Hace un par de días conocimos un video tomado con un celular sobre una intervención de urgencia en una paciente moribunda efectuada por un médico en el hospital de La Calera. En dicha atención el médico tratante procedió a intubar a una paciente de 76 años, quien estaba en muy malas condiciones físicas producto de un paro cardiopulmonar. En un minuto y 23 segundos se aprecia la maniobra y el pedido del médico de ser grabado, y al cabo de su maniobra, que dura quince segundos, es aplaudido por el personal, en medio de carcajadas generales.
Al ser el médico enfrentado por una hija de la paciente le expresó que él no había hecho la grabación y le recordó que él le había salvado la vida a la su madre.
Para hacer declaraciones a la prensa sobre lo acontecido el médico solicita diez millones de pesos, según un escrito dejado en el hospital donde trabaja.
Hoy él y el equipo enfrentan una querella en tribunales por violación de privacidad.
Lo anterior es una muestra de lo que ha llegado a ser la práctica de la medicina por algunos médicos y por el personal asociado a su labor. La indolencia y nula conexión con el paciente, y el afán de lucimiento personal, un ego cultivado y elevado al Olimpo producto de la toma de poder desde los pacientes al tener la facultad de administrar drogas y ordenar tratamientos terapéuticos, sin atisbos de compasión ni amor por el prójimo, ni mucho menos servicio a otro ser humano.
Un artista tecnológico en el escenario de una sala de urgencias, con un público cautivo ávido de demostrar su admiración ante tamaña muestra de habilidades, pero practicando en un ser de su misma naturaleza y condición, humano y mortal por lo tanto, el cual es considerado solamente un instrumento de experimentación.
El sumum de la actuación viene después de finalizada, cuando el público es otro, y que le reclama la falta de probidad, al cual expresa que no se debe olvidar que le salvó la vida a la paciente. Es decir, el sólo hecho de realizar una maniobra técnica para la cual ha sido entrenado y que conlleva mantener con vida un cuerpo le hace pensar que tiene derechos divinos para hacer lo que se le venga en gana, y además, una vez más, subirse al pedestal para hablar a los inferiores en las condiciones que estime.
La medicina actual, con los adelantos tecnológicos pareciera llegar a un estado en que es considerada casi mágica y omnipotente. La profusión de artilugios, procedimientos, exámenes de laboratorio, drogas y fármacos –amén de la propaganda y publicidad- hacen de la práctica médica occidental algo dotado de un halo de virtud y majestuosidad cercana al altar de Dios. Los hombres, centrados en nuestro miedo, ya sea al dolor, a la indefensión, a la dependencia de otros o simplemente a la muerte, le hemos dado ese poder. Sin embargo, el poder se lo hemos dado desde una posición de igualdad como seres humanos, desde nuestra condición fraternal, como hijos de Él, pero ha sido tomado para ascender un peldaño por quienes practican las artes del combate a la enfermedad, como es el caso de este particular médico de La Calera, curioso ejemplo repetido por doquier.
¡Como extrañamos en la medicina actual una apertura amorosa hacia el paciente que acude por ayuda! No es común encontrar humanización en el mundo de la medicina, y cuando los que están en la cúspide tienen los comportamientos observados los que están bajo ellos no lo podrán hacer mejor. Cuánta falta hace recorrer el camino de la ternura, de la buena voluntad, del servicio, en fin, del amor.
Creo que hemos venido a la Tierra con dones únicos e irrepetibles, para donarlos a la humanidad, en toda condición, y nadie puede hacerlo por nosotros. Somos únicos. Lo que traemos para dar nadie más lo puede entregar. Y eso debemos darlo con amor, amor por nosotros y por el prójimo, igual que la semilla que se convierte en árbol, igual que la oruga se convierte en mariposa, para regalarse a otros. El servicio a otros ayuda a crecer. Nos ayuda a ser mejores, y a acercarnos cada vez más a ese lugar desde donde alguna vez salimos a recorrer el camino como seres humanos, a ese lugar en que compartimos con Dios.
Que Él nos bendiga a todos.