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Archive for 31 octubre 2008

Los automóviles al final de la línea de producción salen todos iguales. Se ven todos iguales, salvo por el color. Incluso huelen iguales. Y tienen el mismo precio.

Cuando un automóvil salido de esa línea sufre un desperfecto en una pieza de él y necesita ser reparado, lo más simple es tomar la pieza, sacarla y reemplazarla por una nueva. La fallada se bota a la basura. Un buen mecánico puede hacer el trabajo en forma rápida, limpia y eficiente, y el automóvil vuelve a la circulación en óptimo estado nuevamente. Los automóviles pueden ser arreglados completamente, y sus piezas pueden ser todas reemplazadas. Los manuales de reparación y sustitución abundan en detalles de su construcción y manutención que no dejan ningún detalle librado al azar.

Esa es la mecánica automotriz. Simple en su complejidad y absolutamente comprensible.

Y la medicina utiliza el mismo procedimiento para analizar e intervenir en el ser humano. Lo considera un artefacto funcional perfecto.

Pero el automóvil, a diferencia del ser humano, es solamente un artefacto formado por muchas partes y piezas que encajan y funcionan perfectamente, pero no tiene mente, emociones ni alma. Entonces, si se saca la pieza que ha fallado y se reemplaza por una nueva o en buen estado, el automóvil sin duda alguna seguirá en operación. Esto mismo es lo que trata de hacer la medicina occidental con los seres humanos. Si no se puede obtener el repuesto de un ser vivo para ser injertado en otro, se diseña y produce lo necesario, igual que un repuesto automotriz.

Volvamos al principio. Los seres humanos no salimos de una línea de producción en serie. Somos producidos de a uno por vez. Con características propias, únicas e irrepetibles. Nuestro cuerpo es único. Nuestra mente es única. Nuestra alma es única. En fin, somos únicos.

Hoy escuchaba por la radio los resultados de sesudos estudios científicos referentes a la causalidad del cáncer de mama, y a los “factores de riesgo”. Lo primero que me llama la atención es que al parecer todas las mujeres del estudio son iguales, es decir, salidas de una línea de producción. Porque lo que analizan es lo que comen, las dietas a las que están sometidas. Eso las diferencia. El asunto cambia cuando menciona el estudio que las mujeres que han tenido parientes cercanas que han sufrido el mal la probabilidad de presentar el síntoma se multiplica por seis. Pero, hay, según el estudio, una buena forma de disminuir el riesgo y es hacer ejercicio. Según el estudio se demostró, si, se demostró, que un porcentaje importante de ellas lo disminuía cuando hacía ejercicio. Fantástico. El cuerpo pasa a una reconversión industrial por medio del ejercicio. De una fábrica a otra.

En ninguna parte del estudio se menciona a la mujer afectada de cáncer de mama como un ente único, con un mundo interno y externo. Nada de eso importa. En ningún momento se menciona su historia de vida, sus creencias, sus costumbres, sus normas y rigideces, sus altibajos, sus emociones, sus amores, sus logros y sus pérdidas. En ninguna parte se menciona por el papel de mujer que ha desempeñado en la vida como madre, compañera, amante, hija, esposa, amiga. Nada de eso importa en el estudio.

La medicina sigue confundida como el mundo. O sigue al mundo en su confusión, o el mundo la sigue a ella. Confunde la correlación estadística con la causalidad.

El cáncer de mama en las mujeres está fuertemente relacionado con las pérdidas. Las pérdidas de los hombres –especialmente- que en la vida han sido importantes. El primer novio –pololo en Chile-, el novio que se fue, el marido que la abandonó, el hijo que se fue para no volver, el marido o el padre muerto, etc. Es notorio que el cáncer se repite en mujeres que han perdido a un hombre importante en su vida. Puede que pasen muchos años, pero el sentimiento, la emoción de la pérdida sigue vigente. Y ello lleva consigo pena, rabia u odio. Emociones desencadenantes de procesos de cáncer.

Quiero detenerme en el asunto del “factor de riesgo” de tener parientes que han tenido cáncer. Ello es cierto. Pero la medicina científica lo busca por la genética. O sea, desde el cómo. Yo lo explico desde una vertiente diferente: los patrones de comportamiento. Eso es explicarlo desde el por qué. Las mujeres de una misma familia poseen el mismo patrón inconsciente de creencias. Y entonces, tienden a repetir los comportamientos. Eligen el mismo tipo de hombre y entonces viven las mismas experiencias que las otras. En una misma familia es común ver cómo se eligen a hombres abandonadores. O a hombres mujeriegos, que tienen y mantienen más de una relación. Ya lo explicaba hace un par de semanas atrás, los seres humanos tendemos a fidelizar con los antepasados, especialmente con uno de nuestros padres, y repetimos sus comportamientos, inconscientemente. La nueva terapia llamada “constelaciones familiares” trabaja precisamente esta realidad que no se ve, para poner en evidencia aquellas situaciones de la familia que marcan la historia de las personas de ella. Ello permite evidenciar los secretos, las realidades ocultas de la familia, para sanarlas entonces grupal y personalmente a la vez, de modo que no se repitan, y que entonces no haya necesidad de fidelizar con nadie para seguir repitiendo los procesos dolorosos.

La medicina seguirá equivocando el camino de la causalidad, y hará contribuciones tan importantes como “el estrés” para explicarse y explicarle a los que les demanda explicación de las causas de la enfermedad.  Y confunden a los simples mortales con el avasallador aumento de la tecnología –y de los costos de los tratamientos- como muestras de los importantes logros de la medicina. Pero no es así. No hay que confundirse. Los seres humanos cada día se enferman más y más. Aparecen patologías nuevas y más y más complicadas enfermedades. Para qué vamos a hablar de las llamadas enfermedades sicológicas que asuelan la sociedad moderna y suman cada día más y más sufrientes. No, no nos dejemos confundir con los supuestos avances de la medicina y la farmacopea, porque la enfermedad campea por sus fueros con intensidad y fiereza, sin visos de ser derrotada. Claro, es que se combate y no se comprende. Y he ahí el error de concepto.

La enfermedad no podrá ser derrotada jamás, porque es la manifestación del Alma, que nos advierte que vamos por caminos que no nos corresponden, y que entonces nos habla a veces en voz baja, como cuando nos resfriamos, por ejemplo, o nos grita como cuando aparece el cáncer de mamas.

Y la buena medicina no es igual que la mecánica de automóviles.

Que Dios les bendiga, que nos bendiga a todos

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El secreto

Hace unos días conversaba con una persona muy apreciada acerca de comprar libros piratas. Me decía que le habían ofrecido «El Secreto» en $3.500 (US$ 5,5, aprox), y la versión original vale $22.000 (US$ 34,5), una notable diferencia, que era digna de apreciar.

Cuando compramos libros, películas, programas de computación, juegos u otros artículos piratas estamos quebrando una ley espiritual importante, la de la honestidad, ya que con ello se deja de pagar el derecho de propiedad intelectual al creador del producto, y además de deja de pagar impuestos, IVA e impuestos a las ganancias, que son ingresos fiscales y que serán destinados a financiar las actividades y programas estatales en beneficio de los ciudadanos. Si el gasto estatal está focalizado en aquellos más pobres mayor es entonces la responsabilidad por la evasión tributaria.

Pero, al comprar artículos piratas estamos reconociendo que no somos abundantes, que somos carentes.

Y el libro habla del poder de la atracción, vale decir que lo semejante atrae lo semejante. Entonces la pregunta es, ¿qué estamos atrayendo cuando reconocemos que no somos abundantes y somos deshonestos?

La contabilidad del universo es igual que la contabilidad que conocemos para las empresas. Siempre las sumas de las columnas de entradas y salidas, las de ingresos y gastos, cuadran. A la larga cuadran. Eso es inmutable. A nivel del universo es lo mismo.

Cuando compramos algo pirata en la calle, generamos una deuda, ya sea con el inventor o con el fisco, -o con ambos- y entonces con las personas que están detrás de sus beneficios. Y también con nosotros mismos. Por ejemplo, si el fisco recauda menos impuestos la calidad de sus servicios debe necesariamente bajar. Por ejemplo baja la calidad de las prestaciones en los hospitales, o el servicio de seguridad policial es de menos calidad, o las calles no se reparan, o disminuyen los recursos para capacitar a los profesores. Pero, como las cuentas contables cuadran siempre, debemos pagar la diferencia que queda a nuestro favor. A veces el pago es sutil. Por ejemplo debemos esperar mucho rato en la fila de una micro. O el dentista o médico nos hace esperar media hora porque el paciente anterior ameritaba mayor tiempo de atención. O alguien nos roba algo. O se nos echa a perder algún artefacto. O sufrimos algún accidente que nos cuesta además de recursos económicos, mucho tiempo de recuperación y convalecencia. Todo se equilibra a la larga, aunque no nos demos cuenta.

Pero, creo que es muy importante recalcar un asunto que no es analizado normalmente: cuando adquirimos artículos piratas reconocemos que somos carentes, vale decir, que nuestras acciones conducentes a financiar nuestro devenir no rinden los frutos suficientes.

«El Secreto» dice claramente que para atraer dinero debemos enfocarnos en la riqueza, y que es imposible atraer más dinero cuando estamos enfocados en la falta del mismo. Y entonces, si compramos el libro en la cuneta estamos reconociendo que somos carentes y el resultado será entonces la falta del mismo. Y lo que comenzó como una acción destinada a mejorar las condiciones económicas solamente tenderá a agravarlas.

La conciencia de prosperidad da a las personas un sentimiento profundo de abundancia, alegría, amor, paz y confianza, y libera a las personas del miedo a la escasez, y con ello viene la manifestación del dinero y el mejoramiento de las experiencias personales. La conciencia de prosperidad se alimenta de fe, que no es más que tener la certeza que todo lo que necesitamos nos será provisto, y que no nos faltará nada.

Otro argumento para comprar cosas piratas es aseverar que tenemos el derecho a gozar de los bienes existentes, y si no alcanzan los recursos para comprar los originales bienvenidos entonces los clones. Si nos dejamos llevar livianamente por la falsa solidaridad y misericordia –asunto a lo cual estamos tan acostumbrados culturalmente, creyendo falsamente y afirmando a los cuatro vientos que la vida es injusta- estaremos justificando lo que no tiene justificación seria, que es el quebrar los límites de la honestidad necesaria.

Es verdad que muchas cosas hoy son gratis, y podemos gozar de ellas. Por ejemplo, en internet hoy hay mucha y muy buena información gratis. Basta buscar en Google o consultar Wikipedia para acceder a ellas, sin restricciones, y gratis. Pero eso está puesto en el espacio con esa condición de gratuidad, y no quebrantamos ninguna ley si usufructuamos de ello.

La conciencia de prosperidad tiene bases espirituales. Cuando reconocemos que somos divinos, hijos de Dios, podemos dejar atrás nuestra personalidad egoísta, aquella que busca reconocimientos y diferenciarse del prójimo por las posesiones o apariencias, y llegamos al conocimiento que no hay diferencia entre el mundo exterior y el interior, para entrar en la voluntad de Dios, reclamando lo que nos pertenece por derecho de conciencia de la infinita fuente divina de provisión.

La conciencia de prosperidad va unida a dos asuntos muy principales, como son el dar y el recibir, y la gratitud. Dar y recibir son lo mismo, son las caras de la misma moneda. Y la actitud de gratitud permite reconocer que somos abundantes porque nos centramos en el agradecimiento de lo que tenemos, y empezamos a ver el vaso medio lleno, desde el corazón agradecido, y no el vaso vacío, visto desde la mente escasa.

El comprar artículos piratas es reconocer que “no soy digno, no soy lo suficientemente merecedor de tener las cosas buenas”. Y ello es parte de la conciencia de escasez.

Podemos movernos a la conciencia de abundancia teniendo claridad de propósito de servicio, con alegría, gozo, optimismo y siendo apasionados por la vida, que es hermosa y merece ser vivida, y es además justa. Podemos movernos a la conciencia de abundancia viviendo en la generosidad, sirviendo con nuestros talentos, con la seguridad de que manifestamos siempre al Dios que llevamos dentro.

Compre el libro «El Secreto» en la librería. Si no dispone de los recursos ahora ahorre o pacte una forma de pago, pero adquiéralo en buena forma. Y entonces podrá acceder a sus secretos con todo su corazón.

Que Dios nos bendiga a todos.

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En el artículo anterior hablaba acerca del amor y las consecuencias de su falta y manifestación en la aparición y desarrollo de la diabetes. Cuando se llama a cuidarse de la diabetes se hace pensando en reducir la ingesta de ciertos alimentos o sencillamente en prohibirlos. Esto puede que funcione para el estado cuando la enfermedad ya se ha manifestado. Mas, antes de su aparición ello no tiene ningún efecto, porque el organismo está sano. Qué obvio es eso, ¿verdad? Y, si sacamos una conclusión, la diabetes no puede entonces producirse por lo que se come. Más simple aún.

Claro, seguramente, dirán algunos, no considero los aspectos genéticos inherentes que predisponen a la persona al desarrollo de la enfermedad y por eso mi análisis carece de validez -no hablemos de validez científica porque eso no está ni cerca-. Pero, si pensamos en el tema genético me pregunto yo por qué en un grupo familiar, en el cual todos los hermanos son hijos de los mismos padres, y en el que todos han sido alimentados con los mismos alimentos, de la misma olla, uno desarrolla la enfermedad analizada y otro, o los otros, no. Bueno, seguramente, me retrucarán, que el que está afectado heredó los genes que predisponen a la enfermedad, y por eso la desarrolló. Y tan tranquilos entonces. Ya se ha explicado el fenómeno, que tiene nombre en latín además para que los simples mortales levanten las cejas en signo de admiración y bajen los hombros en signo se sumisión ante tamaña sabiduría.

Quiero poner en el tapete un asunto diferente hoy día: las herencias familiares. Los hijos heredamos de nuestros padres no solamente los rasgos físicos que se transmiten al producto resultante como consecuencia de la fusión del espermatozoide con el óvulo, sino que mucho más. Heredamos las creencias, los valores, el lenguaje, la religión, la forma de ser, y cargamos con las expectativas, los anhelos y los deseos de la familia anterior a nosotros. Muchas veces estos se transmiten desde los abuelos a los nietos o nietas. Cargamos además con los secretos familiares. Y todos estos “detalles” sí que tienen importancia en la aparición de la enfermedad. Los niños desde que nacen comienzan a desarrollar una tarea muy complicada y difícil, que es la de dar un significado, dar un sentido a la vida de sus padres. Y también a la de los abuelos, e incluso a la de los tíos, tías, primos, etc. Y ese sentido lleva consigo una carga para los niños, que está formada por los ya mencionados anhelos y deseos, ya sean físicos, intelectuales, sexuales, afectivos, profesionales o de cualquier otra índole. Y entonces, menuda labor la de los niños, que es cargar con la carga propia de ser lo que deben ser en la vida, manifestando sus dones únicos e irrepetibles, para además llevar la carga que inconscientemente reciben de la familia desde su concepción.

En la práctica de la terapia de vida pasada un ejercicio es revivir el período de gestación en el vientre materno, en el que los pacientes relatan los efectos que produce en ellos, así, bien pequeños anidados en el útero, las reacciones emocionales, mentales y la vivencia de los problemas de cada padre. En esta etapa el saber que su sexo será, o no, el que los padres o uno de ellos quiere para él puede constituirse en un verdadero calvario a partir del momento en que se da cuenta de la expectativa paterna o materna y de la profundidad y fuerza de ella. Muchos pacientes relatan con mucho dolor y pena esta situación, y anticipan el rechazo que sufrirán por parte de alguno de sus progenitores -o de ambos-  por esta circunstancia.

Entonces, el niño, desde que comienza a vivir empieza a cargar con los anhelos familiares y deberá hacerse cargo de llevar adelante los sueños de alguno de sus antepasados, o los proyectos que nadie ha podido cumplir antes. O que siga portando el estandarte familiar. Todos hemos accedido al conocimiento de la frustración de muchos padres porque el hijo no abraza la profesión paterna, que a veces es la misma del abuelo, lo que profundiza la emoción familiar negativa. La literatura abunda en estos ejemplos.

Pero, algunos patrones se repiten fácilmente, especialmente de comportamiento. Y la base de los patrones de comportamiento es que proceden de la actitud que tenemos ante la vida. Pero la actitud que tenemos ante la vida nace de las creencias que tenemos para vivirla. En efecto, las creencias que tenemos condicionan nuestra actitud; nuestra actitud condiciona nuestro comportamiento; y nuestro comportamiento condiciona nuestros resultados. Y en la producción de la enfermedad esto es plenamente válido. Entonces, cuando en una familia aparece la diabetes, por ejemplo en alguno de los padres, es necesario observar las creencias, actitudes y comportamientos de los descendientes, para detectar la repetición de los patrones. Esta repetición de patrones se ha empezado a conocer en terapias familiares como la “fidelización”. Es decir, los hijos nos abanderizamos con los padres y repetimos sus características por fidelidad hacia ellos o a alguno de ellos, y repetimos entonces, por ejemplo, la enfermedad, porque copiamos sus patrones de creencias.

Los padres debemos cuidarnos de no inculcar la repetición de las propias creencias en los hijos, ya que ellos son almas diferentes a nosotros, puestas a nuestro cuidado temporal solamente, y que tienen una misión propia y única, que se dará con la manifestación de sus dones únicos e irrepetibles y que muchas veces ni sospechamos de su existencia. Los padres debemos abstenernos de querer moldear las conciencias de los descendientes, siempre. No me cansaré nunca de insistir en la necesidad de hacer comprender a los padres que los hijos no son instrumentos de su propia felicidad, sino que son seres diferentes y únicos a los cuales debemos cuidar, guiar y proteger, para que puedan, cuando llegue su turno, volar libremente en pos de la manifestación de sus talentos, como regalo al mundo.

Entonces, ¿cómo nos cuidamos de una enfermedad que no ha aparecido?

La enfermedad no es material en su origen, como dijo tan bien el Dr. Edward Bach. Entonces, debemos acercarnos a la comprensión del origen de ella, para poder así hacer los cambios necesarios en las creencias, para cambiar la actitud ante la vida, y con ello cambiar el comportamiento, para de esa forma tener resultados diferentes. Y ese resultado es tener salud. Esto requiere de voluntad, valentía y fuerza, como todo el recorrido del camino del desarrollo personal. Pero la recompensa es grande. Lo que se hereda no es la enfermedad sino que son los patrones de comportamiento que llevan hacia ella. En la diabetes es la falta de manifestación del amor. La falta de amor. Y el amor se debe dar para recibirlo. Y parte siempre por nosotros mismos. Para dar amor debo recibirlo de mí mismo. Solamente ahí puedo darlo. Y comenzaré entonces a recibirlo. Y podré disfrutar del dar y recibir el amor.

Que Dios nos bendiga a todos.

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Hace pocos días apareció publicado en el diario El Mercurio una información referente a un estudio sobre la diabetes realizado por el “Centro europeo de estudios sobre la diabetes”, con ciertas conclusiones que no considero completamente válidas.

Según la información el centro en cuestión se dedica a investigar nuevas terapias para la enfermedad y a “desentrañar” sus causas, y aventura su director a aseverar que “hay genes que predisponen a desarrollar la enfermedad pero también causas ambientales”. Se trataría de una enfermedad “de supervivencia alimentaria, de la lucha contra el hambre”.

Lo primero que siempre me llama la atención es que el sesgo que tiene la medicina científica hacia buscar las causas en aspectos materiales les lleva a no ver la realidad aunque la tengan bajo sus propias narices.

Según el análisis han logrado establecer una correlación entre episodios traumáticos para los colectivos humanos y la enfermedad, como por ejemplo la segunda guerra mundial o el genocidio comunista del Khmer Rouge de Camboya y el brusco aumento de la diabetes. Sin embargo la explicación inicial es básica y se remite –una vez más- a lo que comemos. En este caso parten de la base inicial que un país pobre, menos desarrollado tecnológica y socialmente como Camboya, come más sano que otros vecinos, haciéndose el hincapié en que la carne es perniciosa en comparación a otros alimentos, y que por eso no debía presentarse esta dolencia.

Sin embargo, la correlación les lleva por caminos nebulosos atribuyendo la causa entonces ya no a lo que se come sino ahora a las grandes crisis y sufrimientos en la historia, como temas generales, que traen como consecuencia que el alimento escasee, y que entonces el origen de la dolencia ya no está en lo que entra por la boca sino en lo que no entra porque no existe.

Por eso digo que la medicina científica occidental moderna confunde la correlación con causalidad, y por eso falla repetidamente. Pero en su arrogancia y violencia descalifica a todo cuanto le puede incomodar.

Cuando ha habido estos traumas como los vividos por el pueblo camboyano durante la década del 70 y 80, en que la población fue diezmada por sus propios fanáticos comunistas compatriotas se desata el miedo. Eso es evidente. Y más aún, cuando en un país deja de producirse para alimentar a los supervivientes el terror hace presa en las gentes. Sin embargo, la máxima expresión de todas estas tragedias no es la falta de alimento sino la falta de amor. Los seres humanos reniegan de su condición de seres amorosos, divinos, para expresar precisamente lo contrario. Entonces, el aumento explosivo de la dolencia no es producto del miedo sino de la falta de amor.

Quiero que piense por un momento en lo que significa la exterminación sistemática de los seres humanos. Y al nivel que fueron los acontecimientos mencionados. El hambre se puede paliar de alguna forma. La falta de amor no. La perdida de seres queridos no. La pérdida de otros en el medio social no. La muerte de otros seres humanos, semejantes, no. Se puede resistir con escasez de alimento, especialmente cuando se vive en comunidad. Pero cuando la comunidad va desapareciendo, cuando va perdiendo la vida, se va viviendo la desesperanza del desamor.

Entonces, no es raro que aparezca la diabetes después de episodios tan nefastos como los descritos. Pero la correlación no debemos buscarla por el lado de la comida sino por el lado de lo que somos como seres espirituales, intrínsecamente amorosos, que vivimos la vida como un don, como un regalo.

Reflexionemos para poder comprender lo que necesitamos.

Hoy la diabetes sigue aumentando en nuestra sociedad.

Ayer conversaba con un gran amigo y terapeuta acerca de esta dolencia y su relación con el amor, y él me llamó a la reflexión cuando me dice que observe cómo nos relacionamos hoy con el otro. Ya no nos juntamos a conversar, ya no compartimos sino que nos decimos todo por el celular, el mail,  el msn, el twitter,  el skype, o el facebook. No nos damos un abrazo cuando saludamos, no nos deseamos felicidades.

No, estamos enfrascados en lo propio, en no manifestar amor. El lenguaje es cada día peor, y no expresa cariño por el otro sino que al revés se le nombra en forma soez. Y cuando se despide la gente ha adoptado un “cuídate”, propio de la cultura del miedo, del temor futuro. El “cuídate” sume de inmediato al otro en el temor.

Debemos reflexionar para comprender las cosas.

Creo firmemente que no somos como somos por lo que comemos sino que de acuerdo a como somos es lo que comemos. Y que lo que comemos no produce la enfermedad que podemos padecer.  No, la enfermedad se produce por como somos, por lo que pensamos, por lo que vivimos, por las creencias que tenemos. No culpemos a la carne, a la fruta, a la lactosa o a tal o cual cosa acerca de la causa de nuestras dolencias. Ellas solamente hacen evidente la situación, y no son la causa.

Ahora la última reflexión en voz alta, cuando nos dicen que la diabetes hay que prevenirla cuidándose, ¿cómo lo podemos hacer?

Que Dios nos bendiga a todos.

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En la práctica de la terapia de vidas pasadas,- o vida pasada como al parecer es de más conveniencia llamar por la sencilla razón que nunca morimos- un ejercicio de mucha profundidad y efectividad es llevar al paciente al espacio de la gestación y aún algo anterior, que es cuando se hace el acuerdo para venir a la presente vida, que es el espacio entre vidas, antes de nacer,  y que es un mundo fascinante, lleno de símbolos, respuestas, encuentros, aprendizajes y tomas de conciencia de inmensa profundidad. En este espacio es cuando se hacen los acuerdos para venir a la vida, asunto que ya he relatado anteriormente, y que ponen de manifiesto que así como elegimos a nuestros progenitores ellos nos eligen a nosotros, por las razones suficientes y necesarias para venir a vivir la experiencia de aprendizaje que será la vida inmediata. Para mayor profundidad ver «Un acuerdo entre tres» escrito el 7 de septiembre, en que describo con profundidad esta experiencia.

Nuestros padres serán nuestros principales maestros. Son quienes tienen la misión de introducirnos en este mundo en que vivimos, y de ellos aprendemos todo lo que nos va en el futuro identificándonos como seres humanos. De ellos heredamos el lenguaje, por ejemplo, que es un elemento clave en la definición de nuestra calidad de seres humanos, y ese lenguaje expresado por un idioma específico, que va definiendo aún más lo que somos. No me cansaré nunca de insistir en la importancia del lenguaje en la definición de lo que vamos siendo como personas.

Pero, nuestros padres nos heredan cosas aún más decidoras de lo que somos. Nos legan cada uno una familia. Y cada uno de ellos lleva dos familias también en su espalda, y a las cuales también nos adherimos y comenzamos a formar parte. Cada miembro de la familia, como usted o como yo, llevamos una historia propia, que como sabemos, no nació cuando vimos la luz en esta vida, sino que es una interminable de tantas y tantas experiencias, y las familias como unidades también llevan una historia propia. La familia en la que usted forma parte, la más cercana, es una unidad viva, con historias, penas, alegrías, secretos, expectativas, deseos y todo cuanto la constituye. Entonces, cuando alguien llega a la familia hereda todo lo anterior. Y también hereda la familia más larga y toda su realidad, verdades, mentiras y sus secretos.

Las familias entonces, son unidades de aprendizaje específicas, y el objetivo de venir entonces a una familia determinada ya no es solamente el aprendizaje propio de cada cual como integrante individual, sino el del grupo. Cada uno viene a representar un papel en el grupo familiar. Eso lo podemos hacer aún extensivo al lugar en que vivimos, a la ciudad, a la región, al país, al continente, al hemisferio, en fin, siempre como unidades, ya sea individuales, familiares cercanos, familiares extensos, pueblo, raza, ciudad, región, país, continente, hemisferio. Y cuando representamos un papel en el grupo familiar estamos contribuyendo no solamente a nuestra propia sanación sino a la del colectivo en el que estamos formando parte. Los grupos familiares, por ejemplo, y los grupos sociales en forma idéntica, necesitan sanar de los traumas emocionales del pasado. Para que una familia sane de una historia de abandonos, por ejemplo, debe venir algún integrante a romper esa cadena de abandonos, para sanar colectiva y personalmente con ese aprendizaje. Lleva esta tarea valentía y voluntad.

Desde hace mucho tiempo se está hablando del inconsciente colectivo. Según mi comprensión es un espacio en el que está almacenado el conocimiento de todo lo que hay y ha habido, y en la medida que vamos teniendo acceso a él, por la liberación de las ataduras que como seres humanos nos hemos impuesto, o aceptado, se va manifestando ese conocimiento y se va haciendo de dominio público. Por eso, es común encontrar que una misma teoría, científica o no, o corriente filosófica, o de pensamiento simplemente, se dé a conocer y salga a la luz en lugares geográficamente muy disimiles al mismo tiempo, simultáneamente. De esto estamos hoy llenos de ejemplos.

Entonces, el papel que jugamos en la familia no es casual, y forma parte de nuestro plan individual. Lo de la familia lo podemos extender al colectivo en que se desenvuelve ella dentro del pueblo, de la ciudad, del país, etc.

La sanación grupal, entonces, viene por la sanación individual, y la sanación individual ve la luz por la sanación colectiva.

Un país como el nuestro, formado en un principio por un grupo de hombres sin mujeres, es desde su concepción entonces una sociedad violenta, llena de abandonos, de desencuentros, de abusos y dolor. El poder lo tenían estos hombres, y con ello nace el país. Y eso, los que hemos nacido aquí lo hemos heredado. Somos entonces un país lleno de traumas y secretos que hemos adquirido y debemos sanar. Esos traumas y secretos nos constituyen como pueblo. Y esos secretos están en el inconsciente colectivo.

Entonces, una pregunta a hacer al paciente cuando está experimentando el espacio entre vidas para ayudar en su toma de conciencia es por las razones de la elección del lugar a vivir, de la ciudad, de la región y el país. Las respuestas son muy decidoras y aclaradoras. Los padres que nos engendrarán nos legarán un cúmulo de condiciones –que insisto estamos de acuerdo que así sea-, y la familia de la que formaremos parte, y los lugares en los que viviremos y nos desarrollaremos, serán parte entonces de lo que atravesaremos en la vida para aprender.

Es común ver que los patrones familiares se repiten. Por ejemplo, cuando hay una mujer que tiene relaciones poco satisfactorias –o simplemente malas- con los hombres, y siempre elige al o a los no convenientes, sirve preguntarse, ¿qué aprendió de sus mujeres familiares adultas?, ¿qué conductas o comportamientos se reproducen? Es posible que esa mujer haya aprendido en su formación los códigos ocultos de la prohibición de ser feliz con un hombre, por ejemplo, y por fidelidad con las antepasadas los reproduzca, pero no con beneficio propio, sino con la finalidad de atravesar la experiencia, tomar conciencia, trabajarla y sanar. Y cuando ella sane sanará la familia. Y sus descendientes.

Esto es un proceso que toma tiempo, y como todo está puesto en nuestro camino para nuestro aprendizaje, ya que nada, nada es casual. Las coincidencias no existen y debemos trabajar lo que nos toca a cada cual. Somos responsables de nuestro destino.

Que Dios les bendiga.

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El vitíligo es una afección a la piel que consiste básicamente en una alteración de la pigmentación natural de la persona, por la pérdida de unas células llamadas melanocitos. Esta despigmentación no produce picazón ni es contagiosa, y los límites de ella son muy definidos. La intensidad de la afección y su desarrollo son particulares para cada persona que la manifiesta, y las zonas más comunes en que aparece son la cara, el cuello, las manos, los brazos, los labios y los genitales. La medicina occidental no define una causa –como siempre busca- que desate su aparición, concordando en que las consecuencias sicológicas son demoledoras.

La piel es el órgano más extenso del cuerpo humano, y tiene muchas funciones en el mismo.

Una de ellas es la función de poner límites. La piel nos define. Dice hasta donde llegamos y hasta dónde puede llegar el otro en la relación con nosotros. A través de la piel nos presentamos ante el mundo circundante, y nos protege como una barrera de las agresiones externas, como el calor, los golpes, los microbios, el frío y la suciedad.

He aquí un acápite importante. Desde que somos seres sobre la tierra ha existido lo que hoy llamamos agresiones externas. Y siempre hemos sabido que están ahí. Las hemos aceptado y hemos aprendido a vivir con ellas, acomodándonos, desarrollándonos, preparándonos, en fin, para convivir con ellas de la mejor forma posible. Sin embargo, hoy, agobiados por los miedos que nos inculca el resto, se sobre reacciona ante las situaciones y se producen alergias. Nunca acabaremos de entender lo nefasto de las campañas de miedos en que nos sumimos los hombres, no dándonos cuenta que estamos sobre la tierra varios miles de millones de años, y hemos llegado hasta aquí con todo lo que conocemos.

Los medios de comunicación se encargan a cada instante de llevarnos una dosis de miedo creciente, que nos va quitando la energía, sacándonos del centro, moviéndonos del equilibrio, para ponernos en el lado de la desconfianza, de la falta de fe, de la falta de amor por nosotros y por el resto. Basta ver los miedos en que nos han sumido la industria farmacéutica –que nos predice que nos enfermaremos irremediablemente y nos inunda con compuestos “anti-cualquier-cosa y anti-todo”-, la industria de la enfermedad –que tiene transformado en enemigos de la salud a casi todo lo que comemos, o respiramos, o tocamos, etc.-, la industria del terror económico –basta ver las predicciones apocalípticas predominantes en estos días- , la industria de la maquinaria de guerra –que hace ver al vecino como un enemigo que se quedará con lo mío al menor descuido y sin provocación- , todo esto, nos tiene ya condicionados a vivir aterrados. Y se desarrolla entonces una lucrativa industria: la de la seguridad, que lleva hasta asegurar la mejor tumba en el cementerio con mejor vista a la ciudad, o con vista al mar.

La piel nos presenta ante el mundo exterior. Es lo que se ve de nosotros. El lenguaje popular habla de ello, cuando dice, por ejemplo, “este tiene la piel dura”, refiriéndose a alguien que no presenta emotividad y tiene apariencia de insensible. Y muchas veces ella habla por nosotros.

La piel es un órgano de contacto además de límites. Por medio de ella nos permitimos acariciar y ser acariciados. Y nos acariciamos a nosotros mismos. Y también tiene un papel de eliminación, como órgano asociado a los pulmones y a los riñones, y de regulador de temperatura.

Para buscar entonces la significación del vitíligo debemos entender que la piel del afectado no pierde ninguna de las características propias fundamentales. Pero sí la despigmentación produce un efecto visual importante, como las manchas visibles. Y he ahí uno de los puntos importantes. El afectado debe aprender a cada instante a vivir con ello. No puede escaparse de ello. Y debe mostrar al exterior lo que le pasa.

Estas preguntas son recomendables que se haga quien está afectado por el vitíligo, para aprender a vivir con él y aceptarlo profundamente:

¿Por qué creo que estoy marcado?

¿Por qué le quito el color a mi vida?

¿Por qué creo que soy diferente?

¿Siento que no tengo cabida en este mundo?

¿Parezco diferente a los otros?

¿Cómo puedo darle color a mi diferencia?

¿Cómo puedo encontrar lo especial que hay en mí y demostrarlo?

¿En qué área de la vida soy un maestro?

 

Darse cuenta que puede volver a tener experiencias agradables, que puede volver a ser amado, que puede volver a tener éxito profesional, y que lo que ha pasado es solamente un aprendizaje en la vida es el tema de fondo del vitíligo. No hay necesidad de saberse marcado, porque la vida siempre da otra oportunidad, y existe el derecho a ser feliz, a tener éxito. Y mientras haya un soplo de vida, mientras el espíritu nos dé el aliento, hay la posibilidad de pararse y volver a caminar otra senda, buscando.

Reconozcamos nuestros frutos, nuestras capacidades únicas e irrepetibles, salgamos de la culpa –propia o ajena-, para volver a darle color a aquellos espacios de nuestra vida, que nos está esperando para gozarla como un regalo divino, y que las marcas que nos creamos se transformen en un sello de redención como ejemplo para el prójimo.

Que Dios les bendiga

 

 

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El que una persona enjuicie a otra –pelar, en nuestro coloquial entendimiento- no convierte a la enjuiciada en lo que dice aquella. No. Lo único que podemos observar de esta situación es que la persona que pela solamente necesita hacerlo. El destinatario de sus pelambres no se convertirá en lo que dice. Seguirá igual. No le pasará nada.

Es un ejercicio bastante común en nuestro país –al menos yo lo he comprobado, comparándolo con España, donde viví un par de años- el pelambre. Por lo demás para mí es falso aquello que adquirimos esa costumbre de los peninsulares. Lo hacen mucho menos que en Chile.

Este acto se aprende desde muy temprana edad, y refleja las más de las veces una falta de estimación personal, autoestima. ¿Cómo funciona esto? Simplemente el que pela –o emite juicios- ficticiamente hace caer al enjuiciado a un nivel más bajo que el propio, con la finalidad de subir también ficticiamente el mismo. Sin embargo ello es solamente imaginario, irreal. La persona enjuiciada no sube ni baja de posición ni de categoría con los juicios que se hacen sobre ella. Mas, la persona que enjuicia, la que pela, adquiere una deuda, al expresar su negatividad, que deberá alguna vez equilibrarse. Ya Jesús alguna vez dijo: “No hagas juicios sobre otros, porque con la vara que midas serás medido”.

Por eso, la autoestima se fortalece siempre con el pensamiento positivo. Es cierto que a veces es complicado mantenerse en él, especialmente cuando suceden acontecimientos dolorosos que sacan del equilibrio y del centro amoroso. Sin embargo, ayuda mucho el darse cuenta que siempre el ver las cosas de diferente manera hace que esas mismas cosas cambien, y adquieran otra significación.

La autoestima necesita como un frondoso árbol el riego profundo lleno de alimento llamado amor. Mientras más amor se recibe mayor es la autoestima. Y como dar y recibir son lo mismo, mientras más amor se da mayor es la autoestima. El amor que damos expresando lo que somos, desarrollando nuestros talentos como un regalo hacia el mundo, hacia los que nos rodean. Somos únicos e irrepetibles, y ello debemos desarrollarlo en la humildad y no en la arrogancia, para que seamos un regalo digno para aquel que nos regala con su presencia y compañía.

Somos únicos con nuestros talentos y características, pero necesitamos nutrir nuestros conocimientos, para ser mejores día a día. Instruirnos, aprender lo necesario, sin detenernos, nos hace ser mejores. Todo ello, junto a la reflexión, forma parte de los ingredientes necesarios para mantener y nutrir nuestra autoestima, lo que claramente contribuye a desechar la necesidad de hacer juicios.

Muchas veces somos nosotros mismos nuestros peores jueces. Muy a menudo. Podemos perdonar –o aceptar simplemente- los “errores” en otros, a los cuales siempre le buscamos una explicación, pero cuando nosotros hacemos o nos ocurre lo mismo, nos podemos sacar el cuero de a pedacitos, y cortarnos en trocitos, sin compasión alguna, castigándonos por lo sucedido. Somos nuestros más inflexibles jueces e insobornables verdugos.

Es necesario que aprendamos a reconocer nuestras virtudes. A veces se requiere de ayuda en esa identificación. Es un buen ejercicio el hacerlo, ya que además ejercita el arte de pedir lo que necesitamos. Todo un ejercicio. Esto lo digo porque es una característica social la dificultad en pedir lo que se necesita, lo que está ligado fuertemente a la conciencia de no merecimiento, hondamente arraigada en el alma nacional.

Pero también es necesario que aprendamos a reconocer, a identificar nuestras falencias. Esto requiere de valentía y fortaleza. Hoy las empresas pagan a asesores para que entrenen a sus ejecutivos, ayudándoles a reconocer sus debilidades para que las mejoren. Sin embargo, este entrenamiento adolece –por lo general- de la ayuda de reconocimiento de las virtudes de las personas entrenadas. Y ello a veces es difícil de lograr, por estar arraigado el concepto de que debemos combatir lo malo solamente. Pero ello es un arma de doble filo, porque si el ser humano se centra en lo negativo, en aquello que no le funciona, se verá afectado por esa negatividad, y no podrá crear lo necesario para su mejor desarrollo, que se logra con el pensamiento positivo.

El hacer juicios sobre otro no convertirá a ese en lo que decimos. Solamente quedará claro que necesitamos hacer ese juicio. Esa será la única conclusión que se podrá obtener de nuestra actitud.

Aprovechemos la vida, andemos a paso seguro, firme, recorriendo el camino sin temor. Aprovechemos y conversemos mirando a los ojos, directamente, con una mirada llena de aceptación y comprensión, de amor. Estiremos la mano para saludar al prójimo y no mezquinemos los abrazos –sin golpear al otro en la espalda-, acompañando esta acción con palabras afectuosas. Apoyemos a quienes nos lo piden y seamos un regalo para el prójimo. En resumen, pongámosle color a la vida, como dice una querida amiga, absteniéndonos siempre de enjuiciar. Eso se contagia, y ayuda a mantener la autoestima.

Que Dios les bendiga

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