Las terapias alternativas a pesar de su gran auge en las últimas décadas son duramente atacadas por personas escépticas, denigrándolas y llevándolas con sus juicios a la categoría de supersticiones y prácticas de pueblos no civilizados a los cuales el progreso científico no ha llegado aún. Duro camino debemos recorrer los que estamos en ésta vertiente de la sanación no solamente por la dificultad de transitarlo, sino además por tener que vivir en un mundo hecho no para lo alternativo sino para las reglas, normas y caminos establecidos de antemano, sin rutas paralelas. La sabiduría que hay detrás de lo alternativo contrasta con la profusión del conocimiento repetido y que puede ser adquirido por cualquiera que tenga las mínimas capacidades para ello que domina el área de la mal llamada “salud”, y por la inmensa campaña publicitaria que la soporta.
A las terapias alternativas –o complementarias como a mi me agrada más llamarlas- se les moteja de “no científicas”, es decir, no pueden demostrar sus logros mediante el conocido método científico, el uso de la estadística o el medir sus efectos, y con esta categorización por ese juicio entonces se les quita cualquier validez. Cuando afirmo que las frustraciones y las rabias producirán a la corta o a la larga problemas en el hígado o en la vesícula biliar los científicos y estudiosos no pueden dejar de burlarse de esta afirmación, o simplemente manifestar su incredulidad y desdén por mi tamaño atrevimiento. Claro, alegan, qué pruebas tengo de que esto sea así, dónde hay alguna estadística que pruebe que ando siquiera cerca de lo que digo. Más duros epítetos saldrán de sus bocas cuando afirmo que muchos de los síntomas de depresión y tendencias suicidas que atacan a las personas pueden provenir de algún alma perdida de un anterior suicida que ha llegado como posesión espiritual invadiendo el campo vibratorio de la persona afectada, induciéndola a ésta a actuar atentando contra de su vida.
Hoy en día, en este sistema económico que se aparta cada día más de la naturaleza del ser humano, convirtiendo todo a índices, tasas y números, y que pretende en el fondo rentabilizar cada vez más el dinero invertido en cualquier actividad, la industria farmacéutica se ha posicionado como una de las más poderosas del planeta. Sin embargo, la promesa de que actúan para llevar “salud” a las personas es solamente una carátula, una frase de marketing, que está escrita apenas superpuesta a la palabra de fondo que es codicia.
La medicina no sabe por qué las personas se enferman. No sospechan siquiera, porque no pueden permitirse hacerlo, ya que si se atreven se les acaba el negocio. Hoy, nos tienen asombrados con la tecnología al servicio de ella. Sus instrumentos, máquinas, artefactos electrónicos y computacionales, en fin, de la más alta tecnología nos maravillan. Quedamos embelesados por los adelantos tecnológicos que se aplican a las cirugías reparadoras y reconstructivas y nos maravillamos por la técnica de la cirugía estética, que ya moldea cuerpos completos, no solamente algunas partes del mismo. Pero, lo peor es que se nos ha hecho creer que esto es medicina, y cada vez más profesionales se dedican a satisfacer los dictados del ego de gente que no quiere envejecer, y que pone su valor personal en el exterior, en la apariencia. Pero, ello está debidamente apoyado por toda la industria, la que provee los fármacos, los instrumentos, los equipos tecnológicos, los exámenes de laboratorio, los insumos, en fin, una larga lista más, incluida por cierto la de la prensa, especialmente la televisión, la entretención y la de la moda.
En las terapias alternativas no hay fármacos. No hay visitadores médicos. No hay instrumentos ni equipos tecnológicamente sofisticados. No hay insumos. No hay exámenes de laboratorio. Un largo no hay, pero fundamental y especialmente lo que no hay es negocio. Pero hay sanación de la persona, porque se le considera persona, se le trata como persona, y se le acompaña como ser humano, y se le devuelve su poder personal.
A los que juzgan de no científicas a la medicina alternativa les lanzo un reto que es reflexionar sobre un asunto singular, y es que observe cómo es diariamente manipulado con la frase “científicos de la universidad xxxx han descubierto que las personas que cumplen la condición yyyy pueden padecer tal cosa”. Pueden ver también otro que siempre sacan “… han determinado que las personas que comen tal cosa tienen mayor riesgo de tener tal enfermedad…”.
La medicina alternativa seguirá siendo motejada de no científica. Porque a nadie le interesa financiar sus estudios y conclusiones, porque no venderán al cabo nada y no recuperarán entonces la inversión. No habrá fármacos, ni jeringas, ni vacunas, ni mascarillas, ni catéteres, ni clínicas ni cheques en garantía. Y no habrá tampoco un alto estándar de vida para los que se mueven en esta industria de la enfermedad, mal llamada salud.
No hay dinero en la medicina alternativa, solamente hay poder personal, el de la sanación, la del ser humano ancestral, sabio.
Que Dios nos bendiga a todos y nos ayude a sanar, especialmente de lo que nos quita ese poder personal que nos dio.