Hemos visto que la sangre simboliza la vida. Ella corre por el sistem
a circulatorio, y su facilidad o dificultad en el tránsito nos hablan de su dueño y de su manifestación en el mundo. Y el colesterol ha sido sindicado como el causante de su ralentización, ya que al fijarse a la pared interna de las arterias forma placas de grasa que obstruyen la circulación de ella.
Cuando sucede lo anterior se corre el riesgo de presentar varias dolencias, entre las cuales están las cardiovasculares, infartos al miocardio por obstrucción de las coronarias, infartos cerebrales, esclerosis de las arterias de la retina, infartos renales y otras, incluida la parálisis.
El colesterol es el demonio mismo, y ha sido el enemigo público número uno, a quién la medicina occidental busca derrotar por todos los medios. Las personas conversan habitualmente de sus niveles corporales obtenidos en las muestras de sangre y muchos médicos buscan hacerlo bajar todo lo posible, sindicalizándole como responsable de todos los males.
Pero el colesterol está presente en la casi totalidad de los órganos del cuerpo, en la sangre, los tejidos y en todos los líquidos. Es una sustancia hormonal y se requiere para la síntesis de muchas otras hormonas. En resumen, es indispensable para nuestro organismo. Contribuye a la elaboración de la bilis, la vitamina D y de las hormonas sexuales como son la testosterona, estrógenos y progesterona. Pero, lo importante es que solamente poco más del 20% de él procede de nuestra alimentación, de alimentos como los huevos, la mantequilla, las cecinas embutidas, la carne, el queso o la crema. El resto se produce en el hígado.
Entonces, ante este antecedente, ¿qué tiene que ver conmigo el nivel de colesterol que puedo tener?, ¿puedo culpar a la alimentación de lo que me pasa, de lo que sucede con mis arterias?
Me viene a la memoria un familiar que fue operado a los 70 años por obstrucciones coronarias, quien a los 40 dejó de fumar lo poco que fumaba, iba regularmente al gimnasio, al menos 2 horas por tres veces a la semana, caminaba diariamente al menos dos kilómetros, había dejado la mantequilla, las frituras y las grasas, las carnes rojas las había reemplazado por pescados y mariscos, mantenía su peso ideal para la altura y contextura física, – además había sido deportista toda su vida-, y se preguntaba por qué le había sucedido todo esto si le habían asegurado que nada de eso le iba a pasar si hacía lo que hizo. Estando a solas y convaleciente conversamos, y recuerdo su cara de decepción y extrañeza, bajándola y moviéndola de un lado a otro, buscando en el suelo la explicación que la razón y la ciencia no pudieron darle.
Imagino que en la consulta el médico, a solas, le habrá dicho que influían causas genéticas y además el nivel de estrés. Aclaradas las causas.
No hemos vuelto a conversar del tema.
Hoy la medicina hace una distinción entre el colesterol bueno y el malo. Demás está decir que esta definición es para mí de una simpleza preocupante. Antes de ello me gustaría saber si en el cuerpo humano, después de llevar más de 5 millones de años sobre la faz de la tierra, podemos decir con tanta facilidad que algo es malo en él. Pongo en entredicho esta definición por estimar que detrás de ella se esconde nuevamente un deseo de manipular conciencias y atemorizar a los simples mortales por afanes de ingresos de la industria.
Esta distinción sí presenta un lado práctico. El colesterol es transportado por dos tipos de proteínas: las LDL (Low Density Lipoprotein) y la HDL (Hight Density Lipoprotein). Estas siglas en inglés diferencian entre la alta y la baja densidad de las lipoproteínas. Las LDL, de baja densidad, transportan el colesterol desde el hígado hacia los tejidos y órganos. Es necesario saber que el colesterol es necesario para la formación y mantenimiento de los tejidos. Recuerdo a un médico que me explicaba que si no tuviéramos colesterol seríamos una masa amorfa ubicada toda a la altura de nuestros pies.
Cuando el colesterol transportado por los LDL es excesivo, es decir, no se requiere en el cuerpo, permanece en el torrente sanguíneo y se deposita al cabo en las paredes de los vasos, se hace espeso y termina por obstruir la circulación sanguínea.
El HDL, de alta densidad, hace el camino opuesto, ya que transporta el colesterol desde los tejidos hacia el hígado, asegurando su limpieza.
Por eso los han denominado a aquel el malo y a este el bueno.
Podemos entonces hacer la analogía. El depósito de colesterol en los vasos significa que no dejamos circular la vida libremente dentro de nosotros, que le ponemos trabas a la alegría de vivir, y que nos cuesta expresar el amor por la vida y vivirla a fondo. ¿Existe algo dentro de nosotros que no nos gusta y tratamos entonces que no se manifieste? ¿Es que nos da miedo el vivir la vida plenamente? ¿Tememos a nuestros instintos o a nuestra intuición? ¿Tememos apartarnos del mismo camino gastado que todos recorren en pos de la seguridad material?
Es necesario preguntarnos, hacernos preguntas sobre el significado del síntoma, ya que él nos hace sinceros. Nuestra sombra, aquello que luchamos –otra vez la palabra lucha, la guerra permanente- por esconder siempre se manifiesta, de una u otra forma.
Con el colesterol alto se impone regular las comidas y la ingesta de alimentos ricos en grasa. Bajar de peso es recomendable. Cambiar los hábitos de alimentación. Pero eso es externo. La verdadera revolución –el cambio que sí importa- es interna, y es necesario hacerla.
Este nos conducirá a darnos cuenta que la seguridad que hemos puesto en lo material es ficticia, ya que ella no existe, y nos puede llevar por caminos diferentes, en que lo material deja de tener la importancia que se le ha asignado –o nos han enseñado a asignarle-, para dar paso a lo que significa el concepto del amor incondicional.
Lo material que poseemos no nos brinda la seguridad. Poner el corazón a disposición de la vida sí lo hace.
Que Dios nos bendiga a todos.