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farmaciasExiste una ley inmutable y además inexorable, y es la ley de causa y efecto, o ley del karma. Esta es la ley del equilibrio que pone al hombre ante la misma situación una y otra vez hasta que por medio de sus acciones la supere, una vez aprendida la lección. Entonces, a cada acto humano –y también a los pensamientos- le corresponde uno en dirección opuesta. Los que han estudiado física conocen la tercera ley de Newton, o ley de acción y reacción, que enuncia que a cada fuerza ejercida sobre un cuerpo este responde con una fuerza de igual magnitud pero de sentido y dirección contrarios. Lo mismo pasa en la existencia humana, en que todos nuestros actos son nivelados, más temprano que tarde, por un movimiento en dirección inversa. Este tema fue presentado en http://caminosdelalma.wordpress.com/2008/05/18/el-karma/, hace un año atrás. La ley del karma nos señala que es posible que hoy estemos equilibrando alguna acción del pasado, y que lo que hacemos hoy se compensará en el futuro.

Hemos sabido por una denuncia de una abogado que una cadena de farmacias ha comprado a las isapres los datos de sus cotizantes, referidos a las patologías que presentan. El uso que se ha dado a esta información ha sido comercial, en el sentido de crear ofertas específicas y particulares por las medicinas necesarias para combatir el o los males de los clientes. Conociendo cómo se manejan los negocios hoy en día, y a la vista de la colusión de las principales y fuertes cadenas de farmacias para subir los precios al público de algunas decenas de medicamentos, podemos inferir que el mencionado comportamiento puede haber sido utilizado también por otras cadenas. Esta situación está reñida con toda norma ética, y se constituye en la muestra más clara de la forma en que se actúa hoy en los negocios, buscando de cualquier forma el obtener beneficios. Por donde se mire esta situación es oscura y crea solamente desconfianza, temor y desazón, además de extender un manto negro sobre la libertad de emprendimiento y la libre competencia. Es la voracidad de los actores del sistema lo que va matando al mismo, igual como la célula cancerígena, que no descansa hasta morir ella misma, una vez que el anfitrión, el que la cobija, deja de existir. La codicia inherente al sistema, y que actúa libremente, se encargará de asesinarlo. El problema, es que hoy en el mundo estamos todos dentro del sistema, cada cual con algún mayor o menor grado de libertad, pero incorporados al fin. Un sistema en que las formas importan más que el fondo de las cosas y las personas, un mundo de apariencias. Un mundo en que lo que dice una joven mujer que ha pasado por el quirófano una docena de veces para modelar sus curvas antes de haber terminado de leer un libro siquiera es más importante que lo que dice un rector universitario y tiene mucha más tribuna, espacio en los diarios y tiempo en la televisión que éste.

La corrupción gana espacios diariamente. Lo que han hecho las farmacias y las isapres es corrupción. Y son socios de ella sus ejecutivos, sus directores, sus accionistas, y los empleados que sabiendo lo que se hace no se quitan de hacerlo. Y esa corrupción es alabada en círculos de profesionales deseosos de éxito profesional, que titulan las mentiras y corrupción como agresividad en los negocios, y sueñan emularlas, para así aumentar sus ingresos mensuales y optar a jugosos bonos de fin de año. Poco importa el fondo entonces. Solamente la forma es la válida, donde las apariencias son las que mandan.

Los temas de la medicina actual se van revelando poco a poco. Nos hemos dejado conquistar durante décadas por el temor a la enfermedad, por el miedo. Y ese temor fue sembrado por otros hombres como nosotros, pero deseosos de dominarnos al resto, para vendernos entonces sus artes, sus técnicas, su tecnología. El mundo no quiere pensar, y busca hoy día lo que algunos pensadores han dado en llamar el easy going, es decir, la obtención rápida y fácil de dinero y bienes; la superficialidad de los análisis; la búsqueda irrefrenable del placer por el placer; el atontamiento por la televisión que machaca día a día con conceptos falsos; la comida chatarra y la fiesta sin fin; el evitar el dolor; ocultar con tintes las canas y las arrugas con productos químicos; y el detener la muerte. En fin, la ligereza que va permitiendo entonces lo que sea necesario para lograr los objetivos. El mundo no quiere tampoco ver ciertas cosas evidentes, como por ejemplo el financiamiento de los laboratorios a los profesionales de la salud, para que sostengan las verdades que han inventado y nos conviertan a las personas que formamos parte de la sociedad en consumidores racionales. O el tráfico de órganos desde países pobres a países del primer mundo. Pero somos nosotros los que hemos comprado esas medias verdades o estas monstruosas mentiras. Y hemos permitido todo esto.

Pero, la ley del karma no puede ser evadida. Se cumple a rajatabla. Y entonces, el que nos vende los dogmas para dominarnos; el que ha hecho de la corrupción una forma de vida y lucha por hacernos creer que esa es la buena forma de obtener lo necesario para vivir; el que miente con descaro para poder mantener sus prebendas; el que quita con la mano izquierda lo que da con la derecha; y el que inventa enfermedades para vender sus productos químicos deberán atenerse a su cumplimiento. Por eso, las crisis no cejarán y se harán más pronunciadas, y veremos caer a quienes estaban aparentando su fortaleza subidos sobre débiles tarimas construidas con palos de fósforos, equilibrando lo que construyeron.

Y lo que ha pasado con las farmacias tiene mucho eco porque estamos como sociedad toda y como personas individuales fuertemente condicionados por el miedo a la enfermedad. Por ello es que estos asuntos importan tanto. Porque sabemos lo que es estar enfermos. Sin embargo, hay situaciones que no nos son familiares y por lo tanto no estamos sensibilizados respecto a sus consecuencias, como por ejemplo la contaminación ambiental de las grandes empresas de la minería, o la explotación irracional de los mares, o la experimentación genética de los alimentos, o al abuso en la alimentación de animales y aves de consumo humano, y muchas otras atrocidades. Pero, en el Universo todos somos uno, y lo que se hace al más pequeño se nos hace a todos, y entonces la ley del karma entrará en operación y funcionará. Y nadie quedará fuera de su ámbito de acción.

Habrá llanto y crujir de dientes. Ya lo sabemos. Aún estamos a tiempo para cambiar el destino de la Tierra y el de sus habitantes, entre ellos nosotros.

Que Dios nos bendiga

Entusiasmo

Abrazo234Me sorprendí cuando una gran amiga –amiga de verdad- me envió un e-mail para saludarme por haber sobrepasado las 50 mil visitas en el blog. Mi sorpresa no es por su saludo, ya que ella acostumbra a estos delicados detalles que le dan alegría a la vida, sino por el hecho de la cantidad de personas que se pasan por aquí para leer lo que he comenzado a escribir y a hacer público. Este blog nació sin más pretensión que ser un lugar desde donde dar a conocer algunas ideas, conceptos y formas de ver las cosas para ayudar a la reflexión, ingrediente esencial para poder ser mejores personas, y contribuir a poner un granito de arena de Luz en las montañas que necesita la Tierra.

La vida es un gran regalo y, como regalo que es, es necesario que la disfrutemos profunda y plenamente. Para vivir hacemos un ejercicio físico que no es consciente, como es el respirar. Entonces, la vida la mantenemos inconscientemente, ya que no podemos dejar de respirar -si no me cree trate de no hacerlo-, pero para vivirla plenamente es necesario que tengamos entusiasmo. El entusiasmo que está definido según la Real Academia Española como «Adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño» o «Exaltación y fogosidad del ánimo, excitado por algo que lo admire o cautive» o «Inspiración fogosa y arrebatada del escritor o del artista, y especialmente del poeta o del orador», nos hace ver que es una condición que si está presente permite que lo que abarque se transforme en fuente de alegría.

En los últimos días he conversado con algunas personas con ciertas dosis importantes de infelicidad en sus vidas por diferentes razones, ya sean laborales, materiales, financieras o afectivas, y lo común en ellas es que los cambios a las que se ven enfrentadas son muy dolorosos y difíciles de afrontar. Lo primero en el asunto y que es, diría yo, lo más complicado de todo es aceptar lo que sucede. La resistencia a aceptar lo que ha pasado y seguir fingiendo que las cosas siguen igual que antes es una constante. Entonces, seguir anclado a la ilusión de cómo debieran ser las cosas, o cómo deberían haber sido, causa inmovilismo y las emociones negativas como la rabia, pena o frustración hacen su agosto, con consecuencias poco alentadoras para ellas y su entorno. Entonces, la aceptación se convierte en la bisagra articuladora que abre la puerta para ver una nueva realidad y comenzar entonces a funcionar acorde a esta. Y una vez que aceptamos lo que ha sucedido como hecho cierto, y dejamos de fingir que no ha pasado nada y que todo sigue igual que antes, podemos enfocarnos y tomar las acciones conducentes a lograr un nuevo estado de armonía, y si esas acciones llevan el entusiasmo en su seno su efecto será más rápido, profundo y duradero.

Es el entusiasmo por la vida un ingrediente esencial para realizar las tareas que necesitamos llevar a cabo para que ella sea grata y entretenida, para mantener el poder personal, ya que impide bajar la guardia y perderlo a la vuelta de la esquina o en el noticiero central de las 9 de la noche en el canal favorito, que presagia siempre el apocalipsis en pequeñas dosis.

Acaba de anunciar “la autoridad sanitaria” que después de “exhaustivos estudios” hechos por “expertos en el tema” que la famosa fiebre porcina, rebautizada como influenza humana, no causa ni por asomo las temidas consecuencias que le fueron aventuradamente colgadas, y expuestas y ventiladas a diestra y siniestra por los “expertos investigadores” hace poco menos de un mes, ya que ahora, aseguran, causa menos mortandad que la influenza estacional, que no es otra cosa también que un bonito nombre para el resfrío común, con el cual hemos convivido desde siempre. Toda la parafernalia, la manipulación periodística, la propaganda incorporada a esta situación es la que quita a las gentes el entusiasmo necesario y la va sumiendo en la negatividad y pesimismo. ¿Puede la gente tener entusiasmo si la amenazan que se contagiará si concurre a lugares en que hay mucha gente? Difícil que ello suceda, si lo primero que se hace en el día es subirse a una micro –en cualquier parte de país- o al metro, que van atestados, de bote en bote, y en que la cara del vecino, la boca y nariz mejor dicho, queda a escasos centímetros de la nuestra.

El entusiasmo se pierde con las noticias de la televisión, porque nos sume en la tragedia, en el dolor, en la muerte, en la miseria humana -la física, la mental y la espiritual-, en el miedo y la inseguridad. Las noticias debieran llamarse de otro modo, porque son solamente un compendio de desastres de todo tipo. ¿Podemos entusiasmarnos con la vida después de una hora de desánimo? Y ahora, como eso es poco, existen canales de pago que transmiten noticias 24 horas al día, y repiten hasta el cansancio las tragedias diarias, ya sean verdaderas o creadas, como la de la gripe porcina. ¿Qué sucede si recibimos directamente al cerebro –y sin anestesia- diariamente un par de horas de negatividad pura? ¿Podremos actuar con entusiasmo? Posiblemente algunos lo logran, pero con el costo de un gran consumo de energía personal para sobreponerse a tanta desdicha y desventura, pero la gran mayoría no lo logra. Y quiero que observen bien lo que digo, porque ya nuestra vida está dominada por la desventura, ya que los pensamientos giran alrededor de las enfermedades, de los planes de las isapres, de los exámenes médicos –que ahora incluyen los de rutina-, de la inseguridad, de los seguros, de la violencia, de la muerte, de las carencias y de la maldad del hombre. Poco hay de la esperanza, de la fe en el futuro, de la salud, del cielo azul y el futuro esplendor. Nada de entusiasmo.

No dejemos que nos quiten el entusiasmo por la vida. Reclamemos nuestro derecho a vivir con alegría. Entendamos que detrás de los exámenes médicos de rutina está el negocio de unos pocos que nos convencieron que estar sano no es normal, que algo tenemos que tener de malo, que algo se debe corregir, y que tenemos tal o cual riesgo futuro, y que debemos sentirnos culpables si no pensamos en nuestros hijos, en los sobrinos, en los padres, en el cónyuge o en quién sea, por lo que debemos cuidarnos. ¿Hacerse un examen es cuidarse, si seguimos haciendo lo mismo que hemos hecho por años; si seguimos pensando lo mismo que hace 20; si seguimos en las mismas relaciones tóxicas de siempre con distintos actores solamente; si seguimos pensando en que la vida es injusta; o si seguimos pensando que el trabajo es un sacrificio?

Disfrutemos la vida, con entusiasmo.

Que Dios nos bendiga a todos.

Mikroskop_180_tcm503_16432Son comunes las advertencias que me hacen algunas personas acerca de mi calidad de “extraño” o “raro” o “esotérico”, ya que ella, a su juicio, causa rechazo en ciertas personas. Puede que ese rechazo en ocasiones sea cierto –y a veces lo percibo, es verdad-, sin embargo no se convierte ello en mi preocupación debido a que no falto a ninguna regla ni provoco mal alguno. Solamente digo lo que sé –lo que trato de hacer en forma suave, por lo general-, y algunas cosas de las que me voy dando cuenta, y que forman parte del recorrido en esta vida. Lo que sí es claro es que no le entrego mi poder a los asuntos del ego o a las manipulaciones de la ambición. En los últimos días hemos asistido a una exposición de las debilidades humanas más grandes de los últimos tiempos como ha sido el publicitado mini apocalipsis de la fiebre porcina que aniquilaría al mundo sin contemplaciones. El miedo ha llegado a corroer a personas que son consideradas como muy inteligentes, cultas, influyentes y con poder de decisión. Este miedo no les permite razonar ni reflexionar suficientemente profundo para llegar a descubrir lo evidente. Comprendo que el miedo haya hecho presa de aquellos en los cuales se ha arraigado por condiciones culturales, sociales o educacionales precarias, sin embargo me resisto a creer que domine a algunos y algunas que claramente tienen los recursos personales para dilucidar el dilema. Pero sucede.

Hoy sábado 8 de mayo, aparece en la página A31 del diario El Mercurio de Santiago una noticia referente al engaño sostenido de una revista científica. Esto es lo que dice el artículo:

 «Parecía una revista médica, la publicaba la prestigiosa editorial científica Elsevier y entre 2000 y 2005 editó seis números con decenas de estudios, casi todos mostrando resultados favorables de fármacos del laboratorio Merck. Y es que en realidad, el Australasian Journal of Bone and Joint Medicine era un producto de marketing cuidadosamente planeado por este laboratorio, sin que esto se revelara a los médicos que recibían la publicación. El fraude, admitido por la filial australiana de Elsevier, ahora se ventila en tribunales de ese país

 

A esto es a lo que me he referido durante tanto tiempo y especialmente en las últimas semanas. Esa es la forma en la que tratan de quitarnos el poder. Ese poder intrínseco que tenemos como seres humanos divinos –hijos de Dios, y hermanos todos- que nos permite recorrer el camino de la vida en forma cierta y segura en nuestros medios, con fe en el futuro, esperanzado en que la luz triunfará sobre la oscuridad, siempre. Nos inventan enfermedades, nos inventan resultados asombrosos de fármacos, nos inventan resultados sorprendentes de tratamientos y procedimientos médicos y nos inventan todo lo que puedan para quitarnos el poder.

Y esto se ve en todas las actividades de la vida: la motivación general de las personas es buscar mantener lo que se tiene, viéndose como tragedia el perder algo. Ello lleva a la industria del miedo a hacer su agosto. La industria financiera asegura, y el seguro no es más que la materialización del cautiverio por el miedo. La industria farmacéutica asegura –vacunas de por medio, por ejemplo- la mantención de la salud. La industria de las Isapres asegura la atención cuando se pierda la salud, por lo tanto hay que imaginarse antes las catástrofes por venir y actuar en consonancia, vale decir, previniéndolas. Claro, pero previniéndolas en forma de asegurar monetariamente la atención una vez se declaren los síntomas, sin embargo, nadie repara en que lo que llevará a esa manifestación de la enfermedad es la creación que de ella se hace con la antelación que hoy pongo en evidencia.

El miedo hace gastar ingentes recursos al fisco en el área de la salud y los resultados de los ofrecimientos de mejor salud son siempre precarios. Y es que los actores del sector “salud” les han quitado el poder a las gentes en el mundo, y esas masas condicionadas responden a lo aprendido, como en el experimento de Pavlov, y ante el más pequeño estímulo corren en tropel a reclamar a los que se han erigido en los responsables por su salud por las promesas efectuadas con anterioridad.

Nos hemos equivocado mucho en los últimos años, y entregamos nuestro poder, adoramos falsos ídolos. Bueno, nos queda el consuelo de que no hemos sido los primeros y no seremos los últimos –espero- en equivocarnos. Y además, siempre pensamos que los que vinieron antes se equivocaron y nosotros no lo haremos, pero la historia se encarga de demostrarnos lo contrario permanentemente, a cada instante que pasa. Recuperemos nuestro poder, ese que nos roban inconscientemente cada vez que repetimos como choroyes (loros) lo que otros nos han marcado a fuego en la mente.

Cuando comprendamos que no debemos entregarle el poder a los otros, que somos suficientemente poderosos como para no temer y que la vida es un regalo que merece ser vivida a cada instante, podremos darnos cuenta que los seguros no nos aseguran la vida, que hay cientos de mitos creados en relación a las enfermedades, que nuestra condición natural es ser sanos y no enfermos, y que hemos llegado hasta aquí, hasta este momento de la evolución después de millones de años en la Tierra, -si, millones- con nuestras madres pariéndonos por los canales naturales y que hemos sobrevivido perfectamente bien.

La vida tiene un propósito, y no es ese el acumular ni el asegurarnos, sino otro diametralmente opuesto, que tiene que ver con vivirla plenamente, con libertad.

Que Dios nos bendiga a todos.  

sabio4La palabra esotérico es utilizada como un término descalificador y hasta discriminatorio por quienes ven en ello algo oscuro, liviano, poco riguroso y simple. Sin embargo nada está más lejos de la verdad que esos prejuicios.

 La Real Academia Española define esotérico/a de la siguiente forma:

  • Oculto, reservado
  • Dicho de una cosa: Que es impenetrable o de difícil acceso para la mente
  • Se dice de la doctrina que los filósofos de la antigüedad no comunicaban sino a un corto número de discípulos
  • Dicho de una doctrina: Que se transmite oralmente a los iniciados

De esta definición pueden sacarse algunas conclusiones que sí son correctas. Por ejemplo, el esoterismo es reservado, evita a toda costa la presentación pública. Y ello viene dado de que el saber no es transmisible, ya que proviene de la toma de conciencia personal, y es entonces el darse cuenta -el saber, en buenas cuentas- el resultado de una experiencia personal, indelegable, intransferible. El esoterismo ha existido desde mucho antes que la visión científica que hoy trata de dominar el mundo. Y el esoterismo busca siempre explicarse los fenómenos –cualquiera que este sea- preguntándose no solamente el cómo se producen sino también el por qué se producen. Con ello indaga acerca del verdadero sentido de las cosas, pasando más allá del simple funcionamiento que pretende la ciencia al resolver el cómo. Y he ahí desde donde sobresale una de sus características básicas y que es su transmisión al hombre en forma individual –que puede estar representado por el iniciado en alguna corriente doctrinaria o filosófica- ya que para ello necesita la voluntad del aprendiz para ir más allá de lo evidente y entrar entonces en el saber.

En los tiempos actuales la ciencia nos ha acostumbrado a pensar en forma absolutamente funcional. Observe usted lo que sucede con la medicina occidental en que los científicos buscan y buscan más y más profundamente en el cuerpo humano –con la ayuda ahora de tecnología impresionantemente desarrollada- aquello que es lo que falla y produce el síntoma. Siempre está buscando el “cómo”, y para cada enfermedad se llega a compuestos o microorganismos o a órganos cada vez más pequeños. Y así seguirá la ciencia, que no puede descansar buscando. Y la búsqueda del cómo no podrá aportarle nunca descanso porque lisa y llanamente no da respuesta al sentido de lo que sucede. Y desafortunadamente la ciencia se ha arrogado el papel de guardián de la explicación del mundo que nos rodea. Nada que no sea comprobable científicamente presenta hoy validez en el mundo. Y las personas entonces no le dan validez a lo que no lo sea. Sin embargo, ese problema de la ciencia nos muestra su principal trampa: como solamente puede ser creíble lo que es demostrable científicamente lo demás no existe. Sin embargo, la ciencia se sigue arrogando el derecho de ser la única forma de representar la realidad, y lo que no es mensurable o visible no existe por tanto.

La palabra esotérico proviene del vocablo griego esoteros que significa simplemente lo interno. Y es de esa manera que los esotéricos se unen en los círculos que los cobijan y al que han llegado buscando el conocimiento, aquel que es vedado a las masas. Y cuando se llega a buscar el conocimiento que está más allá de lo transmisible –como es la ciencia- se llega al verdadero saber. No a aquel conocimiento que otros han puesto en los textos y que es fácilmente comprensible con una pequeña dosis de talento y algo de dedicación, y que luego recitan muchos como loros, descalificando a quien ose no recitar lo mismo.

Lo esotérico nada tiene de secreto ni oculto. Los conocimientos están ahí, disponibles para quien quiera ir hacia ellos. Sin embargo, no están a la vista de cualquiera. Se requiere de voluntad, de sacrificio, y de elevar el nivel de conciencia, para que dicha elevación lo lleve al saber.

Cuando alguno desprecia a otro por esotérico se desnuda su visión de la vida y sus precarios límites en los cuales se desenvuelve, siendo ellos dictados por la ignorancia en la que se mueve. Esa ignorancia que no le permite observar lo que es evidente al ojo del que sabe, del que ha expandido su conciencia y ha podido ir más allá. El saber comprendido en el esoterismo no está disponible para cualquiera, ya que el que lo ignora no podrá comprender su simbolismo y considera todas las teorías como cuentos sin sentido. Pero claro, si a un campesino que no ha accedido a estudios superiores le presento una compleja ecuación matemática con integrales o derivadas posiblemente considerará todo ello como un montón de rayas y símbolos que no tienen significado. Eso pasa con aquel que juzga lo que no está a su alcance. Lo mismo sucede con las notas musicales. Si no soy capaz de leer la notación musical debo esforzarme y aprenderla y no exigirle a la música que utilice un sistema de escritura que yo sea capaz de leer, o dejar entonces en el limbo mi comprensión profunda de este precioso arte y limitarme a ser solamente oyente. Pero debo darme cuenta que el saber lo tiene quien ha podido utilizando el lenguaje cifrado de musas y corcheas componer las maravillosas piezas que regocijan el corazón del hombre.

Y el esoterismo es una forma de caminar por la vida. Y para caminar hay que dar un primer paso. Y ese puede ser el que cueste y el que haga la diferencia entre el que descalifica y el que lo vive y accede al saber. Ese saber que lo pone en el camino de la verdad, que es independiente de la política, la cultura, la religión, la posición social, el poder, el ropaje, el dinero y el tiempo. La ciencia no significa en modo alguno un compromiso de la persona con lo que estudia. El esoterismo significa compromiso vital. Y la diferencia entre ambos es como el hacer huevos con jamón: la gallina está involucrada en el plato y el chancho está comprometido. El esoterismo lleva la evolución en su seno.

Por eso, lo interno -esoteros- es lo que nos lleva a otro estado de conciencia, y que nos acerca a lo que somos de verdad, a lo que tiene sentido, a Dios.

Que Dios nos bendiga a todos, a todos, sin distinción.

Miedos

gripeporcina3A no dudarlo, el miedo es una de las emociones que se imponen con regularidad en el mundo. Este tema de la publicitada fiebre porcina, rebautizada ahora como influenza humana –al menos se está exculpando a los marranos de este “flagelo” y ya uno de los jinetes del apocalipsis no tiene las orejas puntiagudas ni la cola enroscada- ha puesto en evidencia la facilidad que presentamos los seres humanos de ser manipulados por otros. La manipulación es claramente enemiga del amor, porque precisamente no permite que se desarrollen las condiciones en que este florece y llene de felicidad lo que toque.

El miedo ha estado presente en el hombre desde los albores de él mismo como ser viviente. Es una emoción que es parte nuestra.

En los tiempos que corren el miedo comienza su andar en el vientre materno. Basta que una mujer quede embarazada para que comience la escalada de miedos. Por un lado están aquellos que pregonan las futuras dificultades materiales, económicas y financieras y las tribulaciones que se vivirán ante esta maternidad. Los costos de los controles, las posibles dificultades laborales y los costos asociados al parto. Luego están los miedos del mundo académico. Esto está dado por cualquier indicación de que algo no anda bien en la gestación. Por mínimo que ello sea, hasta la indicación de los riesgos del parto natural, dolores incluidos, que llenan de dudas y miedos a la novel madre y al padre, y también a la criatura dentro del vientre. Los inventos de la ciencia moderna para una de las funciones más antiguas del ser humano como tal en la tierra como son concebir, gestar y parir, para hacerlos aparecer como asuntos riesgosos, llenos de complejidades y peligros no hacen más que esparcir un miedo que nunca debió aparecer. Luego vienen los miedos de la escasez en la crianza de ese niño o niña. La conexión con la precariedad es al parecer automática, y antes de que nazca ya están faltando los recursos para alimentarlo, vestirlo y educarlo.

Luego vienen los miedos físicos de la crianza. Hoy a los niños hay que criarlos asépticos totales. Falta que existan máquinas desinfectantes a la entrada de las casas y burbujas para instalar a los niños en ellas, con tal que no tengan ninguna posibilidad de pescar algún bicho, por una parte, y no corran ningún riesgo físico que pueda poner en peligro su integridad, por otra. Los padres de hoy deben observar lo que están haciendo con los niños y con ellos mismos, viviendo en un mundo ficticio, irreal -perfecto y desinfectado-, viendo amenazas por doquier y que no hacen más que crear miedos.

Los miedos nacen en el hombre por su falta de fe en el futuro. En los tiempos que corren vemos con creciente preocupación que los esfuerzos por asegurar el futuro son cada día más exigentes y terminan por desmembrar los castillos que la ilusión desde la temprana infancia ha ido construyendo en nosotros. La ansiedad hace presa fácil de quienes aceleradamente esperan que se concreten esos sueños y deseos largamente anhelados. Entonces, la expectativa de un futuro incierto se acrecienta a medida que aumenta la sensación de amenaza. Inconscientemente vamos alimentando dicha sensación, que va moldeando nuestros caracteres, y nos lleva a asumir actitudes acordes a ello, obteniendo entonces los resultados que acompañan a nuestros comportamientos, y que no son otros que los que vemos hoy campear en el mundo y que –paradójicamente- tanto criticamos, y que, además, forman parte de nuestra sombra, aquella que no queremos reconocer ni menos aceptar. Los miedos forman parte de las campañas de marketing de instituciones financieras, compañías de seguros, compañías de inversiones y otras. Todas las estrategias de comunicación están basadas en los miedos. Los seguros son la muestra más patente de ello. Nada quiere dejarse a su desarrollo. Todo debe ser asegurado. El miedo es una segura forma de ingresos. Basta encontrar la forma de gatillar en la gente el miedo para vender el producto asociado. Observe un producto solamente: el seguro de vida. El seguro de vida no le asegura la vida –lo he repetido mucho-, pero es un producto que se compra y paga como propio. Y el beneficio viene una vez que se ha perdido aquello que se quiere asegurar, la vida. Como el cerebro entiende –o cree entender- que se asegura la vida, funciona entonces conforme a ello, y se adoptan entonces las formas de vida riesgosas, como es la actual vida moderna.

La anticipación de los futuros hechos poco felices no manifestados es lo que desata el temor. Es verdad que anticiparse a los hechos hace prevenir asuntos claves en la vida, y es parte del hombre prevenirlos y preverlos para poder asegurar su permanencia como especie en la Tierra, pero de ahí a dejarse dominar por solamente pensamientos catastróficos es crear las angustias y los miedos. Es verdad que es necesario ser precavido, pero debemos también vivir, y el vivir necesita un margen de aventura que puede darle sal a la vida. La actual vida nos lleva a angustiarnos por lo que va a venir, por el futuro. Todo lo que hacemos en el presente es pensando en el futuro. Ya se calcula todo. Desde la más tierna infancia comienza la programación paterna del futuro niño, como si los padres supiéramos lo que el niño necesita y como si los adultos hubiéramos construido un mundo deseablemente bueno para ellos.

En los tiempos que corren, en que hay muchos poderosos de organizaciones poderosas que buscan más poder, hemos asistido al bombardeo incesante de situaciones angustiosas futuras. En Chile un parlamentario anunció que los muertos podrían llegar a 100 mil, y nadie ha osado decirle nada, ya que sus cálculos se basan en las predicciones desastrosas de la industria interesada en el fenómeno social y que se dicen científicas y serían por lo tanto irrefutables.

Entonces, reflexionemos en lo que hemos hecho, en lo que hemos convertido al mundo que nos rodea y del cual formamos parte. Ese que es necesario someter, derrotar para ser exitosos, y que nos asusta cuando aparece algo en el horizonte que puede echar por tierra nuestras proyecciones, nuestros anhelos, como una simple enfermedad viral.

Los signos de los tiempos son evidentes. Y parece que no hay vuelta atrás. Le hemos dado el poder a quienes no tienen otra finalidad que utilizarlo en beneficio propio y no de la humanidad, como dicen que lo hacen. La realidad parece desmentirlos, a pesar que muchos no quieran –o no puedan- cerrar los ojos a la ilusión que creemos es la vida correcta y reflexionar sobre ella.

El futuro aún no existe, y es necesario que hagamos como mandó Jesús cuando aparecen las fuerzas oscuras prediciendo las calamidades y castigos tal como si se hubiere abierto la caja de Pandora: “No os inquietéis por el mañana, ni por lo que habréis de comer y de vestir, porque a cada día le basta su propio afán”.

Que Dios nos bendiga a todos, a todos.

gripeporcina2Me han preguntado en si estoy seguro o si tengo pruebas del actuar de las compañías farmacéuticas en el publicitado asunto de la gripe porcina. Es claro que si las tuviera no estaría tan campante diciéndolo. Eso es obvio. Y desde acá, desde este lejano país, aislado por accidentes naturales de tono mayor difícilmente podré probar algo relacionado con la manipulación y creación de enfermedades. Y me viene a la cabeza que la mejor manera de seguir ocultando lo que hacen es seguir haciendo dudar a la gente de su proceder y hacer crecer su poder por medio del miedo. Ya lo decía hace unas semanas atrás, antes de que apareciera esta “pandemia” que nos quitaban el poder personal con las amenazas de las enfermedades que vienen, manteniéndonos en vilo, intimidados por la llegada de eventos que no podremos contrarrestar.

En la actividad que desarrollo muchas veces me encuentro con personas que me piden que les demuestre que existe Dios, que les demuestre que existe el alma, que les demuestre que existen las vidas pasadas, que les demuestre que existen las almas perdidas y las posesiones espirituales, que les demuestre que existen las abducciones por extraterrestres, en fin, que les demuestre lo que ellos no conocen. Y yo no tengo ninguna obligación de demostrarles nada. La obligación es de ellos de demostrarme a mí que no existe Dios, que no existe la reencarnación, que no existen las posesiones espirituales, que no existe el Alma, que no existen los extraterrestres que secuestran personas para experimentar en ellas.

Yo sé que Dios existe, y que sin Él mi vida no tendría sentido y, es su problema que ellos no hayan creído para poder ver y darse cuenta de la realidad, aquella que no es evidente, aquella que no se aprecia con los ojos abiertos.

Mientras exista la posición de negar lo que no se puede tocar o ver, mientras estemos en la comodidad de menospreciar al que habla de algo que no entendemos, o mientras nos dejemos llevar por el temor ante lo desconocido seremos incapaces de ver lo evidente. Es común que algunos me expresen su incredulidad en el trabajo con las almas perdidas, por ejemplo, indicándome que son asuntos que les atemorizan y que son cosas que no son de Dios, y por ello oscuras, por ejemplo. Pues esas aseveraciones son producto del temor y de la ignorancia solamente, y por ello se les niega la posibilidad de ser conversadas y menos analizadas profunda y seriamente. Entonces, se les juzga negativamente y se niega su existencia. No existe. Lo dramático es que las almas perdidas son los verdaderos pacientes en el trabajo, almas que no descansan, que no han podido ir al lugar y espacio donde deben ir después que los cuerpos mueren, por múltiples razones, y permanecen en un estado diferente al que debieran, con gran incomodidad y sufrimiento, tanto para ellas como para sus anfitriones. Sin embargo, el trabajo terapéutico de las almas perdidas es uno altamente espiritual, en que por lo general participan ayudando nuestras deidades occidentales, como por ejemplo Miguel Arcángel.

Lo mismo sucede con el trabajo con las abducciones por extraterrestres y las consecuencias en la salud física y mental de las personas. Aunque se niegue su ocurrencia ellos existen y secuestran personas para realizar sus experimentos, y muchos se niegan a contar su realidad ante el embate de sicólogos y siquiatras que lo único que pretenden es internarlos y medicarlos químicamente para “hacerlos entrar en razón y volverlos a la normalidad”.

¿Cómo puedo tener pruebas físicas de la existencia del Alma? ¿Alguien ha pesado alguna? Pero el Alma, sabemos, es lo que somos en realidad, y no puede ser pesada ni mensurada. Pero es lo que somos.

Entonces, los que quieren que les pruebe los asuntos que les hablo se equivocan rotundamente. Son ellos los que tienen que demostrarme a mí de su no existencia. Lo mío es un asunto que va más allá de la fe. Afortunadamente recibí una educación jesuita. Ello me ha permitido aprender a reflexionar. Y eso es, entre otros muchos valores, algo que agradezco a Dios que me llevó a ese camino.

A lo mejor las compañías farmacéuticas no tienen injerencia en el asunto actual de la gripe porcina. Pero puedo permitirme el beneficio de la duda. Especialmente cuando lo que sucede hoy día se une con el poder político que busca solamente eso, el poder. Y más aún cuando en el mundo se necesita urgentemente desviar la atención de los acontecimientos económicos en países con niveles alarmantes de anomalías como es Méjico, donde la corrupción es aterradora, el narcotráfico es imparable, la carencia de millones de personas es inmanejable, y además está al lado de la superpotencia del mundo, del que pone las condiciones de convivencia, y se han autoerigido en la policía del mundo, el vigía de occidente, como dice Serrat.

Debemos reflexionar, en la prevalencia de los casos de gripe porcina. En una ciudad de 20 millones de personas como es Ciudad de México, hay 26 personas que se dice murieron por esta enfermedad. ¡¡¡26 en 20 millones!!! En Estados Unidos el presidente pidió 1.500 millones de dólares al congreso para tomar medidas contra la pandemia. Si llegan a diez los casos de contagiados en estudio en USA es mucho. El reinado del terror elevado a su más alta potencia. En Chile se confirmó hoy en la mañana por el organismo oficial responsable que no hay ni un caso confirmado de gripe porcina, ¡¡¡ninguno!!! , y se sigue hablando de la peor epidemia desde hace 100 años. Y los diarios siguen llenando páginas y páginas dedicadas a esta nueva plaga de Egipto. En España hay dos casos de contagio, y todos los periódicos hablan de la peor epidemia desde el año 1918, y alertan que aquella comenzó lentamente también pero pronto fue inmanejable, y se alegran que la OMS haya subido la alerta de nivel 3 a nivel 4. El Tamiflu se sigue vendiendo como pan caliente y los empleados en las oficinas hacen colectas para comprar vacunas para la influenza, o les piden a las empresas que se las financien, presas del terror colectivo. Recuerdo las historias que se cuentan del terror que se creó en Nueva York el 30 de octubre de 1938 cuando el cineasta Orson Welles creó un radio teatro en que difundió una supuesta invasión extraterrestre y la ciudad entró en pánico. La obra se transmitió en formato de noticiero con despachos de periodistas desde distintos lugares de la ciudad y los ciudadanos se aterrorizaron. Coparon los teléfonos de la policía y de los diarios y radios tratando de inquirir detalles del ataque con gas de los marcianos que habían aterrizado. El estado de Nueva Yersey y la ciudad de Nueva York aterrorizadas. Se repite la historia y la histeria, a nivel mundial.

El negocio entonces es quitarnos el poder y someternos. Ya Orson Welles lo probó aunque de forma aparentemente inocente. Ahora lo hacen en forma orquestada y desembozada.

Y me preguntan si tengo pruebas.

Que Dios nos bendiga a todos.

gripeporcina1Me ha llamado la atención desde hace mucho tiempo la coincidencia entra las campañas de salubridad pública y los anuncios de las pandemias que nos azotarán, de la cual no habrá cómo escaparse y cuyos resultados serán desastrosos para la humanidad. Hace unos años fue la famosa gripe aviar de oriente lejano, hoy es otra cepa de virus llamada gripe porcina. Y todo el mundo sumido en el terror, y sin escapatoria. Nada más amenazador para el ser humano que su indefensión completa, impotentes.

Pero quiero detenerme un poco en lo que ha pasado en estos días.

Un virus, según expresan conspicuos científicos y sesudos expertos en salud pública, que ha mutado en combinación con una cepa de gripe aviar que la hace inmanejable, y que es altamente contagioso y para el cual no existe remedio alguno. Bueno, casi ninguno. El germen causante de la influenza o gripe porcina es el H5N1 que es sumamente agresivo en la industria avícola y se transmite al ser humano con nefastas consecuencias para este último. Incluso se ha tratado de hacer creer que sus consecuencias serán peores que las de la pandemia por virus de 1918, que causó muchas muertes en el mundo entero. Se dice que la influenza aviar de ese año causó la muerte de entre 50 a 100 millones de personas en el mundo entero.

Terrorífico ¿no?, alarmante ¿no?

Claro, y parece que no hay escapatoria posible. Y la figura de la parca se alza majestuosa con sus ropajes al viento y su guadaña en ristre por doquier. Los seres humanos comienzan a ponerse en los peores escenarios, propios y ajenos. Comienzan a ver a sus hijos huérfanos, desvalidos, solos frente a un mundo cada vez más duro y cruel, sin nadie que los proteja -futura presa fácil de los villanos que han conocido en vida y que juegan con ella, con los recursos, con la salud física y mental, y con el futuro de la humanidad- ante su partida inminente al más allá por los efectos de la cruel gripe porcina. Nadie se escapa al miedo creado. Nadie.

¿Pero es solamente el miedo lo que se ha instaurado?

¿De dónde vienen estas cepas de virus? ¿Cómo aparecen? Hoy ha aumentado mi suspicacia sobre estas cuestiones. Hay mucha información en internet de asuntos tan oscuros como los chemtrails, la manipulación de las cepas de virus y los procesos de desarrollo de remedios. Alarmante.

He estado leyendo muchas cosas en estos días y ha comenzado a aumentar mi suspicacia ante este embate del terror, ante este ataque de fuerzas oscuras y malvadas, en forma de virus mutante de características alarmantemente agresivas. Me llama la atención la ocasión, el momento en el que se produce, y lo ávido del sistema del periodismo mundial para incorporarse de lleno a esta noticia de primera plana. Hasta hace una semana el mundo estaba sumido en una crisis económica de magnitudes casi desconocidas. La debacle financiera seguía cobrando sus víctimas por todos lados. Economías entrando en recesión. El desempleo aumentando rápido. Sectores productivos en franca caída. Todo producto de la especulación y de la sinvergüenzura de muchos que aprovechándose del sistema y de los seres humanos que lo conformamos y cegados por su avaricia y orgullo han llevado al mundo a una desestabilización gigantesca. Hoy, eso ha quedado en el olvido, no es noticia al lado de las muertes por la fiebre porcina. ¿Para quién es conveniente ello?

Hoy, las acciones de la industria farmacéutica se han ido a las nubes. Se ha anunciado, al parecer por la OMS –Organización Mundial de la Salud- que un compuesto químico, el Tamiflú, creado para combatir (la medicina siempre combatiendo) la gripe aviar –aquella que iba a causar la muerte de miles y miles de personas hace unos cuatro o cinco años atrás- coincidentemente pareciera funcionar con la influenza porcina y entonces, ¡eureka!, las acciones de la compañía suiza Roche, su creadora, se han disparado. Además, otros dos laboratorios, Byocrist Pharmaceuticals y Novavax, han anunciado que tienen medicinas en fase de experimentación para elaborar un remedio, y ello ha bastado para un fuerte aumento de cotizaciones en la bolsa. Han ganado mucho dinero, y no han producido aún nada. Se agotan las mascarillas, guantes, y otros elementos de protección. Dinero a raudales. A raudales.

La tan publicitada gripe aviar desde que fue graciosamente descubierta hace 10 o 12 años en Vietnam y que iba a sumir al mundo en una espiral de muerte espantosa no ha matado a más gente que un resfrío común desde su aparición. Y, después que se publicitó su capacidad destructiva se produjo la noticia que el Tamiflu era la panacea. Pues bien, este remedio, no solamente no cura la gripe o fiebre porcina, sino que apenas alivia algunos síntomas del resfrío común, y ya está en las bodegas de los sistemas de salud de algunos países y pronto comenzará su entrega, con donaciones de la OMS.

Estamos asistiendo a una farsa más. A una nueva manipulación de quienes ostentan el poder, y no trepidan en lucrar con la sangre de humanos, sometiéndoles de esa manera por el miedo, por el terror.

Ya estamos acostumbrados a esas manipulaciones. Como la de las vacunaciones contra la influenza que hacen a los mayores. Sabemos desde hace muchos años que las vacunas funcionan con las bacterias y no sirven con los virus, por la alta capacidad de mutación de ellos, entre otras científicas razones. Pues bien, cada año, se vacunan a miles de personas de la tercera edad, lo que produce, por un lado, la impresión de una autoridad sanitaria preocupada y atenta, lo que se publicita con todo lo posible, y por otro lado, otra situación sin publicidad, que son los ingentes ingresos para las farmacéuticas que venden las vacunas. Buen negocio para todos. Unos ganan votos –y aseguran sus ingresos- y los otros ganan dinero.

Recuperemos el poder personal y no nos dejemos avasallar por estas manipulaciones que nos quieren llevar a sumirnos en el miedo. Nada más alejado de lo que necesitamos para seguir la vida, como es la fe en el futuro, la esperanza. La maravilla de la vida en el planeta. Unos pocos nos están quitando cada día esa capacidad de creer en el futuro.

Ya no se trata de creer en la bondad del ser humano. Solamente se trata de que comprendamos que no todos son lo buenos que dicen ser, y que la bondad de los que sí lo son les ha servido para fortalecerse y con ello pretender someternos a sus designios.

Espero que Dios nos proteja a todos de estos desalmados modernos.

Que Dios nos bendiga a todos.

foto_medicamentos1Hoy hace un año que este espacio vio la luz. Es un aniversario, el primero. Me he dado un buen gusto al escribir de los temas que me apasionan, con la única finalidad de ponerlos en el tapete como instrumentos de reflexión para llegar adonde se llegue. Ha sido un buen año. Ya el blog está cerca de recibir 45.000 visitas, lo que indica la recepción que ha tenido de parte de todos ustedes, los que leen y hacen comentarios o envían mails.

Ha habido también hitos importantes en mi recorrido, como el de concluir el curso de terapia de vidas pasadas con mi maestro José Luis Cabouli en Argentina, incluidas las nuevas amistades -¿o son antiguas?- que en él hice. El camino se va recorriendo paso a paso, y lo voy disfrutando. También han ocurrido algunos acontecimientos poco gratos, especialmente en lo referente a asistir a luchas de poder mundano que han dejado una secuela de dolor y llanto silencioso de hombres maduros, con heridas que no se quieren restañar. Y eso es también aprendizaje, con dolor. Como el de las semillas que caen en la tierra y deben pasar por el proceso de oscuridad enterradas en ella antes de emerger como nueva y fuerte vida.

Los cambios en la vida son precedidos por períodos de crisis, sean ellas profundas o no. Y siempre después del caos que viene con ellas se producen los nuevos equilibrios, y ahí a seguir con la vida nuevamente. Hoy asistimos a una crisis que por todos lados se trata de evitar o morigerar. Pero es crisis igual, y ella entregará un nuevo equilibrio, diferente al anterior. Ahora bien, el detener la crisis significa nada más que detener los procesos de cambio para que ellos no se profundicen, y seguir entonces en forma parecida a lo que había antes. La crisis trae aparejado múltiples conflictos, y con ellos aparecen emociones como la rabia, el desaliento, la pena, la vergüenza, la frustración y desánimo, los que se van pasando del ámbito personal al colectivo. El desánimo colectivo va haciendo más difícil la salida hacia los nuevos equilibrios, porque se pierde el poder de reacción ante la situación de crisis. En suma, las gentes pierden el poder personal para producir los cambios necesarios para salir del caos.

Sin embargo, muchos aún pretenden que los cambios sean producidos por grandes masas organizadas que presionen en base al poder que emana de su número, para mantener el status quo, perdiendo de vista que la forma de producir los cambios que realmente vayan en beneficio de las personas como individuos y de ahí como colectivo de ellos es en forma personal, cambiando desde adentro, para influir entonces en los otros. Al estar en la masa no hay poder personal, se pierde, se anula.

Ya es un asunto sabido que los sistemas actuales no dan satisfacción a las necesidades de las personas que formamos parte de ellos. Los que están a cargo de los sistemas actuales tampoco dan el alto para ofrecer buenas alternativas que solucionen los problemas existentes. Los sistemas como organización han llevado al planeta a los límites que vemos hoy día. El clima ya no obedece patrón alguno; la contaminación es alarmante; la corrupción alcanza alturas insospechadas; las drogas se convierten en un lucrativo negocio que mueve economías enteras; el mercado de las armas utiliza la sangre humana para llenar billeteras de inescrupulosos de marca mayor; las industrias farmacéuticas nos tienen aterrorizados con las enfermedades descubiertas y las por venir; el poder de influencia de las grandes compañías impide cualquier reacción de cuidado de la ecología y la salud del planeta y sus habitantes dentro de los cuales estamos los humanos, etc., etc. La lista es larga y podríamos seguir gastando páginas y páginas para describir los muchos acontecimientos nefastos para el ser humano.

Las acciones como masas no sirven ya. Están obsoletas. Fracasadas. Debemos reconocer que la única forma de hacer los cambios necesarios parte del propio poder personal, construyendo cada cual su propia realidad, reclamando ese poder y no entregándolo a otros.

Hace unos días conocimos un hecho execrable, como ha sido la colusión de las cadenas de farmacias para fijar precios de medicamentos, dejando de lado la supuesta competencia por captar al consumidor. Esto nos habla del desplome de la ética en el manejo de las empresas. La comunidad reacciona como bloque haciendo un día de boicot a las cadenas de farmacias coludidas. Pero ello no tiene ningún efecto sobre ellas, porque lo que no se compra en ese día se compra al siguiente o subsiguientes. El verdadero efecto se logra con los cambios personales, pequeños, llenos de poder personal, que van modificando entonces el comportamiento y con ello las consecuencias serán mayores en el futuro. Y el verdadero cambio en el sistema debe venir de la comprensión de las gentes que el estado natural que tenemos es el de la salud y no de la enfermedad, como nos quieren hacer creer con sus campañas de marketing tanto las cadenas de farmacias como las compañías de la industria farmacéutica, y que la verdadera felicidad se encuentra dentro de cada cual y no en la pastilla tal o la medicina cual. Esos son cambios verdaderos. Los que están basados en el poder personal. Cuando se tiene el poder personal, y no se le da a una cadena o a una gragea el efecto será notorio y duradero, sin posibilidad de rearticulación de los verdaderos derrotados.

Necesitamos retomar el poder. Necesitamos quitarlo a las organizaciones que nos engañan y no nos dan lo que creemos -inocentemente- que nos deben dar. Las cadenas de farmacias deben más explicaciones a las personas. Una de ellas es el lucrativo negocio que hacen de la venta de las bases de datos de las recetas médicas a la industria farmacéutica, que es usado para gratificar a los profesionales que recetan los medicamentos de su fabricación, y con ello aumentar sus niveles de venta y por ende sus utilidades.

Pero la mayor deuda es a nivel de conciencia. En su colusión con la industria farmacéutica invierten ingentes sumas en campañas de marketing destinadas a quitarnos nuestro poder personal, queriendo hacernos creer que nuestro estado natural es la enfermedad y que nuestra felicidad depende de sus drogas y medicamentos. Eso es lo más grave. Ha sido una campaña silenciosa, soterrada, auspiciada por los laboratorios y sostenida por muchos médicos que inocentemente –o no- nos han bombardeado con la creencia de que el hombre es un ser enfermo por naturaleza, ya sea física o mentalmente, y que las enfermedades se pegan, se heredan, van en los genes y muchas otras monstruosidades que lo único que han hecho ha sido darle un poder enorme a las enfermedades quitándonos el nuestro. Financian a prestigiosas universidades para realizar estudios que demuestran cualquier cosa que quieran demostrar para vender después sus medicamentos, llenando de miedo al consumidor acerca de la nueva o nuevas plagas de Egipto. El asunto es apropiarse de nuestro poder.

En estos días vi un reportaje al mercado de los sicotrópicos y a la creación de falsas enfermedades mentales por los siquiatras en USA –y a los cuales todos en el mundo siguen- que es francamente alarmante. Eso es una muestra más de la forma de quitarnos el poder personal.

Necesitamos nuevos líderes en las empresas y en los gobiernos, nuevas gentes. Hombres nuevos. Gentes con elevados principios, con valores e ideales, con visión de servicio al prójimo, que respeten, valoren, comprendan, apoyen de verdad a las personas, y que les devuelvan el poder personal en vez de quitárselo.

Pero ellos van a llegar cuando comprendamos que sí tenemos el poder personal, el poder para producir los cambios necesarios, y que debemos conservarlo y no entregarlo a otros. Con ese cambio se producirá el cambio en el que comparte al lado nuestro, hasta hacer la masa crítica que produzca lo necesario para el cambio global.

Es necesario cortar lazos con lo que sabemos no sirve, para recuperar el poder personal y sumarlo al de otros. De ese modo somos responsables con la vida que se nos ha regalado.

Que Dios nos bendiga a todos.

cientificoEl advenimiento del materialismo y el método científico siguen sumiendo al mundo en una creciente infelicidad, debido a que en su obsesiva búsqueda de los cómo separan al mundo en porciones manejables a su entendimiento y amaño para realizar en ese ámbito sus experiencias y sacar entonces conclusiones que -arrogantemente- extrapolan a lo mayor. Esta separación, clave de su filosofía, no permite el hombre analizador ver el conjunto, lo global, quedándose en lo particular. Es como que el árbol no deja ver el bosque. Por ello, es que pierde la capacidad de analizar los acontecimientos de su vida en un contexto general manteniéndose en lo particular solamente, perdiendo el sentido de su existencia, subyugándose entonces a las reglas obtenidas por su forma de analizar la realidad y las conclusiones así derivadas. Y la razón no admite en la búsqueda del conocimiento otra forma de acercarse a él, y entonces no está permitida ninguna forma espiritual –o mental si lo prefiere- de adquirirlo.

El materialismo ha ganado la batalla, y ha hecho presa fácil de aquellos que se han erigido a través de los siglos en los encargados de recordarnos que somos seres espirituales, los religiosos, confundiéndoles entonces al mantenerlos en las cárceles de su forma de conocimiento, que no admite otra forma de aproximarse a él. Entonces al perder el hombre la visión global y establecerse en lo particular se llena de sensaciones de injusticia en el mundo. En el ámbito más sensible donde se aprecia este fenómeno que describo es en la medicina occidental, que es al parecer uno de los aspectos que más preocupan e intimidan al hombre moderno. La enfermedad es percibida como un castigo particular, muchas veces enviada por ese Dios castigador al cual se nos enseño a temer, el cual utiliza algún agente identificable–virus, bacterias u otro vehículo-, o alguno no identificable –ADN o el estrés- para enviar entonces el escarmiento por los pecados cometidos.

Esta pobreza a la que nos lleva el materialismo, cuyo estandarte de lucha entonces ha pasado a convertirse la que han llamado imperfección del mundo y de su gente y la desigualdad e injusticia social y material, nos golpea fuertemente impidiéndonos poder mirar el futuro con optimismo y alegría haciendo, por el contrario, que la negatividad se apodere cada vez más de las conciencias de los humanos, impidiendo entonces que las personas hagan los cambios necesarios para acercarse a niveles de bienestar y felicidad.

El método científico, al alojar la responsabilidad de la enfermedad en los agentes mencionados, entre otros, la ha situado fuera del hombre, al cual ha hecho absolutamente irresponsable por lo que le aqueja, sumiéndole en el miedo ante cualquier posible ataque externo. No es concebible para la medicina moderna alguna otra explicación más que agentes externos que actúan por causas desconocidas –de puro malos no más que son, parecen decir los médicos- para causar los daños. A tanto ha llegado el ansia por buscar las razones materiales de la enfermedad que ahora uno de los responsables máximos en los males es la comida. O sea los alimentos son los responsables por las enfermedades que se producen. Y es más, hay sesudas investigaciones, científicas todas, con pruebas de doble ciego incluida, y fuertemente financiadas por laboratorios farmacéuticos o por fabricantes de equipos y suministros de la industria médica, que demuestran que lo que comemos desde los albores de la humanidad, desde que somos humanos en el planeta Tierra, es lo que nos produce los males. Eso lo encuentro inconcebible y sin sustento alguno que no sea el miedo que nos inculcan a cada rato. La investigación siempre va acompañada de fuertes campañas publicitarias, en la cual se invierten grandes sumas, las que se recuperan con los medicamentos que después nos recetan y a los cuales nos esclavizamos, y con los exámenes de laboratorio e imágenes.

Nadie se detiene a pensar que la enfermedad tiene una misión, un objetivo. No, solamente es un enemigo al cual derrotar. Igual que a la muerte. Porque hemos perdido la capacidad de ver el contexto general. La enfermedad no es externa en su origen. Está puesta para avisarnos que es necesario que hagamos cambios en nuestra vida, que nos liberemos de aquello que nos mantiene prisioneros, y que no hay nada malo en ella, ni hay un castigo de Dios. ¿Cómo va a ser concebible que Dios nos quiera castigar, si somos sus hijos, hechos a su imagen y semejanza? Somos los seres humanos, quienes nos perdemos utilizando solamente la razón como fuente de conocimiento, desconociendo que somos seres completos, indivisibles en cuerpo, mente, alma y espíritu. Es necesario que despertemos y no demos por válido lo que nos dicen, inculcan y machacan por los medios de comunicación. Muchos “serios estudios científicos” no son más que proyectos de inversión que buscan generar beneficios económicos, utilizando para ello bajas maquinaciones –como campañas de terror- y aprovechando nuestra bondad y credulidad en que los que lo dicen son seres revestidos de un aura de solemnidad e integridad a toda prueba. No, no nos dejemos engañar y comencemos a abrir los ojos, dejemos el temor atrás para enfrentarnos a esta ola que todo quiere arrasar despojándonos de nuestra característica fundamental de seres espirituales que somos amados en cualquier circunstancia por Dios, nuestro verdadero señor.

No somos solamente este cuerpo que tenemos. Eso es una ilusión, que cada instante que pasa muere un poco más, hasta que se convertirá en un cadáver, indefectiblemente, lo queramos o no.  Más vale que más temprano que tarde lo aceptemos y comprendamos que lo que verdaderamente somos está más allá de la prisión de este cuerpo en el que nos encontramos hoy día, y que es necesario que sigamos los dictados de nuestra alma para hacer lo que debemos hacer en la vida, para poder tener entonces en el proceso de ella con el cuerpo que llevamos a cuestas una mejor salud, y poder ser entonces responsablemente felices. El materialismo y el método científico no han aportado más felicidad al hombre, porque han pretendido apartarlo de su esencia divina, y mientras permanezcamos obnubilados por sus aparentemente maravillosos resultados técnicos permaneceremos en las tinieblas y no podremos ver la luz. Somos seres espirituales y tenemos derecho a la felicidad y a tener un cuerpo saludable. Reclamemos entonces ese derecho no dejando que sea robado por la ilusión de lo material.

Que Dios nos bendiga a todos.

pendule-oeil-tigreHe recibido en estos días mucha retroalimentación –feedback dirían algunos más propensos a lo anglo- sobre lo que he escrito en estos últimos días. Y esa retroalimentación es directa, en forma de comentarios al blog, llamados telefónicos, mails, chat, y otras formas modernas, y también más sutil, en forma de silencio. Todo me habla, o no, de lo que escribo, indefectiblemente.

El considerar la vida como finita, vale decir con un comienzo material -¿cuándo comienza?, ¿será acaso cuando se produce la invasión del óvulo por el espermatozoide triunfante?, ¿o cuando ya fecundado el óvulo se produce la primera división celular?, ¿o cuando el embrión adquiere alguna característica como el desarrollo del corazón, por nombrar algún órgano funcional?, ¿o cuando se nace?- y un final también material -¿cuándo dejamos de respirar?, ¿o cuando no hay actividad cerebral?, ¿o cuando se dilatan las pupilas?, ¿o cuando se detiene el corazón?, ¿o cuando se ponen rígidos nuestros órganos?- es una simplificación que como ya he dicho conduce a la irresponsabilidad y a las confusiones.

De partida la primera confusión que se produce es aprender a juzgar a las personas, a las situaciones, a los acontecimientos. Y ya esos juicios son culturales, y no nos podemos casi dar cuenta de su importancia. Por ejemplo, el primer juicio que nace con este concepto es el de injusticia. Cuando alguna persona, alguna familia, algún colectivo, algún país o grupo de países, sufren algún acontecimiento traumático, que trae dolor y llanto, lo primero que se hace es tratar el asunto de injusto. Cuando alguna persona, o grupo de ellas, o familia o familias, sufren escasez material, pobreza o dificultades económicas, lo primero que se hace es tildar el asunto de injusto. Que personas sufran es considerado de inmediato una injusticia. Que alguien se quede sin trabajo es una injusticia. Que alguien tenga una desilusión amorosa es injusticia. Que alguien sufra un traspié financiero es una injusticia, que alguien tenga un duelo es una injusticia. Que alguien se enferme es una injusticia. Y entonces, ¿qué es justo?, ¿pasar por la vida caminando por un sendero tapizado por perfumados pétalos de flores, con todas las necesidades y deseos satisfechos, sin carencias, dolores, enfermedades, duelos, dificultades o sinsabores? ¿Qué sentido puede tener una vida así?

Cuando hacemos el juicio de definir algo como injusto definimos lo justo. Entonces podemos inferir que todo lo que pasa es injusticia y al final catalogamos la vida de injusta. ¿Acaso no lo escuchamos siempre como frase de profunda filosofía, en todos los estamentos sociales y culturales?

El tildar un asunto de injusto, fuera de definir lo que sería justo, pone al juez en una posición de Todopoderoso, y ese papel, según mi entender, ya está asignado hace mucho, pero mucho tiempo.

No me cansaré de insistir en que la confusión del juicio lapidario conduce irrefutablemente a la irresponsabilidad. ¿Cómo? Simple. El juicio de lo que es o no justo determina que las personas, cuando sucede aquello que se juzga injusto, se sientan claramente ofendidas, violadas, violentadas, en su pretendida inocencia: “¿por qué a mí?”, “ ¿por qué a ella, que era tan generosa?”, “¿por qué a él, que era tan solidario?”, “¿por qué a aquel, que era tan bueno?”, “no se merecía lo que sucedió”, son algunas de las muchas frases que se escuchan cuando sucede algo que genera lamentos. Incluso la muerte es un hecho “lamentable”. Nos escapamos cada día más de los procesos naturales del hombre para tornarlos desgracias y catalogarlos de injustos.

El hombre es un ser espiritual, que viene a tener experiencias de vida terrenales con el único objeto de aprender. Este camino de aprendizaje, largo en el tiempo, y que requiere de voluntad férrea para seguirlo sin repetir, conlleva muchos errores y también muchas oportunidades para corregir lo hecho, y lo omitido. Diferente es si el hombre acepta el camino del aprendizaje o no lo acepta conscientemente. Este tránsito ineludible es el encargado de que cada uno de nosotros aprendamos lo que hemos de aprender, y el camino es de una justicia que no admite sobornos ni prebendas, ni tampoco atajos, hasta asimilar el conocimiento especialmente duro de aquello que menos queremos aceptar y que más resistencia origina.

Ya he analizado lo inadecuado que resulta analizar la vida como un hecho aislado, en que para algunos el punto de partida es infinitamente más cómodo que para otros, y que a todas luces fundamenta el juicio de lo justo o injusto, entre otros. A veces, escuchamos que es la voluntad de Dios que el orden sea así, y no podemos entonces inmiscuirnos en su decisión. Y entonces viene la pregunta: ¿podrá ser Dios injusto? Claramente, aquel que no considere la existencia de Dios se ahorrará –por ahora- todo el análisis. Sin embargo, aquel que si la considere no podría, ni por un instante siquiera, pensar que puede tener tamaño defecto. Por lo tanto, la vida sí es justa.

Pero veamos qué es lo que la rige además de lo explicado anteriormente como proceso de aprendizaje, y es nada más ni nada menos que la ley de causa y efecto. Esta ley, que en algunas culturas se conoce como ley del karma, determina las condiciones básicas de despliegue de características y condiciones que se han de vivir y superar en la vida terrenal. No es nada más ni nada menos que el equilibrio entre la causa y efecto de los acontecimientos del pasado y los actuales. Una buena pregunta al paciente en la terapia de vidas pasadas cuando se encuentra con relaciones tormentosas en una y otra oportunidad es “¿qué le hiciste antes tú a él o ella?”. Con esa sola pregunta se abren las cortinas de la comprensión de lo anterior que condiciona lo actual: la causa y el efecto.

La ley de causa y efecto es inmutable, ineludible e inevitable. Es la ley del equilibrio. El ser humano deberá con su acción -significado por lo demás de la palabra karma-  enfrentarse a los problemas una y otra vez, hasta que los supere y complete el aprendizaje, y se libere de una vez y para siempre de la rueda de la reencarnación.

La ley de causa y efecto hace que el hombre comprenda y acepte que lo que sucede está bien, y tiene un destino superior, haciéndole completamente responsable de lo que le acontece –y de lo que no le ocurre-, eximiendo al ordenamiento social, o al gobierno de turno, o al sistema económico, o a la globalización, o a la tecnología, o a la crisis financiera, o a los virus o bacterias, o a la pura casualidad- de la responsabilidad por su situación personal, por la situación de la persona del lado, del grupo de más allá, del país aquel o de la raza aquella.  El hombre, avalado por la religión, ha desechado la idea de la encarnación reiterada –del aprendizaje continuo-,  por ser cómodo y no requerir de mayor trabajo. Pero a esta situación, para que pueda convertirse en un análisis, le falta un ingrediente principal, que es la honestidad. Y esta honestidad es la necesaria entonces para asumir la responsabilidad por la vida, por lo que le pasa y por lo que no le pasa, por lo que vive y por lo que no vive, por lo que sufre y por lo que no sufre, por lo que tiene y por lo que no tiene. Esa es la responsabilidad.

La vida es justa. Proviene de Dios, que es amor, que es justo.

No podemos ser tan arrogantes de juzgar su obra perfecta, incluidos nosotros, los hombres.

Que Dios nos bendiga a todos.

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