saludar al prójimo y no mezquinemos los abrazos –sin golpear al otro en la espalda-, acompañando esta acción con palabras afectuosas. Apoyemos a quienes nos lo piden y seamos un regalo para el prójimo. En resumen, pongámosle color a la vida, como dice una querida amiga, absteniéndonos siempre de enjuiciar. Eso se contagia, y ayuda a mantener la autoestima.
Que Dios les bendiga
Me encantó lo que escribiste, es cierto que el pensar positivo hace que el camino por recorrer sea más grato, entonces sigamos poniéndole color a la vida…
Un abrazo
Justamente, de eso se trata, de vivir la vida como un regalo, como la oportunidad de servir, de regalarnos.
Que Dios te bendiga
Ag, me cuesta tanto, aunque lo hago menos que antes. De a poco.
Y bueno, con autoestima baja, no se disfruta nada. Tbn trabajando aquello.
beso, muah!
(p+)