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Archive for 17 diciembre 2014

Conversábamos ayer sobre las diferentes etapas del duelo, y dejamos para analizar en forma separada un par de ellas, quizás las que más se aprecian externamente cada vez que algo muere en nuestra vida, como son la tristeza y la pena.
Es necesario decir antes del análisis que me asiste el convencimiento que nada de lo que pasa es casual y que una perdida puede ser un hito que nos cambie la vida de manera drástica, puede ser el hecho constitutivo del despertar a otro nivel de conciencia que nos lleve a otra forma de vida, algo que nos remezca hasta los cimientos y nos catapulte a un cambio drástico, y que lo que vivimos como una tragedia no tiene que serlo, sino convertirse en una puerta a otra etapa, una que se nos presenta de esa forma, pero para vivir una vida más sana.
Vivir la tristeza del duelo puede llegar a ser la tarea más dura por la que tenemos que pasar: esta emoción siempre está presente en una pérdida. Nos sentimos solos, vulnerables, impotentes y desvalidos; nada nos satisface; nos marginamos de lo social y dejamos de comunicarnos verbalmente; rehuimos los contactos físicos y queremos estar en soledad, recluirnos y estar con nosotros mismos. Nos convertimos en ermitaños. Nuestros ojos expresan esta tristeza que se graba si no en el corazón en la frente.
Junto a la tristeza puede comenzar a manifestarse lo que llaman depresión. Es común que durante este gran período de pena la tristeza y la depresión hagan su aparición, y permanezcan por un largo período. Es cuando tomamos conciencia que ese alguien que se fue, ya sea un familiar muerto, el marido, o la novia, ya no estarán más, que no los volveremos a ver. ¿Qué voy a hacer?, ¿qué puedo hacer?, son preguntas recurrentes en esta etapa. La soledad y la tristeza y el dolor se hacen carne en nosotros. Esto mismo nos puede pasar cuando perdemos un trabajo, tenemos una crisis financiera, cuando nos tenemos que cambiar de ciudad obligadamente, cuando perdemos el hogar, o alguien querido, o nosotros mismos, sufrimos una enfermedad desafiante. Hemos estado acostumbrados por largo período de nuestra vida a esa persona, a ese trabajo, a los trayectos, a esa casa, y nuestra rutina se ha hecho ya dura, cuando sucede lo impensado, lo imprevisto, y tenemos que reconocer que todo ha cambiado y ya nada volverá a ser igual.
Es muy importante poder reconocer las señales de la depresión asociada a esta tristeza y pena, porque si es muy larga puede dejar secuelas físicas. Sin embargo no hay que temerle, porque la depresión es pena de amor, y una vez que se sale de ello siempre se está un peldaño más arriba de cuando se entró en ella. Siempre hay una toma de conciencia asociada a la depresión.
Los síntomas de la depresión son variados y conocidos. Muchos de ellos los traté en el artículo Depresión de hace algunas semanas: https://caminosdelalma.wordpress.com/2014/10/28/depresion/
Hay que agregar que en el caso de la muerte de parientes cercanos es común que se comience a manifestar en algún deudo las mismas características de personalidad del difunto. Ello puede producirse porque un trozo del alma de este último se queda con aquel, por alguna circunstancia. También puede suceder que la depresión lleve asociado ideas suicidas. En los casos en que el duelo sea por alguien que murió por propia mano esto es frecuente, y es justamente provocado por el fenómeno descrito antes.
El miedo es también parte de esta etapa del duelo, especialmente en este mundo moderno que nos ha condicionado a ser ansiosos, a vivir en el futuro, a andar siempre preocupados por el porvenir, por acaparar, lo tener lo que pensamos nos dará seguridad. Así, este miedo y la ansiedad pueden manifestarse de distinta forma, como por ejemplo: dolores de cabeza, dolores de estómago, pérdida de apetito, dificultad para tragar alimentos, insomnio, falta de higiene personal, desinterés por lo cotidiano, desconexión con los cercanos.
Es conveniente entender que lo que nos pasa cuando procesamos el duelo es algo completamente normal y no es señal de desórdenes mentales o de locura. Por favor entienda que no es necesario tratamiento siquiátrico para llevar el duelo. Desde que el mundo es mundo, es decir desde hace millones de años, desde que comenzó la vida en el planeta ha existido la muerte, porque una no puede ser sin la otra. Son los pares opuestos en este mundo polar. Y por ello tenemos el duelo incorporado en nuestra existencia, en nuestra sabiduría. Debemos aceptarlo y vivirlo, ceremonialmente incluso, como cerrando etapas. Expresar los sentimientos, vivir el duelo, sentirlo a fondo, puede parecer duro, pero es necesario, porque para sanar es necesario ser sinceros, y la expresión de las emociones ayuda en esa sinceridad. No es conveniente reprimir las lágrimas, porque ellas son necesarias y un buen llanto puede ser liberador y llevarse la pena y la tristeza. Ahogar el llanto puede ser perjudicial a la larga.
Luego de pasar por la tristeza, por la pena y por la depresión damos paso a la aceptación, que es la etapa final del duelo, y tal como decía ayer, es ahí cuando podemos descubrir las oportunidades que aparecieron después de nuestra pérdida, de lo que ocasionó el duelo, y seguir con lo hermosa que es la Vida en este planeta.
Que Dios nos bendiga a todos.

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Decimos en el chamanismo que el camino a la maestría tiene cuatro etapas:
1 – el despertar
2 – la gran partida
3 – las pruebas del camino
4 – la iluminación
Siempre se nos dice que los chamanes somos sanadores heridos, y lo vamos comprendiendo en nuestro proceso de toma de conciencia. A menudo cuento la historia que dicen que el chamán se hace picar por la serpiente para saber cómo es la picadura, qué se siente, cuáles son los síntomas físicos, mentales y emocionales que se presentan, y luego va a buscar los minerales, las raíces, las flores o las aguas que pueden curarlo. De ese modo, sabe entonces cómo asistir a los que vienen a él buscando ayuda cuando son picados por la serpiente. Esa es la analogía de la capacidad de sanación.
Cuando hay una pérdida en nuestra vida, como son la muerte de un ser querido, el término de una relación amorosa, un divorcio, el fin de una actividad o proyecto, el despido de un trabajo, un cambio de casa, de ciudad o de país, se produce inevitablemente un duelo. Este duelo puede ser pasajero o muy largo, dependiendo del grado y calidad de la relación con lo que se ha perdido.
Nosotros decimos que cuando se produce una situación como esta es muy posible que el Alma se fragmente, y un trozo de ella se salga de nosotros. Observen que el lenguaje popular siempre da cuenta de ello: “se le partió el Alma cuando él la dejó”, “se le fue el Alma al suelo cuando se dio cuenta que lo despedían”, “su corazón se quedó en su pueblo natal”.
Y un duelo muchas veces es lo que constituye el despertar en el camino a la maestría.
El duelo tiene varias etapas más o menos definidas en sucesión.
La primera de ellas es la etapa del shock. Este shock habla de la incredulidad, ya que todo se pone patas para arriba, y se siente que no hay control de lo que sucede. En esta etapa puede que no sepamos comprender el impacto que el acontecimiento trae a nuestra vida y no podamos aceptarlo como algo real. Frases como “no puede ser”, “no lo puedo creer”, “no puede estar muerto”, “esto no me está pasando”, son comunes muestras de estar viviendo esta conmoción.
Esta etapa puede incluso durar meses, y durante este período parece que hasta se camina con lentitud, es difícil sostener conversaciones con atención, se olvidan detalles cotidianos y hasta puede haber pérdida de memoria. Poco a poco vamos saliendo de este estado de shock, hasta que comenzamos a comprender la realidad.
La segunda etapa del duelo es la negación. A veces se manifiesta simultánea con el shock, y funciona como un amortiguador de la situación que ocasiona el duelo. La negación se hace casi exclusivamente para no vivir el dolor y no pasar por la pena y tristeza que ocasiona la pérdida. Nos hemos criado en una sociedad que promueve el escapar de las emociones. Así, en vez de pasar por este estado emocional lo ahogamos en alcohol, lo recubrimos de drogas –recreativas o fármacos-, o bien comenzamos otra relación amorosa inmediatamente después del quiebre –un clavo saca otro clavo reza el dicho popular-, sin darnos la oportunidad de vivir el duelo en forma sana. Pero, para poder curarnos debemos pasar por la pena, y llorarla, como en una ceremonia. Cuando somos capaces de sentir y vivir la pena somos capaces de sentir todas las otras emociones, incluidas las que nos curarán.
La tercera etapa del duelo es lo que llamamos de los contratos. Como es casi seguro que hemos perdido un trozo de nuestra bella Alma, comenzamos a hacer contratos, prometiendo cosas o comportamientos con dos fines: uno, tratar que la situación vuelva a ser como antes, lo que es imposible, y dos, que en el futuro no se vuelva a presentar de nuevo una situación similar. Esto es como un proceso de aprendizaje. Estas promesas son escritas a veces a fuego sobre pergaminos que comienzan a hacerse leyes en nuestras vidas, con consecuencias que no son del todo sanadoras. Son los contratos que hacemos cuando se nos escapa un trozo de nuestra Alma.
La cuarta etapa que podemos diferenciar en un duelo es la de la rabia. Y la rabia procede de la impotencia que sentimos ante situaciones que no podemos controlar. En esta etapa buscamos a los que creemos son los responsables de lo que sufrimos y queremos castigarlos: la esposa que nos dejó, el personal médico que creemos no actuó responsablemente, la ambulancia que no llegó a tiempo, a Dios por permitir que suceda lo que sucedió, al jefe que nos despidió, y también a uno mismo. Esos juicios contra nosotros son muy lapidarios.
La rabia es conveniente expresarla, y no guardarla. Es sabido que la acumulación de rabia no expresada causa muchos problemas físicos como enfermedad, especialmente en la vesícula y en el hígado, dificultades en nuestras relaciones con otros, disminuir la capacidad de trabajar y también llevarnos a una situación de depresión.
Esta etapa puede durar mucho tiempo, incluso el resto de la vida. Es necesario saber manejarla.
La quinta etapa es la culpa. Repito que en general no es tan fácil identificar la etapa porque suelen presentarse varias de ellas en forma copulativa, con probable mayor manifestación de alguna.
En esta etapa concluimos por culparnos a nosotros por lo que pasó, y es una trampa para la sanación. La culpa es una emoción proveniente de la religión, y tiene como objetivo manipularnos. Pero en la cultura occidental la hemos internalizado y la usamos para castigarnos. Sentirse culpable por algo que pasó claramente no cambiará lo que sucedió, e impedirá la sanación. Es conveniente darse cuenta de qué es lo que tengo que aprender de lo que pasó, y ver si ello me convertirá en una mejor persona en el futuro, y avizorar cómo cambiará mi vida luego de todo lo que pasó.
La sexta etapa es la etapa de la tristeza y de la pena. Esta suele ser la etapa más dura, y puede venir acompañada por la depresión. De esta etapa hablaremos en extenso en otra oportunidad.
La etapa final del duelo es la aceptación. Cuando ello sucede podemos comenzar a mirar la vida, a las gentes, a los que nos rodean, a la sociedad y al mundo que nos rodea de otra forma. Somos capaces de analizar la situación que causó nuestro duelo de una forma diferente, sanadora. Es aquí cuando podemos sinceramente comenzar a respondernos preguntas como ¿qué me ha enseñado todo esto que viví?, ¿qué tan diferente soy ahora?, ¿qué nuevas competencias tengo para la vida?
En esta etapa, podemos descubrir las oportunidades que aparecieron después de nuestra pérdida, de lo que ocasionó el duelo, y seguir con lo hermoso que es la Vida.
Y desde ahí podemos hacer la gran partida hacia la maestría.

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Comunicación

Hoy inauguro una forma diferente de presentar los artículos:

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