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Archive for 14 enero 2009

pendule-oeil-tigreHe recibido en estos días mucha retroalimentación –feedback dirían algunos más propensos a lo anglo- sobre lo que he escrito en estos últimos días. Y esa retroalimentación es directa, en forma de comentarios al blog, llamados telefónicos, mails, chat, y otras formas modernas, y también más sutil, en forma de silencio. Todo me habla, o no, de lo que escribo, indefectiblemente.

El considerar la vida como finita, vale decir con un comienzo material -¿cuándo comienza?, ¿será acaso cuando se produce la invasión del óvulo por el espermatozoide triunfante?, ¿o cuando ya fecundado el óvulo se produce la primera división celular?, ¿o cuando el embrión adquiere alguna característica como el desarrollo del corazón, por nombrar algún órgano funcional?, ¿o cuando se nace?- y un final también material -¿cuándo dejamos de respirar?, ¿o cuando no hay actividad cerebral?, ¿o cuando se dilatan las pupilas?, ¿o cuando se detiene el corazón?, ¿o cuando se ponen rígidos nuestros órganos?- es una simplificación que como ya he dicho conduce a la irresponsabilidad y a las confusiones.

De partida la primera confusión que se produce es aprender a juzgar a las personas, a las situaciones, a los acontecimientos. Y ya esos juicios son culturales, y no nos podemos casi dar cuenta de su importancia. Por ejemplo, el primer juicio que nace con este concepto es el de injusticia. Cuando alguna persona, alguna familia, algún colectivo, algún país o grupo de países, sufren algún acontecimiento traumático, que trae dolor y llanto, lo primero que se hace es tratar el asunto de injusto. Cuando alguna persona, o grupo de ellas, o familia o familias, sufren escasez material, pobreza o dificultades económicas, lo primero que se hace es tildar el asunto de injusto. Que personas sufran es considerado de inmediato una injusticia. Que alguien se quede sin trabajo es una injusticia. Que alguien tenga una desilusión amorosa es injusticia. Que alguien sufra un traspié financiero es una injusticia, que alguien tenga un duelo es una injusticia. Que alguien se enferme es una injusticia. Y entonces, ¿qué es justo?, ¿pasar por la vida caminando por un sendero tapizado por perfumados pétalos de flores, con todas las necesidades y deseos satisfechos, sin carencias, dolores, enfermedades, duelos, dificultades o sinsabores? ¿Qué sentido puede tener una vida así?

Cuando hacemos el juicio de definir algo como injusto definimos lo justo. Entonces podemos inferir que todo lo que pasa es injusticia y al final catalogamos la vida de injusta. ¿Acaso no lo escuchamos siempre como frase de profunda filosofía, en todos los estamentos sociales y culturales?

El tildar un asunto de injusto, fuera de definir lo que sería justo, pone al juez en una posición de Todopoderoso, y ese papel, según mi entender, ya está asignado hace mucho, pero mucho tiempo.

No me cansaré de insistir en que la confusión del juicio lapidario conduce irrefutablemente a la irresponsabilidad. ¿Cómo? Simple. El juicio de lo que es o no justo determina que las personas, cuando sucede aquello que se juzga injusto, se sientan claramente ofendidas, violadas, violentadas, en su pretendida inocencia: “¿por qué a mí?”, “ ¿por qué a ella, que era tan generosa?”, “¿por qué a él, que era tan solidario?”, “¿por qué a aquel, que era tan bueno?”, “no se merecía lo que sucedió”, son algunas de las muchas frases que se escuchan cuando sucede algo que genera lamentos. Incluso la muerte es un hecho “lamentable”. Nos escapamos cada día más de los procesos naturales del hombre para tornarlos desgracias y catalogarlos de injustos.

El hombre es un ser espiritual, que viene a tener experiencias de vida terrenales con el único objeto de aprender. Este camino de aprendizaje, largo en el tiempo, y que requiere de voluntad férrea para seguirlo sin repetir, conlleva muchos errores y también muchas oportunidades para corregir lo hecho, y lo omitido. Diferente es si el hombre acepta el camino del aprendizaje o no lo acepta conscientemente. Este tránsito ineludible es el encargado de que cada uno de nosotros aprendamos lo que hemos de aprender, y el camino es de una justicia que no admite sobornos ni prebendas, ni tampoco atajos, hasta asimilar el conocimiento especialmente duro de aquello que menos queremos aceptar y que más resistencia origina.

Ya he analizado lo inadecuado que resulta analizar la vida como un hecho aislado, en que para algunos el punto de partida es infinitamente más cómodo que para otros, y que a todas luces fundamenta el juicio de lo justo o injusto, entre otros. A veces, escuchamos que es la voluntad de Dios que el orden sea así, y no podemos entonces inmiscuirnos en su decisión. Y entonces viene la pregunta: ¿podrá ser Dios injusto? Claramente, aquel que no considere la existencia de Dios se ahorrará –por ahora- todo el análisis. Sin embargo, aquel que si la considere no podría, ni por un instante siquiera, pensar que puede tener tamaño defecto. Por lo tanto, la vida sí es justa.

Pero veamos qué es lo que la rige además de lo explicado anteriormente como proceso de aprendizaje, y es nada más ni nada menos que la ley de causa y efecto. Esta ley, que en algunas culturas se conoce como ley del karma, determina las condiciones básicas de despliegue de características y condiciones que se han de vivir y superar en la vida terrenal. No es nada más ni nada menos que el equilibrio entre la causa y efecto de los acontecimientos del pasado y los actuales. Una buena pregunta al paciente en la terapia de vidas pasadas cuando se encuentra con relaciones tormentosas en una y otra oportunidad es “¿qué le hiciste antes tú a él o ella?”. Con esa sola pregunta se abren las cortinas de la comprensión de lo anterior que condiciona lo actual: la causa y el efecto.

La ley de causa y efecto es inmutable, ineludible e inevitable. Es la ley del equilibrio. El ser humano deberá con su acción -significado por lo demás de la palabra karma-  enfrentarse a los problemas una y otra vez, hasta que los supere y complete el aprendizaje, y se libere de una vez y para siempre de la rueda de la reencarnación.

La ley de causa y efecto hace que el hombre comprenda y acepte que lo que sucede está bien, y tiene un destino superior, haciéndole completamente responsable de lo que le acontece –y de lo que no le ocurre-, eximiendo al ordenamiento social, o al gobierno de turno, o al sistema económico, o a la globalización, o a la tecnología, o a la crisis financiera, o a los virus o bacterias, o a la pura casualidad- de la responsabilidad por su situación personal, por la situación de la persona del lado, del grupo de más allá, del país aquel o de la raza aquella.  El hombre, avalado por la religión, ha desechado la idea de la encarnación reiterada –del aprendizaje continuo-,  por ser cómodo y no requerir de mayor trabajo. Pero a esta situación, para que pueda convertirse en un análisis, le falta un ingrediente principal, que es la honestidad. Y esta honestidad es la necesaria entonces para asumir la responsabilidad por la vida, por lo que le pasa y por lo que no le pasa, por lo que vive y por lo que no vive, por lo que sufre y por lo que no sufre, por lo que tiene y por lo que no tiene. Esa es la responsabilidad.

La vida es justa. Proviene de Dios, que es amor, que es justo.

No podemos ser tan arrogantes de juzgar su obra perfecta, incluidos nosotros, los hombres.

Que Dios nos bendiga a todos.

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sunraysEl temor a la muerte es quizá uno de las emociones más difundidas en los seres humanos de la órbita occidental del planeta. Uno de los primeros traumas que tenemos los hombres es la comprensión consciente que nuestros padres se van a morir algún día. El segundo es cuando comprendemos que nosotros también vamos a morir. Y ese viene casi simultáneo con el primero. Todos sabemos que la muerte llegará algún día, como hecho cierto, sin embargo evitarla es una aspiración secreta, en muchos, y como ello no es posible entonces se hace lo imposible por retrasarla. Asistimos hoy día incluso a una profusión de cirugías estéticas que tienen como misión hacer aparentar que el día del último suspiro sigue tan lejano como cuando teníamos la piel estirada, tersa, suave y firme. Sin embargo, los segundos siguen corriendo raudos y el final está cada vez más cercano. Aunque se quiera desconocer ello.

La muerte se asocia a la vejez, y ella se quiere evitar, casi a cualquier precio. Nadie quiere llegar a viejo. Y sin embargo, cuando el cuerpo se deteriora producto del desgaste de los años, y el desenlace se va haciendo más cercano, se recurre al gran arsenal que posee la medicina científica moderna para mantener los cuerpos con vida, a todo trance. Incluso se mantiene artificialmente a las personas con signos vitales, impidiendo su partida.

La comprensión de la muerte como un fenómeno que se debe evitar, combatir –como bien lo cataloga la medicina científica moderna-, mueve a acciones que pasan a ser ya abiertamente antinaturales, distinto a como la vida y la muerte son.

La cultura religiosa occidental nos ha planteado siempre que cuando muramos podemos acceder al cielo a gozar de los mayores placeres, comodidades y alegrías, siempre y cuando nuestros actos hayan sido del agrado de su dueño –o del o de los administradores designados-, o rescaldarnos por siempre en el infierno, sometidos a los mayores oprobios por su astado patrón y sus feroces secuaces. Esta simpleza, escuchada desde la más tierna infancia, va calando hondo en el hombre, y le va quitando libertad de pensamiento y dificulta su reflexión acerca de qué es lo que hay más allá del instante de la muerte, y el significado de la vida. Lo más dramático de esta simplificación es que creemos que si obramos en la vereda opuesta de lo que se conoce como el bien tenemos nuestro pasaje listo para el caluroso paraje, y no podremos tener nunca más paz. Y mientras más rígido sea nuestro concepto del bien mayores serán las posibilidades de no ser aceptados en las blancas nubes y nuestros nombres no aparecerán en las listas de aceptados.

La muerte no es más que el paso a otro estado de nuestra evolución. Dejamos el plano físico, en el que hemos estado en el cuerpo que hemos creído que somos, para pasar al plano espiritual. Por lo tanto la muerte como tal no existe. Lo que sucede es simplemente que el cuerpo que hemos habitado por tantos años ya no funciona más.

Cuando el cuerpo deja de funcionar deja de vibrar. Y el alma, que ha estado unida a él sigue vibrando a alta velocidad y no puede acoplarse al cuerpo. Entonces sale y comienza su tránsito hacia la Luz. La Luz es todo lo que existe.

Es común escuchar que las personas cuando están cercanas al último suspiro sufren de “alucinaciones”, y ven seres fantásticos a su alrededor, tales como familiares fallecidos antes que ellos, figuras religiosas, santos, ángeles y vírgenes, maestros, seres ascendidos y otros, que vienen a explicarles lo que están viviendo, el proceso por el cual están pasando. Muchos no se atreven a contar estas experiencias por temor a ser ridiculizados por el personal a su cargo, que no comprende esta realidad. Esos seres, las más de las veces familiares queridos que se han anticipado en el camino, tienen como misión acompañar al moribundo en el proceso. Cuando las personas comprenden pueden partir en paz y calma.

La muerte no es un castigo. No. Es un paso más en nuestra evolución.

La muerte no es un enemigo. No. Es parte nuestra.

La muerte es un proceso natural.

El temor a la muerte es lo que nos hace culturalmente evitar conversar e investigar sobre ella. Esta disposición lleva claramente a evitar adquirir el conocimiento necesario para poder dominar y vencer el miedo, y pasar a otro estado de conciencia. Y esta toma de conciencia, este despertar ante esta realidad, nos puede permitir hacer los cambios que necesitamos para ser felices en esta existencia.

Ha habido en los últimos 40 o 50 años mucha investigación acerca del tema que nos convoca hoy, y lentamente la nueva comprensión se va abriendo camino, para entregarnos mayor conocimiento acerca de nuestro destino, de nuestro camino, de nuestro derrotero como almas. Somos seres espirituales que no morimos nunca, y el cuerpo que ocupamos en esta vida es solamente un vehículo necesario para manifestar aquello que hemos venido a hacer como tarea en esta vida, que es como un día en el colegio como dice el Dr. Bach. Y ese cuerpo no somos nosotros. Es lo que vemos exteriormente, nuestro envase. Lo importante es lo de adentro.

Antes de terminar quiero compartir que a lo largo de los años que trabajo con pacientes en terapia de vidas pasadas me he encontrado siempre que una vez que se produce la muerte el Alma se va a la Luz, donde es recibida por seres de Luz, maestros, parientes y familiares, seres bondadosos, llenos de amor, que acompañan al alma a esta, su morada temporal nuevamente, para recibir amor, compasión, cuidados y sanación. Jamás he visto que alguna sea rechazada, discriminada o enjuiciada por lo sucedido en la Tierra. Somos recibidos con amor, la esencia de lo que somos. Como Dios, que es amor.

Que Dios nos bendiga a todos.

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reading_x-rayGloria ha hecho algunas preguntas, y la de hoy me he permitido responderla en este espacio, la que comparto:

Pregunta: Luis… Primero que nada te cuento que ya se me pasó el malestar que tenía y ya llevo dos noches durmiendo super bien… Si lo hablara con un medico, me diría que es porque la enfermedad cumplió su ciclo… yo creo que si, pero también hay algo más, asociado a la reflexión y el manejo de las energías… sacando pa fuera la mala onda y resignificando un montón de cosas… En eso estoy ahora…. Pero te tengo una pregunta… ¿porque se enferman los niños?. Ellos son individuos super sensibles y fragiles pero menos enrollados que los adultos… ¿Porque hay niños que viven con alergias o con amigdalitis o con resfrios?. Y las otras enfermedades más raras como canceres, diabetes, meningitis, que son desvastadoras para los niños y las familias… ¿me vas a decir que tienen un sentido “superior”?… porque si es así me parece super injusto. No sé… injusto, doloroso y frustrante… Un amigo me dice que la gente se debe morir de algo, que nadie es eterno y que las enfermedades hay que saber llevarlas… Yo no sé… ¿que opinas tu?

Respuesta: Gloria, me alegra mucho que hayas empezado a recuperar el equilibrio que habías perdido y ello se vaya manifestando en tu cuerpo físico. Claramente la enfermedad cumplió su ciclo, y el médico no se equivocaría al decirlo. La diferencia está en la comprensión de la forma de la sanación que has experimentado, ya que has aumentado tu nivel de conciencia y has permitido a tu sanador que actúe, comprendiendo por qué te habías enfermado. Cuando te das cuenta del conflicto que desencadena el resfrío  los síntomas de este comienzan a remitir.

La enfermedad está ahí con un propósito, y ese es nada más que te des cuenta qué es lo que debes corregir en tu vida, para permanecer en equilibrio. La enfermedad tiene un propósito, y es que aprendas de ella. La sanación necesita cambios, y ellos se comienzan a producir cuando comprendes lo que te pasa. Luego vienen los cambios que requieres hacer en la vida para que no se repitan las situaciones y por tanto la enfermedad. Hacerlos no es fácil, y puede conllevar muchas emociones fuertes como el dolor, por ejemplo. Es más fácil tomarse una pastilla –o dos- y esconder el síntoma, pero sin que nada en la vida cambie, hasta la próxima oportunidad en que debas tomar de nuevo dos pastillas –o tres-, para seguir el ciclo de combatir los síntomas, sin aprender nada de lo que la enfermedad te quiere avisar. Hay enfermedades que susurran, otras hablan alto, otras gritan y otras dan alaridos, diciéndonos que cambiemos.

Interesante lo que planteas de la resignificación. No es una palabra fácil, pero sí comprensible. Y ella tiene que ver con algo muy simple, y es que cuando cambiamos la forma de mirar las cosas las cosas cambian.

Los niños para su desarrollo necesitan energía, la que toman de sus alimentos y de la energía de sus padres. Hasta los cuatro años, aproximadamente, están en plena formación de su sistema de defensa, en que la cercanía con sus padres es fundamental en el desarrollo. Pero, los niños son seres grandes en envases pequeños, con dificultades para manifestarse, para movilizarse, y no pueden ser autosuficientes. Pero son almas a lo mejor mayores que las nuestras, en esos cuerpitos indefensos. Y en ese período están continuamente en procesos emocionales que los pueden hacer vulnerables a la enfermedad, y los adultos tenemos pocas habilidades para observarlos y darnos cuenta de ellos, y son los que afectan a los niños. Además, ellos, al estar tan en contacto con la energía de sus padres, captan los procesos emocionales de ellos, manifestando sus desequilibrios también en sus cuerpos. Los niños pueden sufrir procesos emocionales complicados sin que los adultos se percaten. Basta que los padres salgan en la tarde –en forma imprevista para él- y dejen al niño a cargo de alguien para que se desencadene un conflicto. Es posible que el niño se imagine que está siendo abandonado, olvidado, no querido por sus padres, y se atormente durante el espacio de tiempo de la ausencia de ellos. Eso basta para que a las pocas horas se desencadene un proceso de resfrío, en que se vuela de fiebre, por ejemplo, para levantarse al otro día tan fresco, después de pasar sus padres una noche miserable. ¿No lo has visto nunca eso acaso?

Sin embargo, estoy convencido que cuando los conflictos de los padres son evidentes, especialmente cuando se manifiesta falta de amor entre ellos, los pequeños sufren continuos episodios de síntomas de resfrío. Pero eso es nada más que el conflicto de los padres que el niño hace suyo.

Ahora bien, nadie llega impoluto a esta vida. Eso es un asunto que debemos comprender muy bien para poder analizar los procesos de la vida y por lo tanto de la enfermedad. Nadie es inocente. En nuestras experiencias de vidas anteriores hemos acumulado situaciones que debemos aclarar y equilibrar, que nos llevan en esta vida a situaciones difíciles de manejar, y que pueden claramente incidir en nuestra salud. Por ello, hay niños que desarrollan estas enfermedades que consideras injustas. Hay al respecto más cosas, pero quiero aclarar algo antes de seguir en esta respuesta: la vida no es injusta, no tiene nada de injusta. Todo está bien. Que no nos guste es otra cosa, pero está todo perfecto. Que no lo aceptemos es otro asunto, pero así está dispuesto. Y quizás es una oportunidad que se te presenta para que comiences a cambiarlas, a actuar para que cambien. Es una oportunidad para ti para que cambies, y ayudes a cambiar el mundo. ¿Acaso no necesitamos que cambie?

La noción de justa o injusta nace solamente de la arrogancia del hombre quien juzga a Dios. Dios ha obrado, y nuestra arrogancia consiste en calificar su obra en vez de aceptarla y actuar en consecuencia. Volvamos a la enfermedad de algunos niños, que son en apariencia injustas. Si consideramos la vida como estamos acostumbrados, vale decir con un concepto finito que va desde la fecundación hasta la muerte física, obviamente que nos parecerá injusto el sufrimiento o el dolor o la enfermedad o la pobreza o la riqueza o la soberbia o la muerte, ¿verdad? Nos preguntamos permanente y duramente ¿por qué a mí? o ¿por qué a ese niño o niña? Sin embargo, si comprendemos que no morimos nunca, que lo que muere es nuestro cuerpo solamente, y que tenemos diferentes existencias para aprender, para conocer a Dios en todo y en todos, para algún día terminar el proceso y volver definitivamente a Él la vida adquiere otra dimensión, y podemos entonces entender el proceso y el papel que podemos estar jugando en esta vida. Nada es injusto. Todo es perfecto. Y está puesto para nuestro aprendizaje solamente.

Quiero que observes lo siguiente: la comprensión occidental que tenemos de la existencia es que después de la muerte se acaba todo, y ya no hay nada más que un juicio en que “alguien” determinará si vas al cielo, a gozar eternamente, o al infierno a consumirte por el fuego eternamente. Siendo esto así no hay posibilidad de reparar, de equilibrar, de aprender. ¿Qué sentido tiene entonces nacer, vivir y morir? ¿Qué de trascendente tiene todo ello? Y si naces pobre, ¿por qué no naciste rico?; y si naces enfermo, ¿por qué no naciste sano? Claro, si miras la vida en esta finitud será siempre injusta.

Es posible que el niño o niña que sufre un proceso de cáncer esté ayudando a sus padres a aprender algo –humildad, por ejemplo-, o esté aprendiendo él lo que es vivir en esa condición porque no ayudó en otra vida a alguien en la misma situación. O bien porque necesita aprender de ello porque en la próxima experiencia será un connotado investigador de esa enfermedad, y podrá llevar alivio a muchos de sus semejantes. ¿Quién sabe?: solo Dios. Y he ahí donde ha estado nuestra arrogancia, al juzgar su obra. Todo proviene de Dios, Él sabe los porque. Y puede haber mil razones para ello. Siempre me emociono cuando escucho de padres que han desarrollado artefactos o medicinas para sus hijos enfermos que después han servido para otros millones de niños del mundo entero. Esos niños y esos padres cumplieron su misión y llevan alivio y amor a la humanidad. Recuerdo que me contaron hace años que la silla de ruedas la diseñó un padre para su hijo que sufría de polio, y aún me emociono. Imagínate la misión de ellos en esa existencia. Regalaron amor, a partir de su sufrimiento.

El dr. Bach dice: “…tenemos que darnos cuenta de que nuestro breve paso por la tierra, que conocemos como vida, no es más que un momento en el curso de nuestra evolución, como un día en el colegio lo es para toda una vida, y aunque por el momento solo entendamos y veamos ese único día, nuestra intuición nos dice que nuestro nacimiento estaba infinitamente lejos de nuestro principio y que nuestra muerte está infinitamente lejos de nuestro final. Nuestras almas, que son nuestro auténtico ser, son inmortales, y los cuerpos de que tenemos conciencia son temporales,…”

Todos morimos. Recuerda que andas con un cadáver a cuestas. Eso que crees que eres tú, tu cuerpo, algún día morirá. Pero eso que eres tú, tu Alma, lo que de verdad eres, habitante de ese cuerpo, no morirá nunca. Y nuestra misión en cada vida es servir, dando amor al prójimo. Y el prójimo somos todos, incluida tú, y yo.

Que Dios nos bendiga a todos.

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