A no dudarlo, el miedo es una de las emociones que se imponen con regularidad en el mundo. Este tema de la publicitada fiebre porcina, rebautizada ahora como influenza humana –al menos se está exculpando a los marranos de este “flagelo” y ya uno de los jinetes del apocalipsis no tiene las orejas puntiagudas ni la cola enroscada- ha puesto en evidencia la facilidad que presentamos los seres humanos de ser manipulados por otros. La manipulación es claramente enemiga del amor, porque precisamente no permite que se desarrollen las condiciones en que este florece y llene de felicidad lo que toque.
El miedo ha estado presente en el hombre desde los albores de él mismo como ser viviente. Es una emoción que es parte nuestra.
En los tiempos que corren el miedo comienza su andar en el vientre materno. Basta que una mujer quede embarazada para que comience la escalada de miedos. Por un lado están aquellos que pregonan las futuras dificultades materiales, económicas y financieras y las tribulaciones que se vivirán ante esta maternidad. Los costos de los controles, las posibles dificultades laborales y los costos asociados al parto. Luego están los miedos del mundo académico. Esto está dado por cualquier indicación de que algo no anda bien en la gestación. Por mínimo que ello sea, hasta la indicación de los riesgos del parto natural, dolores incluidos, que llenan de dudas y miedos a la novel madre y al padre, y también a la criatura dentro del vientre. Los inventos de la ciencia moderna para una de las funciones más antiguas del ser humano como tal en la tierra como son concebir, gestar y parir, para hacerlos aparecer como asuntos riesgosos, llenos de complejidades y peligros no hacen más que esparcir un miedo que nunca debió aparecer. Luego vienen los miedos de la escasez en la crianza de ese niño o niña. La conexión con la precariedad es al parecer automática, y antes de que nazca ya están faltando los recursos para alimentarlo, vestirlo y educarlo.
Luego vienen los miedos físicos de la crianza. Hoy a los niños hay que criarlos asépticos totales. Falta que existan máquinas desinfectantes a la entrada de las casas y burbujas para instalar a los niños en ellas, con tal que no tengan ninguna posibilidad de pescar algún bicho, por una parte, y no corran ningún riesgo físico que pueda poner en peligro su integridad, por otra. Los padres de hoy deben observar lo que están haciendo con los niños y con ellos mismos, viviendo en un mundo ficticio, irreal -perfecto y desinfectado-, viendo amenazas por doquier y que no hacen más que crear miedos.
Los miedos nacen en el hombre por su falta de fe en el futuro. En los tiempos que corren vemos con creciente preocupación que los esfuerzos por asegurar el futuro son cada día más exigentes y terminan por desmembrar los castillos que la ilusión desde la temprana infancia ha ido construyendo en nosotros. La ansiedad hace presa fácil de quienes aceleradamente esperan que se concreten esos sueños y deseos largamente anhelados. Entonces, la expectativa de un futuro incierto se acrecienta a medida que aumenta la sensación de amenaza. Inconscientemente vamos alimentando dicha sensación, que va moldeando nuestros caracteres, y nos lleva a asumir actitudes acordes a ello, obteniendo entonces los resultados que acompañan a nuestros comportamientos, y que no son otros que los que vemos hoy campear en el mundo y que –paradójicamente- tanto criticamos, y que, además, forman parte de nuestra sombra, aquella que no queremos reconocer ni menos aceptar. Los miedos forman parte de las campañas de marketing de instituciones financieras, compañías de seguros, compañías de inversiones y otras. Todas las estrategias de comunicación están basadas en los miedos. Los seguros son la muestra más patente de ello. Nada quiere dejarse a su desarrollo. Todo debe ser asegurado. El miedo es una segura forma de ingresos. Basta encontrar la forma de gatillar en la gente el miedo para vender el producto asociado. Observe un producto solamente: el seguro de vida. El seguro de vida no le asegura la vida –lo he repetido mucho-, pero es un producto que se compra y paga como propio. Y el beneficio viene una vez que se ha perdido aquello que se quiere asegurar, la vida. Como el cerebro entiende –o cree entender- que se asegura la vida, funciona entonces conforme a ello, y se adoptan entonces las formas de vida riesgosas, como es la actual vida moderna.
La anticipación de los futuros hechos poco felices no manifestados es lo que desata el temor. Es verdad que anticiparse a los hechos hace prevenir asuntos claves en la vida, y es parte del hombre prevenirlos y preverlos para poder asegurar su permanencia como especie en la Tierra, pero de ahí a dejarse dominar por solamente pensamientos catastróficos es crear las angustias y los miedos. Es verdad que es necesario ser precavido, pero debemos también vivir, y el vivir necesita un margen de aventura que puede darle sal a la vida. La actual vida nos lleva a angustiarnos por lo que va a venir, por el futuro. Todo lo que hacemos en el presente es pensando en el futuro. Ya se calcula todo. Desde la más tierna infancia comienza la programación paterna del futuro niño, como si los padres supiéramos lo que el niño necesita y como si los adultos hubiéramos construido un mundo deseablemente bueno para ellos.
En los tiempos que corren, en que hay muchos poderosos de organizaciones poderosas que buscan más poder, hemos asistido al bombardeo incesante de situaciones angustiosas futuras. En Chile un parlamentario anunció que los muertos podrían llegar a 100 mil, y nadie ha osado decirle nada, ya que sus cálculos se basan en las predicciones desastrosas de la industria interesada en el fenómeno social y que se dicen científicas y serían por lo tanto irrefutables.
Entonces, reflexionemos en lo que hemos hecho, en lo que hemos convertido al mundo que nos rodea y del cual formamos parte. Ese que es necesario someter, derrotar para ser exitosos, y que nos asusta cuando aparece algo en el horizonte que puede echar por tierra nuestras proyecciones, nuestros anhelos, como una simple enfermedad viral.
Los signos de los tiempos son evidentes. Y parece que no hay vuelta atrás. Le hemos dado el poder a quienes no tienen otra finalidad que utilizarlo en beneficio propio y no de la humanidad, como dicen que lo hacen. La realidad parece desmentirlos, a pesar que muchos no quieran –o no puedan- cerrar los ojos a la ilusión que creemos es la vida correcta y reflexionar sobre ella.
El futuro aún no existe, y es necesario que hagamos como mandó Jesús cuando aparecen las fuerzas oscuras prediciendo las calamidades y castigos tal como si se hubiere abierto la caja de Pandora: “No os inquietéis por el mañana, ni por lo que habréis de comer y de vestir, porque a cada día le basta su propio afán”.
Que Dios nos bendiga a todos, a todos.
la energia opuesta al amor es el miedo, como seres pensantes y sintientes cada un@ de nosotr@s podemos hacer una eleccion en conciencia y decidir a cual de estas energia acogeremos para que presida nuestras emociones, pensamientos y obras
Gracias Oriana por tus palabras.
El miedo es paralizante, y traicionero. Una vez atrapado en las redes envuelve cada vez más.
Sólo el amor lo derrota.
Un abrazo y que Dios te bendiga