En pleno verano, con temperaturas ya altas, de pronto, la garganta comienza a inflamarse, empieza a picar, se hace dificultoso tragar saliva, y a poco andar, mirándose en el espejo, descubre la afectada que las amígdalas están blancas, purulentas. Todo un suceso. Comienza la inevitable búsqueda del o de la culpable, es decir, quién de todos los que ha estado en contacto en las últimas horas es el resfriado. El análisis concluye que nadie. Todas las personas con que se ha relacionado están sanas, y nadie ha dado muestras de molestias. Frustrante, ya que no hay nadie a quien echar la culpa, como estamos acostumbrados. No hay alguien a quien pasarle la responsabilidad por la afección.
La enfermedad como es interpretada por la medicina occidental nos hace completamente irresponsables, al situar la razón de ella fuera de nosotros, como si los síntomas fueran algo que se ha pegado de casualidad. Siempre se anda buscando al culpable de lo que sucede.
Infortunadamente, esta acción es consecuencia del proceso de desarrollo del método científico, que busca el cómo en todo, pero lo hace solamente por el lado de lo tangible, lo mensurable, sin considerar a la persona, su entorno, sus circunstancias, sus vivencias, sus creencias, sus emociones, su vida, en fin. Y digo infortunadamente, porque como sociedad hemos aprendido a buscar el culpable a lo que nos pasa afuera de nosotros, como si fuéramos inocentes, blancas palomas de los acontecimientos, y mientras no aparezca el culpable no hay tranquilidad, no hay la sensación de justicia, de equilibrio.
La enfermedad está puesta para decirnos que el camino que llevamos como personalidad, como ego, no es el camino que nuestra Alma, que habita temporalmente el cuerpo, necesita recorrer para su desarrollo y aprendizaje.
En pleno verano, con temperaturas ya altas, una de las personas más amadas la ofendió gravemente, hiriéndola en el corazón con actitudes que jamás se pensó podría tener. Las expectativas sobre su comportamiento futuro lleno de amor, gratitud, alegría, ternura y cariño se derrumbaron para dar paso a un comportamiento lleno de rabia, amargura y manipulación. Esta situación y sus consecuencias la afectada no las pudo tragar, por más que las masticó. A las pocas horas comenzaron los síntomas que ya describí, que se transformaron pronto en los propios de la rabia –dolor de cabeza- y pena, con los síntomas del resfrío. Y por más que miraba a su alrededor no encontraba a nadie resfriado, ni moquillento siquiera.
Hoy, el proceso de aprendizaje de la afectada está en pleno apogeo. Y sin duda que cuando los síntomas se vayan, igual que como aparecieron, será otra, porque habrá aprendido algo más acerca de sí misma y de lo que le pasa. Y así cumplirá lo que su Alma necesita, que es aprender. Y con ello su relación con la enfermedad ya no será de odio, no será la de combatirla –como lo hace la medicina occidental, en que todo se ha convertido en enemigo-, sino la de entender su significado para poder de ese modo sanar, es decir, crecer.
Quiero que observe el parangón de la medicina occidental en su búsqueda permanente y constante de enemigos a quienes combatir con la organización social de las potencias militares, que siempre necesitan un enemigo a quien derrotar, no sin antes permitir que la imagen de ese antagonista al que pintan de casi invencible -imagen siempre creada con el concurso de los medios de comunicación, y por organizaciones que cumplen siniestros papeles- siembre el terror entre los honestos ciudadanos. Entonces, se puede combatir con todo el rigor que permiten los elementos, y además con una justificación valórica.
En pocos días el proceso de la enfermedad habrá terminado. Nada grave ni preocupante mientras se resuelva el conflicto sin manipularlo. Y la afectada será otra. Sin duda. Habrá aprendido.
Que Dios nos bendiga a todos.
Chiiu
Nada que decir. Me quedó claríto-claro.
Muchas gracias, te quiero.
(p+)
Paloma, gracias por tu apoyo.
Yo también te quiero mucho.
Un abrazo y que Dios te bendiga.
Excelente el artículo, me ha dado en el clavo ya que estoy pasando por ese momento, ha quedado clarísimo.
Tía Adriana que lo quiere mucho.
Tía Adriana, gracias por pasarse por estos lados y compartir lo que le pasa.
Un fuerte abrazo y que Dios le bendiga