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Archive for 31 mayo 2008

Hoy he participado en el blog de El Mercurio opinando en una carta de un médico, don Diego García-Huidobro (http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2008/05/31/datos-sobre-felicidad.asp#comments), en que hace alusión a un dicho que sería responsable de la felicidad del hombre y, que habría sido demostrado científicamente, lo que ha sido publicado en una revista “reconocida”.

Soy bastante reticente a la ciencia. Me cuesta mucho darle la validez que le dan muchos para explicar el medio que nos rodea y todo lo que le acontece al ser humano. Nuestros tiempos, y el de nuestros padres, se ha visto marcado por la visión del mundo que ha aportado la llamada ciencia, es la visión científica. Y que por lo demás, es la única válidamente aceptada, sin cuestionamientos. La Real Academia Española define ciencia como «Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales».

La ciencia nace entonces para explicarse, metódicamente, el mundo material que rodea al hombre. No nace para explicarse lo que no se puede ver. Entonces, lo que encuentre como resultado la ciencia tiene que ver con la materia. Por lo tanto, la paradoja del método científico es que lo que no puede ser mensurado, visto o tocado, no puede existir, porque no se puede demostrar su existencia. Entonces, es necesario comprender que la ciencia es limitada cuando se introduce en dominios no materiales.

Seguramente usted estará pensando en los avances técnicos asombrosos que hemos sido testigos en el último siglo, y la velocidad vertiginosa con que ellos se producen. Estoy de acuerdo. Pero, ¿esos adelantos tecnológicos han hecho que los seres humanos sean más felices que antaño?, ¿ha podido la ciencia descifrar las preguntas que siempre nos hacemos los seres humanos desde los albores del mundo: qué somos, de donde venimos, adónde vamos? Hay una cuestión de fondo en el desarrollo tecnológico, y es si nuestro desarrollo de nivel de conciencia va a la par que el nivel tecnológico. Sin duda alguna que las respuestas no pueden ser alentadoras. En absoluto.

El desarrollo tecnológico ha basado su desarrollo en producir más y mejores máquinas para que el hombre aumente su nivel de comodidad, para que el hombre pueda tener mayor capacidad de gozar y disfrutar su tiempo. Pero la paradoja está en que cada vez tiene menos tiempo. Es verdad que el adelanto tecnológico permite que el hombre viva más tiempo, pero ¿tiene más tiempo? Por el contrario, parece que cada vez tenemos menos tiempo. La medicina moderna se precia de casi milagrosa. Intervenciones quirúrgicas, implantes de órganos cercenados, máquinas que mantienen el cuerpo funcionando artificialmente, aparatos de auscultación y medición, etc., pero la enfermedad no declina en el mundo. Es cierto que hay una baja en algunas infecciosas, que han casi desaparecido de la faz de la tierra, pero han aparecido otras para las cuales no hay remedios. Y han aparecido las enfermedades de origen desconocido, y las enfermedades sicológicas, y las autoinmunes. Y todas ellas tienen aterrada a la humanidad entera. La ciencia combate a la enfermedad y sus victorias son pírricas. Cada vez el hombre presenta más y nuevas dolencias. Los médicos, que debieran ser los sanadores se han convertido en interpretadores de exámenes que hace la tecnología, manteniendo una distancia con el paciente y su entorno que lo hacen alejarse cada vez más de la comprensión de lo que somos. Entonces, la ciencia, que se suponía nos iba a dar esa capacidad de mejorar, de sanar, de ser más felices, se pone cada vez más en deuda.

Recuerdo cuando pequeño, por allá por fines de los cincuenta, cuando escuché a los mayores, o leí en algún diario, que la promesa de los científicos era que la enfermedad desaparecería hacia fines del siglo, porque se descubrirían y elaborarían los antibióticos y drogas necesarios para erradicar todo patógeno o agente causante de enfermedad de la faz de la tierra. Ahora, con el paso de los años, pienso en ello con tristeza, por la gran decepción mundial que ello puede estar produciendo o haber producido.

Si observan con detención, el área de salud –¿no les resulta paradójico que se llame «de salud»?- ha sido, desde hace ya décadas, una de las áreas peor evaluadas de los gobiernos. Por más que se destinan recursos cada vez más cuantiosos, la percepción de las gentes es peor. Es que el problema no está en los recursos. Está en que las personas le ha dado todo su poder al aparato burocrático para su sanación. Y el aparato lo piensan y lo dirigen y lo actúan los científicos.

La ciencia no es la única forma válida de explicarse lo que nos rodea. No podemos seguir pensando de manera puramente funcional. Debemos ir más allá, para poder llegar a tener un mundo feliz. No podemos seguir culpando a lo que comemos de las enfermedades que presentamos. No podemos seguir culpando al clima de las enfermedades que presentamos. No podemos seguir inventando términos como «el estrés» para explicar las enfermedades desafiantes y las cardiovasculares. No podemos seguir así. Debemos ampliar la mente, abrirla al conocimiento, al saber intrínseco. El mundo necesita un cambio que vaya en beneficio del hombre, y no en provecho de algunos que les quitan el poder a las gentes al inculcarles el miedo, al aterrarlas, para manejarlas a su amaño.

Hay muchas cosas que no se pueden demostrar pero están ahí. Y seguirán estando. Y la ciencia podrá llegar a lo más minúsculo de la estructura, y aún no podrá responderse ¿por qué?, sino que se quedará en el ¿cómo?

Y la ciencia no podrá nunca introducirse en el mundo espiritual, en el de la fe, porque su definición la inhabilita para ello. Es un asunto solamente de saber. Y allí la ciencia no sabe cómo entrar, a pesar de buscar los cómo con encono.

Necesitamos ideas nuevas. Necesitamos gente nueva. Necesitamos ser valientes para ser felices. El mundo está esperando. Hay que salir a recorrer los caminos, con valentía.

Que Dios les bendiga.

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El control

Los hombres hemos aprendido a querer controlar todo. Ese parece ser nuestra finalidad en el proceso de aprendizaje de la vida. Reducir la incertidumbre a cualquier precio. Y hablo de precio, porque lo que se paga a veces es un alto precio. Pretendemos que nada se escape de nuestro control, y que sucedan los acontecimientos dentro de los marcos regulatorios que nos hemos impuesto, o que hemos creado. Cuando algo se sale del cauce produce inmediatamente en nosotros un shock y nos cuesta volver al equilibrio. En la medida que nos hemos ido apartando de la naturaleza, de la comprensión de los ciclos de la vida como es de verdad, se ha ido acentuando este deseo de controlarlo todo, para evitar entonces las situaciones conflictivas, desafiantes, o que puedan causar sufrimiento o dolor.

Pero, la naturaleza nos muestra cada día que ella se desenvuelve sin esforzarse, armónicamente. La naturaleza, al igual que todo y todos, tiene su propia inteligencia, y se manifiesta libremente sin esfuerzo. Observe, que el pasto y los árboles crecen, simplemente, sin esfuerzo. La lluvia que ha caído estos días lo ha hecho sin esfuerzo. El sol sale en las mañanas por el levante, sin esfuerzos. Simplemente la lluvia cae, el sol sale e ilumina todo.

Pero, ¿de dónde nace el deseo de control de los seres humanos? A mi parece simplemente del miedo, del miedo al mañana, a lo que va a venir. Y eso tiene que ver con la conciencia de carencia provocada por la falta de fe, que se ha visto afectada fuertemente por el advenimiento del materialismo, de la racionalidad, de la objetividad pura. Hemos dejado como seres humanos que nos gobierne solamente la mitad de lo que somos, dejando una mitad importante fuera de consideraciones.

Pero la vida no la podemos controlar. La vida es igual que un río. Siempre es río, pero el agua de un mismo lugar ya no es la misma que la de hace un instante. Igual que nosotros, ya no somos los mismos. Y cuando intentamos controlar el río haciendo represas, es lo mismo que hacemos cuando tenemos un problema y queremos mantenerlo bajo control: en algún momento se desbordará. Lo que no queremos admitir es que ese desborde material o emocional que evitamos controlando la vida se va a producir más temprano que tarde en el cuerpo, manifestándose por medio de alguna enfermedad.

Hemos empezado a creer que la vida es complicada, que es un sacrificio. Y digo creer, porque es eso, creencia. La vida es sencilla, las complicaciones se las ponemos lo seres humanos. Y como nos apartamos de lo que somos cada vez más, para creer que solamente tenemos necesidades materiales, sin considerarnos parte de la inteligencia de la naturaleza, aquella que solamente es, entregándose armónicamente, sin pedir, sino que siendo, entregando su abundancia por el sólo hecho de darla, por el placer de darla, los sufrimientos que se acusan cuando se sale del cauce perecen no tener solución. La naturaleza sigue su curso dando, sin mensura, desde la abundancia de sí misma. Somos los seres humanos los que nos hemos centrado en la escasez. La naturaleza es abundante. Dios nos dio un mundo abundante. Los seres humanos la hemos hecho escasa.

Se escucha siempre como frase de gran filósofo la que dice “la vida es injusta”. Y se repite incansablemente, especialmente por quienes hoy día tienen tribuna en la televisión, que de ejemplos de vida o sabiduría pueden aportar poco. Frases cliché repetidas por fáciles de aprender. Pero no, la vida no es injusta. Es justa. Cosechamos lo que sembramos. Esa es una ley inmutable, ineludible. Puede que no sepamos la causa que originó lo que nos sucede, pero ahí está. La podemos intuir por los resultados. Es necesario entonces, para cambiar nuestra precepción de la vida, que aceptemos las cosas que pasan. Ellas están dentro de un orden mayor. Es posible, y de hecho así es, que no sepamos y no podamos entender este orden mayor. No, precisamente es mayor, por eso no lo podemos comprender. Pero es. Y el ser humano, si es humilde, podrá entonces aceptar lo que sucede. Todo está puesto para nuestro aprendizaje, y las situaciones desafiantes, las situaciones desfavorables, llevan la semilla de un beneficio mayor, al ser oportunidades para transformarnos.

Sin embargo, los hombres hemos desconocido esta situación, y tratamos de escaparnos diariamente, buscando la certidumbre del futuro. Y hemos elaborado diversos mecanismos para creernos dueños del futuro, con certidumbre. Hemos desarrollado un sistema económico basado en la satisfacción de necesidades futuras, y para lo que pase desarrollamos los seguros. ¿Qué asegura un seguro? Nada. De lo importante nada. Un seguro de vida no asegura lo de su nombre. Ni por asomo. El seguro de vida funciona una vez que hemos muerto. ¿Y de dónde nace la concepción del seguro de vida? Del miedo al futuro. Pero para el asegurado el futuro no existirá. Entonces, solamente es una herramienta para satisfacer al ego y eximirse de las culpas en vida. Irónico. El seguro de vida arrastra un concepto intrínsecamente complicado, y es que el que lo toma considera que el beneficiario será incapaz de llevar una vida aceptable, para sus cánones. Eso es simplemente orgullo. Piénselo.

Cuando los apóstoles le plantearon a Jesús sus miedos por el futuro, por lo impredecible e indómito de la naturaleza, y por sus temores, éste les reprendió fuertemente, diciéndoles «Hombres de poca fe…», y les habló de los pájaros que no tenían granero ni almacenaban pero que Dios no permitía que les faltare nada, y que Salomón ni en sus mejores momentos de abundancia económica se vistió como se visten de hermosas las flores en el campo. Eso es fe. Y el control es falta de fe. Simplemente.

No podremos evitar lo que viene por delante en nuestra vida. Vinimos a vivirla. Con sus complejidades y vaivenes. Vivámosla, y el futuro se encargará de templarnos. Evitemos querer controlar todo, porque estamos gastando una energía necesaria para vivir, para pasarla bien, para disfrutar de lo bueno que tiene el mundo. No puede controlar la salida del sol. El sol solamente sale. No puede controlar el crecimiento de sus hijos. Ellos solamente crecen. No puede evitar el paso del tiempo. El tiempo solamente pasa. No puede evitar la muerte. Ella llegará inexorablemente.

No controle y vivirá mejor. Confíe. Ya lo dijo el Maestro…«Hombres de poca fe…»

Que Dios le bendiga

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¿Afónica?

La afonía

En la garganta está situado uno de los centros energéticos del hombre como ser. Y tiene una importancia especial, ya que nos permite situarnos en nuestro espacio a través del lenguaje. En la garganta, tanto a las cuerdas vocales,tiene lugar el “lenguajear” del que habla Humberto Maturana, y que es lo que nos constituye como seres humanos.

La garganta nos permite expresar lo que somos, y por lo tanto la forma que nos colocamos en el mundo exterior.

Tiene también una importancia fundamental en la realización de nuestra creatividad, de nuestra libertad creativa, ya que nos permite expresar nuestros sueños y pedir lo que necesitamos.

Cuando existen problemas de pérdida de voz o de dificultad para hablar podemos pensar de inmediato en qué nos está sincerando, y buscar qué es lo que se nos está atragantando –atravesando en la garganta-, ya sea en una u otra dirección.

Puede ser que por estar afónicos no podamos decir lo que queremos decir, y no lo expresamos por temor a las consecuencias que ello tendría. Es aquí donde el consciente ahoga al inconsciente que pugna por salir a decir su verdad, y la garganta sufre las consecuencias de la represión. Por eso, la afonía, o los problemas de voz ronca o inaudible, dejan en evidencia una posible rabia reprimida. Las consecuencias de decir lo que tengo que decir pueden ser más dolorosas que lo que me sucede actualmente, y por lo tanto lo reprimo. Y como no lo puedo reprimir conscientemente, porque se me va a salir, lo hago de forma velada, y me pongo afónico. La manipulación del conflicto es evidente.

Es común este síntoma junto al resfrío. Es una muestra clara de la rabia de no poder alzar la voz, gritarle, al agresor, al causante de la pena, lo que es necesario decirle. Ya sea por temor a perder su cariño, el empleo, el respeto, o simplemente por incapacidad o falta de fuerza o voluntad frente a la persona que ha tomado nuestra energía –o se la hemos dado-, y tiene el poder sobre nosotros.

Como la enfermedad, como he dicho varias veces, es el transitar del alma y la personalidad por distintas y opuestas veredas, hay una interpretación adicional, y es la dificultad de aceptar el camino que se está llevando, vale decir aceptar el camino que la personalidad está recorriendo, por sentirse bien con las manifestaciones de ésta, al sentir internamente los problemas que se están incubando al expresar lo que se expresa verbalmente, tanto en la forma como en el fondo. Esto es porque el lenguaje es generativo, genera realidades, y si el alma no está en la línea que la personalidad va eligiendo puede entonces manifestarse de esta forma, de modo tal que se permita la persona un respiro, una pausa, para hacer la necesaria introspección.

En la dirección opuesta el mensaje es más fácil, porque interpreta con certeza la dificultad en «tragar» algo que nos ha pasado, especialmente algún fuerte trauma. Hemos sabido de muchos casos de personas que después de haber vivido hechos traumáticos han perdido momentáneamente la voz. Entonces, el mensaje puede ser dilucidado preguntándose ¿qué es lo que no quiero, o no puedo, admitir? Cuando la afonía va asociada a la dificultad de tragar, incluso la saliva, el recado del síntoma es más que evidente.

En estos días de invierno, de poca luz, con días cada vez más cortos, en que el frío se hace presente, se activa la memoria antigua del hombre, lo no consciente, y todo lo asociado al éste, lo detestable, lo aborrecible se despierta internamente. Se extraña la falta del calor del amor y se desata la falta de amor representada por el frío. Y se agrega un ingrediente más al desánimo y pena que nos ha consumido.

Las afonías, en ocasiones, como ya adelanté, se agregan al proceso del resfrío. Ya hablamos de éste en un artículo anterior. Puede verlo para mayor comprensión.

Entonces, si está afónico pregúntese por ejemplo:

¿Qué no puedo admitir o aceptar en este momento de mi vida?

¿Qué no me atrevo a decir por las consecuencias que ello puede traer, a qué consecuencias temo?

Recuerde que la enfermedad no es ninguna maldición y está ahí para enseñarnos lo que conscientemente no hemos querido aprender, y la afonía tiene mensajes muy claros. Cuando los logre revelar su mejoría será acelerada.

Que aprenda sobre su vida. Y recuerde que solamente los secretos se dicen en voz muy baja. Y algunos casi con voz inaudible.

Que Dios nos bendiga a todos.

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Alfonso Domenech en su posteo ha puesto en el tapete un asunto muy sentido y especial. Le agradezco antes que nada su participación. Y concuerdo de partida con que el objetivo es ayudar. Eso es claro. Y gracias por participar. Así crecemos todos. Así aprendemos.

Hace años que leo, escucho, investigo sobre el paso a las otras vidas. Hoy hay mucha gente que se dedica a este y otros temas parecidos. Gentes muy serias y que han dedicado su vida a contestar estas cuestiones tan hondas.

La vida no es una casualidad. Venimos a ella a cumplir una misión, tiene un objetivo. Y además de venir a vivir nuestras experiencias para nuestro aprendizaje venimos a ayudar a otras almas a cumplir los suyos. Elegimos nuestras condiciones, o acordamos más bien, para cumplir con lo que tenemos que aprender en la vida. Así, convenimos los padres que vamos a tener, el sexo, las condiciones sociales, medioambientales, religiosas, económicas, raciales, culturales, y un sin fin de otras características, que servirán para cumplir ese fin.

Pero, ¿qué sucede cuando tenemos que aprender lecciones como aquella que puede ser tener que cuidar a alguien, de por vida, y dedicarnos a esa persona, día y noche, siete días a la semana, 365 días al año, y por todos los años? Si tenemos que aprender a dedicarnos a alguien, a cuidar a alguien, a entregarnos a alguien, debe haber un alguien dispuesto a venir a la vida a que lo cuiden. ¿No es verdad?

Siempre digo que para que a Jesús le mataran debió haber habido alguno que estuviera dispuesto a hacer el papel de traidor. ¿De qué otra manera podría haber sucedido todo lo que sucedió? Y además, así debía suceder para que se produjera lo que se ha producido. Eso Jesús lo sabía. No en vano le dice al discípulo: «Lo que has de hacer hazlo pronto». Para que suceda algo deben estar dispuestos todos los protagonistas necesarios. Y en el caso de Jesús debió haber muchas almas dispuestas a hacer lo que hicieron. Y la finalidad es clara. Llevamos más de dos mil años aprendiendo de ello. Y seguiremos aprendiendo por muchos más. Si Jesús hubiera muerto de viejo no hay que adivinar que la enseñanza hubiera sido otra.

Entonces, cuando una guagua (bebé) de dos años fallece es conveniente comprender que esa alma completó su aprendizaje y misión en la vida que tuvo, y que además debió ser muy valiente para aceptar el papel desempeñado. Sin embargo, el aprendizaje para los que quedan recién comienza. Podemos preguntarnos lo que puede aprender un padre o una madre en estas situaciones. Y ello puede ser abundante. Por ejemplo aprender a vivir después de una tragedia. Investigar sobre las causas de la muerte para obtener curas a la enfermedad. Producir un cambio en la conciencia de los padres para que cambien su forma de vida y se pongan al servicio del prójimo y dejen la vida materialista y nada de espiritual que han llevado. Equilibrar vidas anteriores en que abandonaron a quien ya se fue y no le dieron el cuidado que necesitaba. Aprender a levantarse después de una catástrofe. En fin, muchas y muy variadas razones. Cada cual sabe lo que debe hacer, las rutas que debe seguir, los caminos que debe andar. Y no somos nadie para criticarlas.

Entonces, ¿qué tal si una persona que en esta vida debe cuidar a algún minusválido, encargarse de él durante toda la vida, en otra vida en vez de ocuparse de él le dio muerte o le abandonó? Entonces, en esta vida viene a reparar lo obrado. Simplemente eso. A reparar, a equilibrar. Eso es karma. Puede ser una explicación, entre tantas.

Como siempre digo, si consideramos la vida humana como única, finita, con un comienzo en el nacimiento y una muerte cuando se terminan los signos vitales del cuerpo, en que no hay nada antes y no habrá nada después, aunque se vaya al cielo, necesariamente la consideraremos injusta si es una de sufrimiento y dolor. Eso ha llevado, con el advenimiento del materialismo en todas sus formas, a considerar la vida como injusta y a enjuiciar a Dios, o a negarlo argumentando que si existiese no podría permitir tanta injusticia, dolor, pena y sufrimiento. Pero la vida es eterna, lo que somos realmente no muere nunca, y tenemos vida tras vida la posibilidad de conocer a Dios en todas las cosas, tenemos la posibilidad de crecer y aprender para volver junto a Él algún día, y de equilibrar lo que hemos hecho en otras anteriores, para lograr ese aprendizaje.

Jesús dijo un día, «No juzguéis si no queréis ser juzgados, porque con la misma vara que midieseis seréis medidos». Esto tiene que ver con los comportamientos humanos. No sabemos lo que otros deben aprender, lo que otros deben atravesar para completar su camino. Lo que debe convocarnos es que si alguno nos pide ayuda y podemos hacerlo es conveniente que lo ayudemos. Pero, debemos comprender también que si no le ayudamos podemos estar contribuyendo a que cumpla su misión de aprendizaje de tener una vida desvalido sin ayuda. Y de igual forma le ayudamos.

Siempre que hay pérdidas traumáticas se producen cambios dramáticos en quienes quedan vivos. Y esos cambios son, por lo general, volcarse a servir a otros seres humanos. Las historias de estas situaciones son comunes y se repiten innumerablemente. Después de una tragedia hay muchos que se entregan al servicio del prójimo. Y ello puede haber sido la causa de la que en su momento fue considerada como tragedia.

Shakespeare dijo hace quinientos años algo así como que la tierra era un gran escenario, y los hombres sus actores de la obra de teatro.

En la vida no existen las casualidades. Solamente existen las causalidades.

Puede sonar duro lo que he escrito. Pero a lo mejor es lo que tengo que hacer yo. Y con eso contribuyo a un mundo mejor. ¿Quién sabe?

Que Dios les bendiga


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Ha habido algunas personas que me quieren bien que me animan a escribir, y como me asiste el convencimiento que su cariño es real ya me la estoy creyendo. Me cuesta aceptarlo pero lo hago al final. Y me piden, más encima, que escriba de las enfermedades. Y me vienen mis cargos morales por no ser profesional del área, ya que no tengo estudios formales.

Pero bueno, si lo piden no queda más que dar lo que sé. O creo saber.

Lo difícil de todo esto está en las descalificaciones que lleva lo que puedo proponer como una mirada diferente, ya que el supuesto implícito en temas de salud –o de enfermedad más bien dicho-, es que la única palabra, y la última entonces por añadidura, la tiene la ciencia formal de las escuelas de medicina. Y entonces, como dice Maturana, como no cedo a los argumentos racionales formales, repito, soy enjuiciado como arbitrario, ilógico y absurdo. Sin embargo, el ser humano ha estado varios millones de años sobre la faz de la tierra, y sin existir las escuelas de medicina, y seguirá permaneciendo en ella, a pesar de éstas, y la enfermedad no será erradicada ni desaparecerá de estos lados del universo. Por lo tanto, me asiste el derecho entonces, por ser la enfermedad anterior a la ciencia, de hablar de ella. Y me asiste la convicción también que, muy a pesar de ella, la enfermedad seguirá existiendo.

La pretensión de la medicina occidental actual es llegar a la causa de las enfermedades, y solamente se queda en los síntomas, los cuales ataca. Pero de causas, poco. Solamente echándole la culpa a lo que entra por nuestra boca, o al último gran descubrimiento, el estrés.

Nada tengo en contra de la medicina tecnológica reparadora, que he utilizado incluso, como aquella vez que me corté el tendón de Aquiles derecho, en que la cirugía reparadora fue exitosa. Pero, ¿por qué me corté el tendón? Nada de eso tiene respuesta, en ese ámbito, al menos. Pero sí tengo en contra de esta medicina el uso del miedo como elemento manipulador de las conciencias para lograr el poder de los que son o serán potenciales pacientes. Ejemplo de ello es lo que han llegado a hacer de extirparles las mamas sanas a algunas mujeres, basados en el expediente que llevan en su ser un gen que se ha descubierto lo tienen las mujeres a las cuales se les desarrolla en cáncer de pecho. Cruel, por decir lo menos. ¿No?

Los seres humanos somos no solamente cuerpo. Somos también alma, mente y espíritu. Algunas personas omiten este último, pero yo prefiero considerarlo, como el misterio que me mantiene respirando y que no puedo dominar. Si quiere haga la prueba y vea ahora mismo si puede dejar de respirar. No pues, no se puede, y eso es el espíritu dentro suyo que lo mantiene con vida. Y es más poderoso que su voluntad. ¿No?

Pero quería hablar de la dulzura. Del azúcar. O de la glucosa. Y llego a la diabetes. La común. A propósito de lo que les decía, hace unos días escuché en la radio Imagina (88.1 en Santiago) en unas breves noticias que dan de cuando en cuando que científicos de la Universidad de Harvard habían determinado que las mujeres que tenían los glúteos prominentes tenían menos posibilidad de “hacer” diabetes, al contrario de las mujeres cuya grasa se acumulaba en el abdomen o en las caderas. ¡Qué importante descubrimiento, y qué aclarador!

De esos ejemplos estamos llenos. Preste atención, en verdad hágalo, de cuantas noticias hay diariamente acerca de descubrimientos de científicos de aquí, allá y acullá, en que aseguran que si usted come ciertos alimentos no contraerá esto o aquello, y que si come de esto o lo otro puede ser merecedor de las penas del infierno por la enfermedad que se va a agarrar. Pero, en fin, hay que tener el cuero duro para resistir el embate de la ciencia y de los científicos, y de los laboratorios detrás de ellos, y también de la industria de equipos y suministros médicos.

Bueno, pero ya que mencionamos la diabetes hablemos algo de ella. Técnicamente la diabetes se conoce como el exceso de azúcar (glucosa) en el torrente sanguíneo. Esto se produce porque las células no pueden asimilar esta sustancia, entonces carecen de ella. Durante el proceso metabólico se convierte el alimento que ingerimos en energía, la que necesitamos para realizar las funciones como humanos. Y la insulina, que es una hormona segregada por el páncreas, es la encargada de generar las condiciones para que la glucosa, que es un producto del proceso, pueda ser asimilada por las células del cuerpo. Entonces, puede pasar que el páncreas no produzca insulina suficiente, o que las células del cuerpo no le hacen caso a la insulina producida por el páncreas y entonces, la glucosa no llegue a las células. Y por ello entonces se vaya al torrente sanguíneo. No me voy a meter en honduras de la limpieza de la sangre, por hoy.

En la diabetes común o mellitus, la orina de las personas es dulce, como la miel. De ahí su nombre. El diabético tiene necesidad de orinar frecuentemente y padece de sed. El nombre diabetes proviene del griego y significa «correr a través», precisamente por este flujo abundante de agua. Las personas diabéticas pueden presentar problemas de sequedad de piel y visión borrosa.

Ya, hecha la presentación del síntoma y del nombre antiguo y sus complicaciones podemos atrevernos a examinar analógicamente lo visto para buscar alguna explicación a su desencadenamiento.

Lo primero que llama la atención es que las células no pueden captar la glucosa. La glucosa es dulce. La célula es nuestra componente física unitaria pequeña. Entonces, en nuestra célula, lo que somos internamente, nuestro microcosmos, no hay dulzura. Toda la dulzura, la glucosa, pasó por nuestro lado y se fue al torrente sanguíneo y de ahí a la orina. Entonces, el mensaje se va aclarando, y dice relación con manejar la dulzura presente en nuestras vidas. El diabético puede estar nadando en un mar de dulzura, pero es incapaz de asimilarla. No puede sacar provecho de ella, no la puede usar. Puede ser también que tenga dificultad en obtener la dulzura en su vida. Esto puede estar relacionado con un problema de autoestima serio que puede provenir de crianza con un padre muy duro y autoritario cuyo método de enseñanza puede haber sido la descalificación o negación de las necesidades del niño o niña, o un padre ausente o inexistente.

Me ha llamado la atención que algunas personas que conozco que padecen diabetes provienen de hogares de formación uniformada, en que se presentan un cúmulo de reglas y normas y mucha rigidez. En el fondo una falta de dulzura.

Las personas diabéticas son personas de muy buen corazón, en general, y desean que a todo el mundo le vaya bien, que gocen de alegrías y de logros económicos materiales y emocionales. Son personas dispuestas a ayudar rápidamente, y tienen grandes deseos y expectativas para ellas mismas y para los que les rodean, especialmente sus familiares y cercanos, sin embargo ello puede dar indicios de lo que indiqué, que es la carencia de la dulzura en su vida, de su dificultad de asimilarla, de obtenerla o manejarla.

Me llama la atención que la diabetes se presenta con frecuencia acompañada de la hipertensión, signo evidente de que la persona quiere mantener todo bajo control, sin darse tiempo para gozar lo que ha logrado hasta ese momento, o queriendo que todos tengan una vida color de rosa, haciendo más de lo que pueden por facilitárselas.

El mañana llegará siempre, querámoslo o no, y el diabético, que siempre piensa en los otros, no disfruta entonces lo dulce del presente, y debe entonces eliminarlo por la orina. Esto refleja en el fondo, y es el mensaje amargo de la diabetes, que existe una dificultad en aceptar el amor, en dejarlo entrar, y en amarse a sí mismo. Y como dar y recibir van de la mano, dificultad en expresar amor. ¡Qué paradoja!

Entonces, aceptemos que podemos ser amados y amar, dependiendo emocionalmente de otros. Eso es aceptar lo humanos que somos.

Que disfrute del amor.

Que Dios les bendiga.

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Nuevo vocabulario

Se ha incorporado a nuestro vocabulario un nuevo concepto, especialmente en la juventud, que al igual que otros asuntos incomprensibles y ajenos a nuestra idiosincrasia como el «halloween» están invadiéndonos, para quedarse, y es el de «perdedor/a».

Este es un término estadounidense, que hace referencia a quien en su juventud no es “popular”, no es buen deportista, no tiene éxito con las conquistas con el sexo opuesto, tiene actitudes de timidez, no posee un cuerpo de artista de cine o no tiene simpatía personal. En general, consideraciones externas. Esto se ha trasladado hasta los adultos jóvenes, que corren tras el éxito de manera arrolladora y sin pausas, estableciendo códigos y pautas para dejar atrás a quienes son considerados en esta lucha sin cuartel como «perdedores».

La lucha comienza muy temprano. Pero la limitaré solamente desde el momento en que el niño o niña comienza a dar exámenes para ingresar al colegio o escuela. Lo de antes de eso, incluso lo de antes de nacer de cada uno lo dejaré a su entendimiento. En cada nivel social hay escuelas o colegios apetecidos para los niños y niñas, porque les asegura una cierta condición para ser triunfante en el futuro, como es el pertenecer a un cierto standard socio-económico, una instrucción académica probada como de buenos resultados, y una posibilidad cierta de ascender en la escala de los niveles mencionados.

El opuesto a «perdedor/a» es «ganador/a».

Esto es la piedra angular de la competencia. La competencia despiadada, en que todo se permite con tal de cumplir los estándares del grupo en que se desenvuelve.

Esta competencia despiadada está llevando a niveles de estrés y de falta de comunicación y comprensión alarmantes. Y forma parte de la sociedad chilena actual –y me imagino que de otras también- como un valor irrefutable, que no merece discusión ni cuestionamiento.

Entonces, el niño comienza a los tres años a rendir exámenes, ¡¡para ingresar al jardín infantil!! Y tenemos ya a los primeros “perdedores” y “ganadores”, los que no quedaron y los que quedaron en los establecimientos elegidos por los padres. Y la pregunta mía es ¿y la dignidad del niño o niña, dónde puede quedar al ser sometido a estas evaluaciones? Lo más seguro además es que los padres sean los que se consideren evaluados con la evaluación de su hijo, con las consecuencias previsibles en sus comportamientos futuros.

La base de la competencia es la comparación con otro par. Y todo está organizado para que se cumpla con competir siempre.

Hemos llegado al absurdo de competir hasta en la compra de nuestras sepulturas, incluso con vista al mar. ¡El colmo!

Pero, en el fondo las nuevas palabras tienen que ver con un concepto básico, el éxito.

Analicemos qué es el éxito.

El éxito es una palabra de raíz latina, exitus, cuyo significado es «salida».

La Real Academia Española tiene tres definiciones para el éxito:

1. Resultado feliz de un negocio, actuación, etc.

2. Buena aceptación que tiene alguien o algo

3. Fin o terminación de un asunto o negocio

Sin embargo, hay una definición que prefiero personalmente para la palabra éxito, y es «el crecimiento permanente de la felicidad y la realización de metas dignas«.

Normalmente se asocia éxito a riqueza. Eso es lo que se busca en la actual sociedad que compartimos, la riqueza. Esto no es censurable en sí ya que es un comportamiento aprendido por estos lares desde comienzos de los años 1500, en que era el único objetivo aceptable. No es censurable, pero podemos desaprender lo aprendido. Es posible que el éxito traiga riqueza, entendida como el flujo abundante de todas las cosas buenas hacia nosotros, pero el éxito tiene muchos aspectos y la riqueza material es solamente uno de ellos.

El éxito también está compuesto por muchos otros factores, como son por ejemplo: la salud, el entusiasmo por la vida, la energía, las buenas relaciones, la sensación interna de paz y bienestar, la sabiduría, la comodidad, la libertad, el poder creativo, la estabilidad emocional y sicológica, el tener tiempo, el dar y recibir amor.

Hemos visto que la salud no se compra. Es un estado del ser humano, y se tiene salud cuando la personalidad y el alma van en el mismo camino. Cuando la primera lleva al ser humano a subyugar los deseos y tareas del alma se producen los desequilibrios, que llevan al cuerpo a un nuevo equilibrio, que es la enfermedad. Y conocemos muchos casos en que personas aparentemente exitosas sucumben ante enfermedades desafiantes que no les permiten gozar los tesoros que acumularon a costa de su salud, sirviéndoles ellos para pagar costosos tratamientos médicos solamente. Los casos de muchos exitosos que se han sumido en las adicciones que los han llevado a mundos de oscuridad impensada hacen una buena ruma.

Entonces, la crueldad del nuevo vocabulario, no del soez al cual se ha acostumbrado nuestra juventud y que será la causante de muchos desequilibrios futuros, provocará en ellos un cúmulo de frustraciones que les harán ir perdiendo día a día la alegría que debe primar en el crecimiento, en la exploración de la vida, sumiéndoles en la pena, vergüenza y frustración.

La búsqueda del éxito y el cumplir con los estándares y códigos del mismo nos está llevando a niveles de endeudamiento peligrosos, y asistimos a que el negocio de venta de alimentos ya no es un negocio de venta de alimentos, sino un negocio financiero, al igual que el negocio de vestuario o de artículos para el hogar. Sin embargo, estamos todos en la misma carrera, cual más cual menos, con más o menos ganas, con más o menos recursos para ella, pero todos la corremos. ¿Cuándo dejaremos de hacerlo?

Esto es preocupante porque el hombre está perdiendo la libertad, encadenándose a los compromisos adquiridos, sin posibilidades de emprender aventuras por el peso de estas cadenas, acumulando dosis de frustración y rabia que deben necesariamente buscar su salida. Algunas lo hacen por el cuerpo, otras lo hacen con la agresividad y falta de cortesía con el prójimo. Nos estamos convirtiendo en lo contrario a lo que nos ha llevado como seres humanos hasta este instante y la cooperación, la comprensión y la tolerancia están ausentes de nuestro actuar. Salga a la calle y observe las actitudes de los conductores, de los peatones, de los usuarios de la locomoción colectiva, en fin, de los que nos rodean. Y observe las suyas.

El éxito es vivir en forma armónica con el prójimo, y ello parte con la armonía interna.

El deseo de acumular, de poseer, de atesorar, ¿no será una muestra inconsciente de la sabiduría que tenemos de comprender que todo se va a acabar algún día si seguimos así, y que como competimos siempre tenemos que asegurar lo que creemos es nuestro ante esta inminente debacle?

Hay muchos componentes del éxito, y hay que irlos aquilatando para poder gozarlo.

¡Qué goce su éxito!

Que Dios le bendiga.

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Desde hace algún tiempo se escucha una frase bastante socorrida: «lo único permanente es el cambio». Se dice en todas las ocasiones en que se avizoran vientos de renovación, de despidos, de alejamientos, de despedidas. Y la verdad sea dicha es que es cierta la frase. Los cambios son parte de la vida. Basta mirar por la ventana para ver la naturaleza siempre cambiante. Mire la planta en el macetero que está junto a usted y se dará cuenta que está en permanente cambio. Incluso nosotros, los seres humanos estamos siempre cambiando. He leído a muchos autores que dicen que nuestras células se renuevan completamente al cabo de cierto número de años. Completamente. Recuerdo que dicen 7 años. Por lo tanto el cambio es permanente. Sabemos que esto es así, conscientemente lo podemos conocer como dato, sin embargo, tenemos muchas dificultades en aceptarlos.

En general pedimos los cambios, los expresamos verbalmente, cada vez que ocurre algo que no nos gusta, y cuando llegan esos cambios los rechazamos abierta y a veces, violentamente. Pero los cambios llegan para quedarse, nos guste o no.

Si las células de nuestro cuerpo se renuevan completamente cada cierto período de tiempo, ¿por qué luchamos, por qué gastamos una cantidad ingente de energía, por mantener nuestro entorno sin cambio?, ¿por qué nos esforzamos en mantenernos, en apariencia, sin cambios, aferrándonos a lo que fuimos?

Una de las razones más poderosas que tenemos los humanos para rechazar los cambios son los miedos a lo desconocido. Ello es bastante simple de observar, porque cuando se producen cambios en nuestro entorno se debe pasar por un cambio de hábitos, de programas, de formas de hacer las cosas, y ello no es cómodo, y puede potencialmente producir miedo, por desconocido.

Entonces, ¿cómo podemos vivir en el medio de los cambios, sin atormentarnos, sin aterrarnos? Lo primero y básico es que si hay algún cambio en la vida este tiene un propósito bien definido, y es de aprendizaje. Entonces, lo primero es aceptar lo que sucede. No se puede fingir que no pasa nada, no, eso no funciona. Es necesario aceptar lo que sucede. Cuando no lo aceptamos, es decir, rechazamos el cambio, oponemos una resistencia a él, generamos un desgaste de energía difícil de mensurar, la que gastamos inútilmente. A veces esta energía gastada puede herir innecesariamente a otros, al tratar de mantener situaciones que ya no existen, que se agotaron, que cambiaron.

Pero el mantenerse sin cambiar, o esforzándonos al máximo por no cambiar, es evitar la sensación de riesgo, vale decir, es mantener y buscar la sensación de seguridad. Entonces, me pregunto, si la naturaleza nos demuestra que siempre se cambia, que el cambio es perenne, constante, y no hay nada igual ahora que hace un instante, ¿existe la seguridad?

Las personas que piensan que sí, la buscan aferrándose a mantener lo conocido, lo cómodo, sin embargo, van limitando su aprendizaje, su conocimiento de otras realidades, su crecimiento como tales. Pero, ¿dónde quedan los sueños de cada quien? Los sueños son el principio de la manifestación de lo no manifestado aún. Cuando soñamos en hacer algo, en producir algo, en hacer algo, en tomar algún curso de acción, estamos dando el primer paso a la concreción de ello. Pero para llevar adelante los sueños necesitamos atrevernos a cambiar. Porque para hacer algo nuevo debemos modificar lo que actualmente hacemos. Y ¿qué mejor oportunidad para aprender que realizar los sueños?

Para realizar los sueños necesitamos de ideas y acciones nuevas. Necesitamos atrevernos a cambiar.

Por eso, aceptemos que el cambio es permanente, y tomemos conciencia que así como todo cambia es conveniente que yo cambie también. Si no lo hago, la vida y el mundo me dejarán atrás, como quedan las hojas en el otoño, esparcidas por el suelo.

Para poder concretar los sueños es necesario saber cuáles son ellos, es decir, saber qué es lo que queremos llegar a ser. Esto requiere una identificación positiva de nuestras capacidades y habilidades, y de nuestra necesidad de instrucción necesaria, la que sea. Y para llegar a esa identificación es necesario comenzar a soñar despierto, imaginando dónde queremos estar, cómo queremos estar, para hacer lo que queremos hacer. Entonces, es necesario visualizar lo que queremos llegar a ser. Esto es verlo, pero con los ojos cerrados. Una vez lo visualizamos podemos comenzar a darle le energía física, buscando imágenes que representen lo que hemos visualizado, y recortar estas imágenes.

Hasta aquí esto requiere valentía. Si, valentía. Porque hay que atreverse a ver lo que se quiere ser, y ello significa movilizar toda la energía propia en pos de ese objetivo, dejando de lado lo que acostumbramos, lo que consideramos cómodo. El ir tras los sueños puede significar grandes cambios personales, por lo que la valentía es necesaria.

Cuando tenemos las imágenes, la representación gráfica de lo que queremos, la pegamos sobre una cartulina, y la ponemos donde la podamos revisar a menudo.

Es mágico como se cumple lo que hemos representado cuando ello está alineado con nuestro ser interno. Mágico.

Atrévase a comenzar el proceso. Verá como todo se va alineando para que se produzca lo que debe producirse.

Los sueños requieren cambios.

Que Dios nos bendiga.


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