Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 18 junio 2009

He leído que hoy más del 60% de las noticias relacionadas con las enfermedades –no voy a decir noticias de salud por razones obvias- son obtenidas por los medios, llámense diarios, revistas, radios y televisión, a través de comunicados de prensa provenientes de laboratorios fabricantes de productos químicos conocidos como remedios. El producto de esta proliferación de noticias ha sido someter a los habitantes de la Tierra por el temor a la enfermedad, haciéndonos creer que el enemigo está en todos lados, agazapado para hacernos caer en sus garras. Hoy las personas tienen su vocabulario de comprensión de los síntomas llenos de itis, sufijo de raíz griega que significa simplemente inflamación. Entonces, la hepatitis es simplemente inflamación del hígado (hepato = hígado); la amigdalitis es inflamación de las amígdalas; la laringitis es inflamación de la laringe; la rinitis es inflamación del revestimiento de las mucosas de la pared de la nariz; la dermatitis es la inflamación de la dermis o piel; en fin, todos los síntomas que lleven la inflamación en su seno se conocen por el nombre del órgano a la cual se le agrega itis. Y entonces, cuando el médico da el diagnóstico solamente está describiendo el fenómeno de la inflamación. Y todos tan campantes. Y alegres, porque se les dijo lo que les aqueja. Y entonces las gentes no reflexionan que no necesitan un médico para que les describa lo que les produce el dolor o incomodidad. Pero lo que si esperan es una receta que prescriba un producto químico que ataque el síntoma descrito para que desaparezca, desentendiéndose absolutamente de este, al haberle traspasado al profesional de la enfermedad la responsabilidad por la propia sanación.

Este fenómeno de no ser capaces de afrontar la responsabilidad por la enfermedad que nos aqueja lleva entonces a la irresponsabilidad por la sanación, entendiendo que ella debe ser provista por otro semejante, al que se le otorga además el poder para hacerlo.

La enfermedad es una falta de equilibrio en nuestra vida, que busca equilibrarse en nuestro cuerpo, aún cuando comprender esta verdad sea hoy una labor titánica, después de décadas de bombardeo de información interesada, que pretende solamente mantenernos en un estado de indefensión y desinformación, para convertirnos en consumidores razonables de sus productos químicos que hacen desaparecer los síntomas al más breve plazo posible, sin considerar que los seres humanos somos mucho más que el cuerpo, y que la enfermedad tiene su origen fuera de él.

Hoy escuché varias veces decir a las personas que alguna había contagiado a otra el virus del resfrío, estando de moda la temida fiebre porcina, que es una mutación del virus que produce estos síntomas. Eso me hace reflexionar sobre la veracidad de la aseveración, que además es avalada por los profesionales de los hospitales y clínicas, ya que si fuera estrictamente cierto lo que dicen debería estar todo el mundo contagiado, sin excepción. Pero el hecho que haya muchas personas, la inmensa mayoría, que permanecen sanas, a pesar de haber estado en contacto con alguna persona agripada, debería ser suficiente argumento para comprender que esta enfermedad no se pega. Lo que puede suceder es que pudiere haber un aumento del riesgo de contagio, pero no una certeza de la producción de éste.

Como producto de la campaña sistemática de “información” acerca de situaciones de “salud”, que no son otra cosa que propaganda pública de los síntomas de las enfermedades, las personas han comenzado a otorgarle tal poder a ellas que ya no pueden planear su vida, ni menos vivirla, en forma confiada, viéndose amenazados por cuanta cosa comen, respiran, o tocan, que les han dicho les producirá lo que han estado evitando por todos los medios. El temor a la enfermedad, disfrazado como capacidad de acceso a la salud, tiene múltiples efectos. Uno de ellos es que las personas migran a las grandes ciudades, en las que se alojan los recintos con tecnología de última generación, y trabajan la mayor parte de los médicos y profesionales de la salud (¿?), abandonando localidades pequeñas o rurales, donde la oferta es restringida o inexistente. Y las grandes ciudades siguen agrandándose aún más.

¿Es salud la que se encuentra en las grandes ciudades? Posiblemente muchos contestarán que sí lo es. Permítanme discrepar. Lo que podemos encontrar en las grandes ciudades con sus grandes clínicas y hospitales es mucha oferta de equipos de última tecnología para la realización de exámenes o servicios de imágenes, y los profesionales que los manejan o interpretan. ¿Pero es eso salud? Definitivamente no, eso es solamente enfermedad. Y los grandes consorcios farmacéuticos mundiales son los encargados de montar las inmensas campañas publicitarias que mueven a las masas ávidas de enfermedades y dolencias, y que gastan millones y millones en los productos químicos que producen, y que son promocionados como remedios. Y esa propaganda va generando la demanda por la ingeniería de detalle a la que se ha llegado, y que va costando más cara conforme la especialización.

Es conveniente que recapacitemos acerca de las ideas que creemos son verdad sobre la enfermedad y la salud y que nos han sido inculcadas por aquellos quienes utilizando el temor logran que creamos en ellas y las convirtamos en dogmas de fe. Recapacitemos, reflexionemos sobre estos asuntos, y no olvidemos que si las enfermedades se pegaran no habría nadie sano y ni siquiera existiríamos como raza humana y que, a pesar de la medicina, o más bien sin ella, el hombre lleva desarrollándose sobre la faz de la tierra varios millones de años.

La enfermedad no es más que un desequilibrio manifestado a través del cuerpo, por la discrepancia entre el camino que pretende seguir el Alma como parte de su misión y la personalidad que busca asuntos mundanos. A veces ese desequilibrio es pequeño y nos resfriamos –aunque se llame porcina- y en otras es tan profundo que nos parte el corazón en un infarto.

Reflexionemos para poder entonces entender lo que nos pasa y no seguir comulgando con ruedas de carreta.

Que Dios nos bendiga a todos.

Read Full Post »

En la producción de la diabetes actúa fuertemente el miedo, aunque en forma disfrazada, como siempre. Sabemos que la relación de la falta de energía en el centro del ser –o de la célula-  debido a que la glucosa no puede llegar a ella, lleva a que la vida no pueda ser gozada en plenitud. Y a lo mejor sería conveniente que la medicina en vez de combatir con ahínco la dulzura del azúcar y los hidratos de carbono como causantes de la enfermedad pudiera concentrarse en trabajar en las creencias de las personas, para evitar desarrollar la dolencia entonces. Pero, obviamente, no es el papel que se ha auto-asignado y el rol que juega es precisamente el del combate, el del someter al enemigo, sin reparar que con ello declara la guerra a todo cuanto tiene vida. Y entonces se declara el combate al azúcar. Dulce enemigo, que además no tiene pensado defenderse. Enemigo ideal.

El no permitir el desarrollo de la expresión de la vida y sus placeres puede darse en una estructura social rígida y normada, en que se predique que la vida es injusta, el trabajo un sacrificio y que todo se logra con mucho pero mucho esfuerzo, y que si no es así no tiene valor lo conseguido. O sea, una sociedad basada en el rigor, y en el que se crea de verdad que la risa abunda en la boca del tonto.

La observación de los diabéticos me retrotrae a la posibilidad de una educación rígida y poco tolerante. Esa formación es la que se provee en los colegios de congregaciones religiosas en que se predica que la práctica del sexo no debe ser una manifestación de placer sino que, por el contrario, es considerado como algo pecaminoso y que debe ser reprimido, como es en la vida de monje. Siempre me llama la atención el asunto de la imposición del celibato de los monjes, siendo que Pedro, el apóstol elegido por Jesús, era casado, asunto que queda de manifiesto cuando el evangelista relata que llegando Pedro con Jesús a la casa del primero encontraron  a su suegra en cama sin poderles atender, lo que hizo que Jesús le pusiera las manos para curarle y, hecho esto, se levantó ella y les sirvió.

El combate a la manifestación de la actividad sexual plena en los adultos por parte de las organizaciones autoerigidas como defensoras de la moral se basa en que si no se hicieran esas actividades el mundo se convertiría en un lugar indecoroso parecido a Sodoma y Gomorra, en que las prácticas sexuales serían igual a la de los animales, sin control ni mesura, juicio absurdo que desconoce que los seres humanos somos divinos por esencia y por ello intrínsecamente buenos, y que no necesitamos vivir la sexualidad en forma indecorosa ni ruidosa para hacerla placentera.

Esta creencia arraigada fuertemente en la población considera además a los órganos sexuales como algo sucio. De hecho a los hombres se nos enseña que después de orinar debemos lavarnos las manos, cuando el asunto debiera ser precisamente al revés, es decir, antes de tocarnos los genitales debemos prevenir contagios lavándonos las manos.

He creído también hablar de una relación entre el placer y la diabetes y el placer y las alergias respiratorias. Las alergias respiratorias pueden hablarnos de una agresión al contacto, a la cercanía, y al final al placer corporal, que al igual que en el caso de la diabetes, inhibe la vida. Sin embargo, la forma de resolver el conflicto en ambas es diferente, ya que en la diabetes el conflicto es tan profundo que se representa en el núcleo de la célula, callada y quedamente, mientras que en la alergia se presenta como reacción violenta al primer contacto, en forma además ruidosa.

Puede ser también que creencias como “todos los hombres son iguales” puedan causar un daño irremediable en las mujeres que han pasado en alguna oportunidad por alguna situación amorosa traumática o desilusionante, al comenzar a actuar conforme al mandato que se están dando al repetir una y otra vez la frase, que al final condiciona el comportamiento y puede privarlas del legítimo placer –ya sea físico, mental o espiritual- de la compañía de algún representante del colectivo masculino.

La enfermedad no es material en su origen, como dijo el Dr. Edward Bach, y no debemos buscar en lo que comemos las razones de nuestras dolencias sino más bien en lo que tragamos como ideas y órdenes. Las creencias, que no son otra cosa que ideas que creemos que son verdad, influyen en nuestro comportamiento y con ello en nuestros resultados. Si repetimos como loros que el sexo es impuro y sucio, y que debemos vivir una vida de penitencia y sacrificio, absteniéndonos de placeres ligados a la relación de pareja en forma sana y amorosa, podemos ser candidatos seguros a vivir controlándonos la glicemia, o el nivel del azúcar en la sangre, en lugar de disfrutar plenamente de la belleza de la vida y sus múltiples placeres.

El control que se ha hecho del hombre sumiéndolo en la culpa por el asunto del sexo y su práctica es una muestra de la negación del placer, y por ende de la vida. La relación sexual lleva implícita además la generación de la vida, y es practicada por todas las especies sobre la tierra, y su negación es justamente la negación de ella, y solamente puede acarrear desolación.

El azúcar y su dulzura no es el causante de la diabetes. La causante debemos buscarla en la falta de dulzura entonces.

Que Dios nos bendiga a todos.

Read Full Post »

Ha escrito una asidua visitante, que ha demostrado verdadero interés en las cosas que digo y publico. Cosas que a muchos les suenan tiradas de las mechas y que hacen arriscar la nariz o levantar las cejas a otros, o simplemente dar la espalda a otros que no son pocos. Y ha escrito preguntando algo sobre la diabetes, (https://caminosdelalma.wordpress.com/2008/05/23/la-dulzura-y-su-paradoja/)  y lo primero que me atreví a pensar cuando leí el comentario es que las apariencias a veces engañan, o mejor dicho, a menudo engañan. O, como se decía antaño, el hábito no hace al monje; veamos:

Creo que he leido harto de lo que tu has escrito sobre la diabetes pero todavía no entiendo esto de la falta de amor.
porque todos los diabéticos que conozco son personas “super dispuestas”, atentas, cariñosas, preocupadas y hasta molestosas por su exceso de pre-ocupacion por los demás… y con ello se ganan el aprecio de todos los que los rodean y entonces, aparentemente son queridos, o sea reciben amor…
¿porqué tu dices eso de la falta de amor?

¿Cuándo las personas son “súper dispuestas”, atentas, cariñosas, preocupadas y hasta molestosas por su exceso de pre-ocupación por los demás es sinónimo de que efectivamente les amen? No me parece que sea tan claro esto. Lo que sí queda claro es que con esas actitudes se ganan el aprecio de los demás, y “aparentemente” son queridos. Lo que no me queda tampoco nada claro es que reciban internamente ese aprecio, cuando esa es la mayor dificultad de los diabéticos, el recibir amor.

En esta sociedad que hemos construído se ha instalado como sinónimo al amor el control. Es decir, es señal de amor cuando una persona busca y pretende controlar a otra, y cree, en lo más profundo de su ser -o en el centro de su célula por analogía- que con ello manifiesta su amor al otro u otra. Entonces, ¿hay amor en el intento de controlar del otro?

El control del otro parte de un supuesto bastante serio, y que es que el controlador sí sabe lo que es bueno y lo que le conviene al controlado y entonces se siente con derecho a allanarle el camino para evitar que los recodos del camino, aquellos que no permiten ver lo que viene de él, le causen la más mínima sozobra, aún antes de andarlo. Este deseo de controlarlo todo, y evitar además que las personas pasen por las experiencias que deban pasar para templarse en la vida es propia de los diabéticos, que creen, en lo más profundo de su ser, como dije, que su trabajo de preocupación y control será solamente de beneficio al otro. Y en este punto es cuando me pregunto de cuál es la situación o la persona de la que depende el diabético, porque si se controla es porque se depende de alguna otra.

Esta analogía es la misma que podemos hacer hoy día con la medicina científica occidental que persigue los seres diminutos -bacterias, virus, hongos- queriendo hacerlos desaparecer de la faz de la tierra, buscando inventar todos los “anti-algo” que sean necesarios para el efecto, para vivir en un mundo acéptico, en que nada pueda afectarnos. Esa es una verdadera idiotez, ya que sin estos pequeños seres la vida física como la conocemos sería inexistente.

Una de las características de la diabetes es que el afectado tiene siempre hambre y sed, teniendo claras muestras físicas de que no es el alimento lo que les hace falta, y ello denota nada más que miedo al futuro, a que mañana no va a haber lo que se necesita para la subsistencia. Y ese miedo es el que el diabético lleva al plano del amor, ya que tiene miedo de recibirlo y con ello se manifiesta la incapacidad de dejarlo entrar y rendirse a los placeres que él trae. El diabético representa un papel de mantener una vida dentro de la razón, controlada por tanto, y tiene clara angustia por la provisión material futura, y esa angustia la traslada al plano de la manifestación con el otro, haciéndose, o tratando de parecer, siempre servicial.

Como la diabetes es de tanta complicación funcional en el organismo, podemos hacer la misma analogía para quien la padece. El diabético no puede entregarse de lleno al disfrute de la vida, porque su célula no posee la suficiente energía para permitírselo, ¿o no se permite llegar la energía de la vida al centro de la célula o al centro del ser, por, valga la redundancia, analogía?, y además afecta al sistema circulatorio, no permitiendo la correcta irrigación de algunos órganos. Ya hemos hablado de que la sangre representa en el hombre la vida, y cuando ella fluye con intensidad y alegría podemos acometer grandes empresas y nuestro cuerpo va con nosotros a la par. Sin embargo, el diabético deja de irrigar ciertos órganos, y no puede ir en busca del futuro, de la vida. Quiero que observe la analogía con la afección común de los diabéticos con problemas en los pies, que son los que nos llevan hacia adelante.

El amor en su máxima expresión es el que permite la libertad del otro. Y ello es precisamente lo contrario al control.

Sin duda alguna que el mundo en el que vivimos favorece los comportamientos de control, porque los adultos creemos saber lo que es bueno para los que nos siguen. ¡Como si hubiéramos construido un mundo mejor que el que nos dejaron los que nos antecedieron! Un mundo en que se nos ha enseñado que debemos tomar lo que creemos nos corresponde, sin miramientos por los que vienen, por los que están al lado ni por el Planeta y sus moradores, pero dando lo mínimo posible, tratando siempre de ganar. Con ello el dar y el recibir no están equilibrados, y en el diabético ese es un tema especialmente duro de trabajar. Y a lo mejor, es más conveniente permitir la entrada del amor y entregarse de lleno a él, aceptando el placer físico, emocional y espiritual, con libertad y pasión, que dejar entrar los bocados de comida que no pueden llenar los espacios afectivos insatisfechos.

A veces es conveniente indagar y preguntarse el fondo del asunto, y es posible que se encuentren, a veces, los miedos subyacentes que no permiten entablar las relaciones amorosas profundas y comprometidas que mantendrán sin posibilidad alguna a la diabetes a desarrollarse en nosotros.

Que Dios nos bendiga a todos. 

Read Full Post »