Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 24 agosto 2008

Mareos

Las personas que van en un barco y se marean buscan instintivamente algo en lo cual afirmarse -y la primera imagen que se nos viene a la mente es una segura baranda- para no caer al piso o irse por la borda directo al agua, lo que complicaría aún más la situación. El mareo hace evidente la pérdida de equilibrio, que dificulta además el caminar, el desplazarse, y el objetivo del caminar no se puede, por tanto, ver. El mareo entonces analógicamente nos conecta con la dificultad de encontrar algo –o alguien- en qué o en quién afirmarnos para poder seguir el camino que estamos haciendo. ¿Cuál camino? El de la vida, el del trabajo, el de las responsabilidades, en fin, el que llevemos. Sucede que los mareos afectan a las personas cuando están abrumadas por los acontecimientos, por tanta cosa que pasa en su vida, por tanta actividad que se acomete, por tantas cosas que pasan, que es igual a estar en un carrusel, sin poder fijar la atención en una de ellas. Es como el juego que jugamos cuando chicos de dar vueltas y vueltas y vueltas sin parar hasta perder completamente las referencias vertical y horizontal e intentar caminar, o simplemente mantenerse de pie. El mareo a veces va acompañado de vómitos, que son señal inequívoca que lo que sucede no se puede aceptar, ya sea por miedo o por considerar el asunto intragable simplemente. A veces las personas que son sometidas a manipulación por otras, en que se ven forzadas a tomar ciertos rumbos que no son aceptados interiormente por saber –intuitivamente- que lo que están siendo forzadas a aceptar o hacer no es conveniente, o no les traerá felicidad, o se aparta del camino del bien y del amor por el prójimo, sufren de mareos que les impide moverse o iniciar alguna actividad.

Cuando se viaja en barco se aconseja que para no marearse se fije la vista en el horizonte, en la silueta de la lejana tierra. Entonces, es conveniente otear el horizonte, visualizando el objetivo que llevamos en el camino que estamos haciendo, ya sea en el aspecto laboral, emocional, familiar o todos ellos en su conjunto. Pero esa mirada debe ser tranquila, pacífica, y sobre todo confiada, sin temor, sabiendo que lo que se necesite en la vida será provisto por Él.

La enfermedad siempre nos hace sinceros, y está ahí para hacernos mejores, para mejorarnos, simplemente para eso.

A veces, hay personas que se enferman sin origen aparente, y hacen enfermedades desafiantes o invalidantes, para gran sorpresa de los parientes y médicos, ya que por historia familiar no habría causalidad. Muchas de estas enfermedades que manifiestan algunas personas tienen una misión específica, y tiene que ver con el sacrificio de ciertas almas para manifestar alguna dolencia con un objetivo diferente al que podamos pensar en la forma en que estamos acostumbrados. Me quiero detener en ello, ya que la ciencia nos tiene acostumbrado a pensar que la enfermedad es material en su origen –virus, bacterias, hongos, parásitos, genes, herencia, lo que comemos, lo que bebemos, lo que respiramos, lo que no comemos, lo que no bebemos, lo que no respiramos, lo que nos sobra, lo que nos falta, que el ejercicio faltante o su exceso, etc., etc.-, y se debe buscar su causa en la funcionalidad del cuerpo, desconociendo que somos seres dotados además de mente, emociones y alma, formando un ser indivisible por lo demás. Por ello, a veces hay almas que se sacrifican en pos de un objetivo mayor, un bien mayor, y vienen entonces a enseñar algo, a provocar alguna situación, a crear una nueva realidad o a dar ejemplo simplemente. Los relatos de los cambios de vida de los deudos una vez que se ha producido un acontecimiento de enfermedad desafiante o de muerte de algún familiar –especialmente niños- incluidos los accidentes, son numerosos. En nuestro país conocemos ejemplos de algunas señoras de cierta figuración pública y mediática que después de la muerte de un hijo dan un giro a su vida dedicándose decididamente al servicio del prójimo, a aliviar los sufrimientos de otros, a acompañar a los sufrientes, a llevar compasión a los semejantes, en fin, a servir al otro. En algunos casos el acontecimiento traumático les ha hecho dar un giro radical a su vida, dedicándose por entero a las labores humanitarias, dando incluso vuelta la hoja en sus matrimonios, al no contar con apoyo de los maridos en el cambio de vida observado. Otras almas se sacrifican al enfermar sus cuerpos con finalidades como por ejemplo unir a progenitores, o a hijos, o a hermanos, que por razones de la vida se han separado.

Por eso digo y repito, la enfermedad no es material en su origen, y la ciencia médica occidental no podrá ni aún con el abrumante nivel de tecnología actual y el por venir llegar a sospechar las causas de ella, remitiéndose su cometido al uso del latín para describir los síntomas y a su tratamiento, para alivio de las personas es verdad, pero sin aportar el necesario crecimiento que aporta su manifestación. La medicina occidental combate los síntomas sin entrar en la necesaria comprensión del significado de la enfermedad, remitiéndose a la funcionalidad de los procesos del cuerpo humano. Pero la funcionalidad no tiene un significado por sí mismo, y si nos vemos absorbidos por ella no podremos ver los significados subyacentes.  Y el resultado del combate en el que está sumida la medicina moderna es negativo, porque el número de enfermos no ha disminuido, sino que lo que se ha visto es que los síntomas son otros, aunque se vea y comunique que los adelantos tecnológicos rayan en lo milagroso en los tratamientos. Pero la pregunta siempre será la misma: ¿por qué siempre hay más y más enfermos?

Hay mucho que conversar sobre la enfermedad, mientras tanto comencemos por tomar conciencia que hay que abandonar la lucha contra la enfermedad para aprender a ver, para comprender lo que nos quiere decir. Ello requiere valentía, para poder conocerse y descubrir lo que nos falta en el eterno camino de la vida.

Que Dios les bendiga.

Read Full Post »

Hoy escuchaba una propaganda de un conocido y antiguo fármaco que anuncia su capacidad de prevenir los ataques cardíacos, usando una cierta dosis diaria. Anuncian que tres de cada cinco infartos se pueden prevenir usando esta Cardioaspirina 100. Bueno, este compuesto ha demostrado que tiene efectos anticoagulantes, es decir, la sangre puede “licuarse” y por ende circular por los conductos que la contienen, “antiagregante plaquetaria” reza su propaganda. Las plaquetas son las que poseen como característica el agregarse unas a otras como respuesta a ciertas condiciones, y son las encargadas de la coagulación de la sangre, entonces, un antiagregante plaquetaria significa lisa y llanamente que se disminuye la capacidad de coagulación. La sangre representa la vida, y cuando se pone espesa y forma coágulos significa que la persona no logra dejar circular libremente la vida, tratando de controlarlo todo. Esto viene especialmente por el lado de los asuntos materiales. Es el signo de los tiempos. Las preocupaciones por la provisión, por el atesorar, por juntar, por poseer, en fin, por la acumulación de dinero y bienes materiales que se ha establecido como un valor incontrastable, como una virtud vital y hace que las personas vivan en función de ello, dejando de lado los otros aspectos de la vida, especialmente las manifestaciones amorosas o espirituales. Esto de preocuparse por lo material como aspecto primordial de la vida es considerado como norma básica de la vida de la sociedad actual, y no se pone en entredicho por ninguna razón. Entonces, las personas deben marchar al son de esta música marcial que ordena el desfile de la vida sin poder apartarse de él, so pena de sufrir entonces el desprecio de los marchantes sumisos, que ordenan los naipes del poder en la sociedad. Y entonces, en esta marcialidad las emociones deben irse entonces conteniendo, reprimiendo y encarcelando, especialmente aquellas que llevan la alegría a la vida, y entonces ellas se agrupan en los coágulos que se forman en los vasos sanguíneos. La vida entonces se controla tanto que se posponen las alegrías de ella en beneficio de las obligaciones aprendidas. Entonces, las caricias se ven doblegadas ante las saldos de cuentas corrientes, los abrazos se ven desplazados por los intereses de las inversiones, los paseos tomados de la mano se ven entonces sometidos por las compras de bienes raíces, las palabras de apoyo y aliento se encarcelan para liberar a los rendimientos y a las tasas y las horas de compañía a los hijos se reemplazan por las horas entregadas a la compañía que paga el sueldo.

Para ello entonces, y como forma de poder seguir en las filas del desfile es necesario utilizar la “antiagregante plaquetaria”.

El drama del hombre actual es tener que llegar a usar un anticoagulante ante la imposibilidad de gozar la vida, de disfrutar de la alegría de vivir.

Pero más dramático es aceptar que el hombre deba sufrir de ataques cardíacos y se deban usar compuestos químicos que lo combatan, pero licuando la sangre, sin lograr comprender lo que el corazón representa para el ser humano, un órgano que no obedece ni a la voluntad ni menos a la intelectualidad, sino a la emocionalidad. Pero, en el mundo actual, en que la emocionalidad es combatida, al igual que lo son las enfermedades, no se puede permitir que el corazón nos domine porque la racionalidad debe anteponerse a todo, no vaya a ser cosa que por tener el corazón blando no podamos manejar férreamente el aspecto material.

Dejemos que la vida fluya tal como se presenta, tal como es, dejando que el corazón salte de alegría las veces que sea necesario, manifestando esa alegría, aunque a uno se le salga el corazón, y no tratando de contenerla, poniéndole represas, para parecer que somos fríos y no tenemos corazón que nos domine.

La fluidez es como la vida misma, llena de movimiento, permanente, cambiante. Dejemos que la vida fluya como se presenta, dando gracias por ella. Ya tenerla es suficiente premio, entonces dejémosla que fluya, que corra por nuestras arterias y venas, libremente, sin detenerla, para no tener que llegar a usar “antiagregante plaquetaria”.

Que Dios les bendiga.

Read Full Post »

Muchos creen que desde mi posición de terapeuta y acompañador profesional desdeño la medicina occidental. Un querido pariente médico cree que “no puedo ver a los doctores”. No es cierto ello. Creo que las personas que trabajan en la salud de las personas poseen un elevado sentido del servicio a los seres humanos, y muchos profesionales se han puesto en esos trabajos guiados por el afán de ayudar a aliviar los sufrimientos humanos. Sin embargo creo que la medicina occidental va perdiendo su norte cada vez más, y la dosis de arrogancia de muchos médicos alcanza niveles cada vez más peligrosos, y aumenta conforme aumenta la tecnología disponible que permite mejores y más claros diagnósticos y eficaces tratamientos.

El primer asunto que es difícil de comprender en la medicina es el concepto de que la enfermedad y la muerte son dos enemigos a derrotar.

La medicina occidental ve a las enfermedades como desórdenes funcionales que es necesario atacar, para hacerla desaparecer, en el menor espacio de tiempo posible. Para ello utiliza entonces todos los adelantos científicos posibles, tanto en la farmacopea como en los tratamientos con máquinas. El asunto es derrotar la enfermedad, como sea.

Recuerdo que hace muchos años, cuando pequeño, quedé muy impresionado cuando leía que la promesa de los científicos era que la enfermedad, con el desarrollo de la tecnología y los medicamentos, iba a quedar desterrada de la faz de la tierra hacia fines del siglo pasado. Para mi mentalidad infantil la comprensión del descubrimiento de los antibióticos, fungicidas, y otros medicamentos que harían desaparecer virus, bacterias, hongos, lombrices y otros parásitos del cuerpo humano contribuían a la expectativa de que se cumpliera entonces la promesa alguna vez. Mi comprensión era que la enfermedad era material en su origen, y ella se vio reforzada cada vez que alguno de los integrantes de mi familia o algún conocido volvía de una visita al médico, ya que todos exhibían una receta de medicamentos, con estrictas instrucciones a cumplir, y debían seguir dietas que prohibían tal o cual alimento o familias de alimentos, identificadas como las causantes de muchos males. Lo que comíamos entonces se constituía poco a poco en los causantes de los males.

Pero pronto, una vez que los antibióticos, antimicóticos y anti-de-todo fueron masificándose y desterrando algunas dolencias aparecieron otras varias. Recuerdo que apareció el “surmenage” entre los estudiantes universitarios. Aparecieron entonces otras pastillas. Pronto hizo su aparición “la depresión”, ya establecido como un síndrome –un conjunto de síntomas que conforman una definición de enfermedad- y aparecieron entonces otras pastillas. Es decir, la enfermedad en vez de desaparecer de la faz de la tierra ha seguido causando estragos. Hoy hay más enfermos que nunca. Solamente que el tipo de dolencias es diferente. Y la medicina, al igual que el progreso, no ha contribuido a hacer más feliz al hombre, y solamente lo ha hecho presa de los miedos que ha sembrado a lo largo del último siglo.

El grueso de las personas está convencido de que si come tal o cual cosa sufrirá de tal o cual enfermedad. Se destierran alimentos por considerarlos perniciosos para la salud de las personas. Se culpan a otros de ser causantes directos de dolencias serias, mortales incluso. Y se ensalzan otros como poseedores de virtudes antológicas, de belleza, lozanía, perfección de cuerpos y órganos, reconstituyentes milagrosos incluso. La industria farmacéutica inunda los medios de comunicación vendiendo imágenes de felicidad, alegría, familia, belleza, poder, juventud, tersura. Se une a ello ahora una atractiva oferta de beneficios comerciales y es más, se suman ahora los crediticios. Tal cual. Crediticios. ¿Y todo por qué?: por un miedo a la enfermedad que raya ya en la obsesión.

Pero la enfermedad no ha disminuido en absoluto. Ha aumentado. Solamente que los síntomas son otros, las dolencias son otras. Pero los enfermos aumentan día a día. Las autoridades de salud no logran comprender cómo, disponiendo cada vez de más recursos financieros, de más y mejor tecnología, de más y más eficaces medicamentos, de más y mejor calificado personal, la situación de salubridad sea cada vez más angustiante, y las enfermedades vayan ganando siempre la batalla. ¿Batalla dije? Bueno, eso es lo que los cultores de la medicina hacen: batallar con la enfermedad. La guerra a fin de cuentas.

Nadie se detiene a recapitular sobre el verdadero origen de la enfermedad. Ni sobre su sentido. Ni sobre su significado. No, el asunto es combatir el síntoma para hacerlo desaparecer. Y hacia allá van enfocados todos los esfuerzos, al combate al síntoma. Pero, ¿qué tiene que ver el síntoma que presenta esa persona con la persona en sí misma? ¿Qué tiene que ver el órgano afectado de la persona con la persona misma? Como decía un médico que mucho me abrió los ojos en estos asuntos: ¿de qué está rodeado el órgano afectado si no es de la persona afectada? Y ese es el secreto de la enfermedad, ver qué es lo que afecta a la persona que lo lleva a manifestar tal o cual síntoma. Nosotros creamos nuestras enfermedades. Nuestro cuerpo obedece a lo que pensamos o creemos, a nuestro emocionar. Nuestras creencias están arraigadas en cada una de nuestras células, y se manifiestan a través de ellas. No es lo que comemos lo que nos lleva a la enfermedad, es simplemente lo que pensamos o lo que creemos, o las emociones que ello nos provoca. Nuestras creencias acerca de cómo es y como tienen que ser las cosas; de cómo son o como creemos que tiene que ser nuestra vida; de cómo creemos que deben ser los que nos rodean; de cómo deben ser nuestras parejas, nuestros padres, nuestros hijos, nuestros jefes, nuestros subalternos, o nosotros mismos. Y desde ahí se desencadenan las emociones que nos conducen.

La enfermedad busca sanarnos, y siempre, siempre nos hace sinceros. Es necesario que aprendamos a saber lo que nos quiere decir.

De otro modo, pasaremos peleando, combatiendo, guerreando, contra lo que no puede ser derrotado sino comprendido, como es la enfermedad, y por sobre todo, la muerte.

Que Dios nos bendiga.


 

Read Full Post »

Las penas de amor son recurrentes, y se han dado siempre. El dolor de una pérdida puede acompañar por décadas a una persona, incluso hasta la tumba, cuyo camino ha pavimentado la situación para hacer el tránsito más rápido hacia ella. En mi peregrinar acompañando a otros seres humanos desde esta posición de terapeuta, o como dice Bucay, de «acompañador profesional», he encontrado que finalmente lo que importa en la existencia humana es el amor. El amor que damos y el que recibimos: la capacidad de amar en el fondo. He asistido en mi consulta a miles de pasos de la vida a la muerte, y en todos ellos el amor, el entregado y el negado, el recibido y el ausente, es parte fundamental de la existencia humana.

Sin embargo, los sufrimientos que he observado provienen de un aferrarse firmemente a un deseo por otra persona, buscando en ella lo que se carece. Buscando en esa otra persona lo que falta y que se cree que esa persona será capaz de dar como retribución a la dedicación, supuestamente en cuerpo y alma, hacia ella. Basta comenzar a escudriñar en el vocabulario de las personas para darse cuenta de la profundidad del amor que dicen profesar cuando expresan que con la otra persona se sienten bien, que la otra persona les hace feliz, que la otra persona posee tal o cual condición que les hace vibrar, en fin, todos temas que manifiestan las personas que no tienen y que la otra persona se los brinda. Las personas se equivocan cuando van en busca de una relación buscando sacar algo que necesitan en vez de ir, como los niños, en busca de entregarse ellas, como son, llenas de amor.

Pocas son las personas que vienen y hablan de su amor profundo, aquel que es incondicional, aquel que tiene que ver con estar con otra persona para crear algo nuevo, diferente, para compartir entonces la capacidad de crear situaciones nuevas, que traigan al mundo mejores realidades para el prójimo. Incluso, crear una nueva vida. Y todo esto tiene que ver con ser cada uno lo que es. Y lo que soy es lo que me hace feliz. Y nos encontramos muchas veces que las relaciones no conducen a situaciones felices para los involucrados debido a que ellas comienzan en forma equivocada, vale decir, comienzan por una razón equivocada.

El amor requiere entonces nuestra más sublime expresión, de aquello que somos en realidad, del amor que somos en nuestro interior. Y ese amor no manipula, no posee, no esclaviza ni pide nada a cambio. Entonces, no podemos ir en búsqueda de relaciones desde nuestro egoísmo, buscando qué podemos obtener y sacar de ella, sino desde nuestro amor.

Hay mucho que hablar del amor, emoción que desde los albores de la creación ha movido al ser humano, y que todos hemos experimentado. Por lo tanto todos podemos hablar de él, y seguiremos hablando de él en la medida que vayamos aprendiendo de él mismo. Hay mucho que reflexionar y hablar sobre el amor, pero por sobre todo hay mucho por vivirlo. El maestro Khalil Gibrán nos aporta una mirada hermosa, que quiero compartir:

El amor sólo da para sí mismo y solo toma de sí.

El amor no posee nada y no quiere que alguien lo posea.

Porque el amor se colma en el amor.”

Por eso, cuando entables una relación, o si no la tienes y no sabes por qué no la puedes entablar, o si la que tienes es insatisfactoria, penosa, sufriente y dolorosa, obsérvate y analiza el objetivo de ella, para que puedas entonces darte cuenta de lo que te lleva a ella como un asunto tuyo, no del otro u otra.

Del amor podremos seguir hablando eternamente.

Que Dios nos bendiga.

Read Full Post »

El dolor ha sido un artículo de mucha retroalimentación en estos días. Me he contactado con situaciones de aflicción en familias y amigos queridos, y varios de ellos comienzan a abrir los ojos ante la situación. La realidad nos lleva a puertos donde el deseo y las expectativas no nos dejan amarrarnos, puertos que no se ven, escondidos en la neblina de lo que creemos es lo que debe ser. Cuando descubrimos que la vida es como es, más allá de nuestras expectativas, deseos y creencias de obligaciones adquiridas por convenciones sociales, se comienza a disipar la espesa niebla, como corolario de la reflexión.

La enfermedad nos hace sinceros. Siempre. Debemos observarla, para entenderla. Eso no significa y no quiero decir que debemos ser pasivos y dejarnos morir o dejar que los seres queridos se suman en ella sin atención. No, nada de eso. La tecnología disponible nos permite acceder a restaurar la salud, a recuperar el equilibrio perdido. Pero lo verdaderamente importante es descifrar la sinceridad de la enfermedad, leer el mensaje que nos envía, aparte de la atención física que ella demanda.

No es extraño que ante cambios en la vida ocurran desenlaces imprevistos. Por ejemplo, justo antes de un cambio de trabajo ocurre una torcedura de un pié.

Recuerdo hace algunos años atrás cuando comenzaba mi aventura independiente que jugando a la pelota –como decía cuando era niño- me rompí el tendón de Aquiles de mi pie derecho. No lo atribuí a nada ajeno ni extraño, y porfié durante un rato que había sido un golpe que me había dado un contrincante el causante de la lesión. Mis compañeros de equipo me aseguraban que nadie me había tocado cuando caí al suelo presa del intenso dolor. Era un día sábado en la tarde. Mi oficina llevaba un corto período de tiempo funcionando, sin éxito, consumiendo recursos sin generarlos. Lo curioso es que el lunes siguiente tenía agendada dos reuniones importantes con potenciales clientes para la oficina, que podían, con su concurso, aliviar los exiguos ingresos. Como se podrá adivinar, hubo de posponerse todo por un plazo largo. Lo importante sin embargo era que mi corazón no estaba alineado con esa actividad, no era eso lo que quería hacer, claramente. E intuía que los clientes no traerían lo que necesitaba en mi camino, sino que incrementarían el peso de la mochila que me impediría moverme con facilidad. El mensaje del cuerpo era evidente, pero no podía verlo. No tenía mis sentidos abiertos para captar que si estaba haciendo algo que mi alma no quería hacer mi cuerpo me lo iba a decir claramente.

Hay algunos síntomas que nos obligan a observar lo que pasa en nuestro recorrido.

Por ejemplo, los vómitos son un claro indicio que queremos expulsar algo que no podemos digerir. Ese algo puede ser una persona que llega a la vida,  alguna situación que hará cambiar la vida o simplemente algún acontecimiento que no podemos aceptar. Es común ver como los ciudadanos del primer mundo se descomponen cuando llegan a países donde la pobreza y las condiciones extremas en las que vive la gente son desgarradoras. Su estómago no lo puede tolerar, y lo vomitan, o lo expulsan como diarrea. No han podido digerirlo. Los vómitos y diarreas son un claro mensaje del rechazo.

La fiebre puede ser un indicio de una lucha desatada que implica el paso de un estado a otro, en que el fuego de la decisión en vez de estar en la conciencia para su resolución está en el cuerpo para su expresión. Sin duda que la lucha contra los organismos externos que están actuando simboliza claramente el conflicto, en que el enfermo interpreta que la causa es externa. Por eso, los estados febriles son más frecuentes en los niños, a los cuales les cuesta tomar decisiones –y no pueden expresarlas ni menos llevarlas a cabo- so pena de herir con ellas a quienes son sus padres que tienen expectativas no disfrazadas en el desarrollo y futuro de los pequeños.

Los accidentes físicos que impiden realizar lo que está planeado son otra forma de hablar del cuerpo. Cortes que impiden maniobrar utensilios, bolígrafos –para por ejemplo no firmar algo-, o simplemente tomar o asirnos de algo; quebraduras de huesos que nos obligan a la inmovilidad; roturas de ligamentos y tendones como lo que describí arriba que impiden el desplazamiento; súbitos malestares que impiden desenvolverse con normalidad, son todos ellos claros indicios de que nuestra Alma nos quiere alertar, y lo hace a través del cuerpo, deteniéndonos en el caminar.

Las casualidades no existen, y la enfermedad no busca otra cosa que sanarnos, haciéndonos sinceros.

Es necesario que tengamos la valentía de observar su mensaje, para nuestro crecimiento y aprendizaje, para ser mejores en la vida, para llevar más alegría y felicidad a los seres que amamos, a nuestro prójimo y a la humanidad toda.

Que Dios nos bendiga a todos.

Read Full Post »

Alguien me hablaba ayer acerca del dolor. En los tiempos que se viven pareciera que las situaciones desafiantes, aquellas que provocan dolor y sufrimiento se multiplican por doquier. Algunos lo han ya predicho, anunciado, que ello se acentuará en el futuro no lejano. Eso no lo sé ni lo puedo aseverar, pero me pasa que es común ver que en todos los hogares hay alguna situación que provoca dolor.

Claro que hay algo importante de analizar, y es que el dolor se considera no solamente indeseable sino además necesario de rechazar. La sociedad que hemos creado es una que persigue el placer por el placer, y pareciera que la finalidad del hombre es buscar y vivir solamente el placer. Es una sociedad hedonista. Para escapar del dolor se utilizan todos los recursos posibles, como el alcohol, la drogas, y ahora los tranquilizantes. Estos se usan ahora que domina el lenguaje de “la contención” del paciente, es decir, atontarlo al máximo para que los efectos del dolor que provocan las situaciones que pueda vivir no se manifieste. El último escape al dolor es lo que algunos siguen creyendo que es una salida, como es el suicidio. Mi práctica terapéutica me ha llevado a muchos relatos de almas de suicidas que deambulan sin destino, sin poder completar su camino como almas, a veces por largas décadas, sin haber solucionado nada de lo que creían solucionar con la decisión sino que, por el contrario, sembrando mayor dolor y sufrimiento, y sumiéndose ellos mismos en una confusión impactante y extremadamente dolorosa.

Puede ser posible que los seres humanos evitemos el dolor porque no es placentero. Eso es evidente. Pero el dolor existe, y por algo está ahí. Gibrán Khalil Gibrán en su obra maestra “El Profeta” nos habla del dolor:

“Vuestro dolor es la irrupción de la envoltura que encierra vuestro entendimiento.

Así como la semilla de la fruta debe romperse para que su corazón se descubra al sol, así debéis conocer el dolor.

Y si pudierais mantener el corazón en asombro ante los cotidianos milagros de vuestra vida, el dolor no os parecería menos maravilloso que la alegría.”

Es verdad que el dolor tiene alguna misión. Pero para entenderla debemos comprender que como seres espirituales que somos -que estamos aprendiendo lo que debemos aprender para conocer a Dios en todas las cosas- las relaciones afectivas que mantenemos no tienen como objetivo hacernos felices, ni tampoco satisfacer nuestras necesidades, y ni mucho menos darnos lo que no tenemos, sino aprender de ellas, para poder crecer en nuestro eterno caminar, en el camino hacia la iluminación. Sin duda esto cambia la perspectiva de lo que hemos escuchado siempre como una verdad irrefutable, irrebatible, como principios básicos de nuestro paso por la vida. Por eso, muchas veces, las personas con las cuales estamos emocionalmente vinculados con mucha fuerza nos ponen en situaciones dolorosas, de mucho aprendizaje. Permítanme profundizar en el tema.

Cuando estamos preparados para venir a vivir una nueva vida, después de haber descansado, de haber recibido la necesaria reparación de la anterior, y cuando consideramos que es tiempo de seguir el proceso de aprendizaje, acordamos la próxima vida. Cuando digo acordamos es que hay un acuerdo. Nos ponemos de acuerdo en el objetivo, u objetivos, que tendrá nuestra próxima vida y conforme a ello, acordamos entonces venir con las personas que más se acomodarán a la enseñanza a aprender, concordando con sexo, color, raza, ciudad, país y otros asuntos importantes. Acordamos entonces con los padres el venir como hijos. Quiero que observen lo importante de este asunto, ya que este es un hecho de la mayor relevancia para la futura vida, y tiene que ver con la responsabilidad de vivir la vida. Esta comprensión lleva a desterrar para siempre frases como “yo no elegí venir”, “yo no les pedí que me trajeran”. La concepción es un acuerdo de tres. Y nadie puede venir a la vida sin el acuerdo.

Todos los seres con los que acordamos vienen a representar un papel para nuestro aprendizaje. Si es necesario aprender la soledad en esta vida es fácil imaginarse el papel que cumplirán los otros para que la persona pueda entonces vivir y aprender lo que es la soledad, para incorporar ese aprendizaje en su alma y poder seguir entonces después su progreso espiritual. Y eso pasa con todo lo que es necesario aprender. Solamente imaginen lo que deben aprender como misión y podrán darse cuenta del papel que juegan los otros, especialmente los que consideramos “cercanos”.

La comprensión de esta situación trae a las personas una gran paz, porque se pueden dar cuenta de que han elegido las condiciones de la vida, y que ésta tiene un propósito claro: ello lleva a la aceptación de la vida. Pero debo agregar que esta comprensión lleva algo más allá, y es a la aceptación del otro o de los otros que están jugando también su propio papel, y que son entonces nuestros profesores, nuestros maestros. Y ello nos lleva a desechar entonces los juicios. Ya dejamos de juzgar al prójimo y lo podemos aceptar, sabiendo que su alma, tal vez más grande y profunda que la nuestra ha sido puesta ahí en acuerdo con Él, para nuestro aprendizaje, por lo cual solamente nos cabe agradecer, solamente cabe la gratitud.

El dolor es un gran agente de cambio. El sufrimiento es un asunto nada de objetivo. No lo podemos cuantificar, medir, pesar. Mientras más nos apegamos es más el sufrimiento y el dolor intenso y duradero.

Es conveniente comprender que el dolor nos puede guiar en el proceso de cambio, preguntándonos qué es lo que podemos aprender de él, para de ese modo continuar en nuestro transitar, tal como nos comprometimos cuando –en uso de nuestro libre albedrío- decidimos venir a tener esta nueva experiencia en este hermoso planeta llamado Tierra.

Que Dios les bendiga.

Read Full Post »

Los problemas de las articulaciones nos hablan de dificultad en cambiar, nos dicen a gritos que la persona pierde la flexibilidad. Y esta es necesaria para transitar en el cambio. Las articulaciones nos hablan de nuestra capacidad de adaptarnos a situaciones nuevas. Por ello no es casual que muchas personas mayores manifiesten problemas de articulaciones, porque los cambios de dirección en sus vidas se hacen difíciles y, sobre todo, dolorosos.

Los niños son siempre muy flexibles, como los coligües, y a medida que pasa el tiempo se pretende que se transformen en robles, perdiendo entonces esa condición inicial.

El miedo al cambio es muy común, tanto a nivel personal, como colectivo. Las decisiones se complican enormemente por esta situación. Hace poco un buen proyecto en el que formaba parte fracasó porque uno de los actores principales sucumbió al miedo, al no tener el control de la situación. La paradoja es que él era parte muy importante del proyecto.

Al parecer el cambio es temido, inconscientemente, por el ser humano porque le recuerda o lo conecta con la muerte, y como sabemos internamente, la muerte de los seres queridos es un proceso doloroso, un proceso de cambio. Cuando muere un ser querido cambian todos los parámetros, todos los pilares en que nos sostenemos. El cambio nos enfrenta a entrar en un territorio desconocido, y que nos fuerza a caminar por senderos nuevos, fuera de nuestra zona de comodidad. El cambio nos fuerza a salir de esa zona llena de hábitos, costumbres y rituales conocidos, para llevarnos a la experimentación de lo nuevo.

Para transitar por estas huellas nuevas -porque el cambio a veces nos pone en sendas poco recorridas o bien en algunas que hay que abrir a punta de machete  o explosivos- es necesario confiar en nuestra sabiduría interior, dejarnos guiar por nuestra alma, que sabe adónde conducirnos, siempre mejor que los consejos de quienes pretenden encauzarnos en sus moldes, pero que se apartan de lo que realmente necesitamos manifestar en este breve paso por la tierra. Y de que es breve lo es.

Pero el cambio no es deseado además por otro factor importante, como es la búsqueda continua de la seguridad. La seguridad es la base de la educación actual. La educación se funda en el pilar fundamental de la seguridad como un valor de la mayor importancia, intransable. A lo mejor por ahí es donde aparece una de las fisuras por donde se cuela el desaliento de la juventud que hace que la vida se vea como una amenaza más que como la hermosa aventura que es. El cambio siempre es temido por los que idolatran la seguridad. Pero la seguridad, como ya lo he dicho en otras líneas, es una trampa mortal, ya que al no existir atrapa en cárceles de barrotes imaginarios a quien la busca, limitándolo en su transitar hasta quitarle todo el poder.

El mundo ha probado además que aquellos que necesitan la seguridad como al aire promueven el estancamiento. Ya lo hemos visto en tantos y tantos ejemplos. Sócrates, el griego, al cual odiaron tanto sus enemigos que acabaron envenenándole, solamente por el poder de sus ideas. Jesús de Nazareth, crucificado por predicar el amor filial y enrostrar los falsos comportamientos de los religiosos de la época. Galileo, que casi perdió la vida a manos de la inquisición por postular el atrevimiento físico de que la tierra no era el centro del universo sino el sol. Martin Luther King, asesinado por llevar la bandera de la lucha por la igualdad racial, en pleno período moderno. En fin, la resistencia al cambio llevada a la máxima expresión de violencia, para proteger la seguridad, para proteger el “seguir igual”, el “no innovar”.

El cambio es un proceso continuo, que no obedece a la lógica. Obviamente no puede obedecer al razonamiento lógico, porque somos seres emocionales y no racionales, y el cambio es definitivamente un proceso emocional profundo.

Hoy día, en el mundo de las empresas el cambio es sobrevivencia. Y he ahí donde se empieza a revelar la paradoja, la seguridad está en el cambio. El que no cambia perece. Eso es seguro. Lo mismo se aplica al ámbito profesional y personal.

Sabemos en nuestro interior que los procesos de cambio son guiados por nuestra intuición. Confiemos ella, porque nos puede llevar de la mano, guiándonos, en el proceso. Hagámosle caso. El mundo necesita el cambio.

Que Dios nos bendiga y nos traiga los cambios necesarios.

Read Full Post »