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Archive for the ‘Flores de Bach’ Category

El espacio entre vidas antes de nacer es aquel período que pasamos justo antes de venir a tener la experiencia de vida . En él hacemos, por lo general junto a nuestros guías y maestro, un análisis de los principales puntos de nuestra futura existencia, especialmente de lo que será la misión que habremos de realizar, es decir, lo que será el propósito de nuestra vida. A no dudar, ni por un instante, que las experiencias futuras y los detalles de la vida estarán relacionados con ese proyecto: nada es casual en nuestra existencia y todo tiene un propósito claro y definido, aunque no lo podamos ver de buenas a primeras, y ese fin es solamente el aprendizaje. Cada vida lleva consigo una misión que cumplir, para completar, paso a paso lo que debamos aprender para volver completos algún día a Dios, a la Unidad. Como bien dijo el Dr. Edward Bach, cada vida es como un día de colegio: “tenemos que darnos cuenta de que nuestro breve paso por la tierra, que conocemos como vida, no es más que un momento en el curso de nuestra evolución, como un día en el colegio lo es para toda una vida, y aunque por el momento solo entendamos y veamos ese único día, nuestra intuición nos dice que nuestro nacimiento estaba infinitamente lejos de nuestro principio y que nuestra muerte está infinitamente lejos de nuestro final. Nuestras almas, que son nuestro auténtico ser, son inmortales, y los cuerpos de que tenemos conciencia son temporales, meramente como caballos que nos llevaran en un viaje o instrumentos que utilizáramos para hacer un trabajo dado.”

En el espacio entre vidas acordamos asuntos propios como el sexo, la nacionalidad, condiciones físicas, quienes serán nuestros padres, nuestras relaciones amorosas, nuestro oficio o profesión, y todos los detalles que conforman la existencia. Ojo que no estoy hablando de que con esto esté escrito lo que va a pasar y que entonces no tendríamos ninguna alternativa ni escape, no, no es así, ya que tenemos el libre albedrío. El mismo con el cual hacemos los acuerdos es el que actúa para mantenernos en ellos y respetarlos, o no. Lo que sí es claro es que los acuerdos del espacio entre vidas se han hecho para cumplir una misión, que es lo importante, y hacia allá es adonde apunta el accionar. Me detengo en la elección de los padres, ya que en la comprensión de este pequeño gran detalle del espacio entre vidas se plasma nuestra responsabilidad por venir a vivir la vida: nadie viene de casualidad ni inocentemente, todos venimos porque así lo hemos elegido. Y esa comprensión nos dice que mientras respiremos algo tenemos que hacer en este planeta.

La siguiente es una entrevista hecha a mi estimado profesor José Luis Cabouli en la que toca, entre otros, este tema, la que aprovecho de compartir:

Que Dios nos bendiga a todos.

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reading_x-rayGloria ha hecho algunas preguntas, y la de hoy me he permitido responderla en este espacio, la que comparto:

Pregunta: Luis… Primero que nada te cuento que ya se me pasó el malestar que tenía y ya llevo dos noches durmiendo super bien… Si lo hablara con un medico, me diría que es porque la enfermedad cumplió su ciclo… yo creo que si, pero también hay algo más, asociado a la reflexión y el manejo de las energías… sacando pa fuera la mala onda y resignificando un montón de cosas… En eso estoy ahora…. Pero te tengo una pregunta… ¿porque se enferman los niños?. Ellos son individuos super sensibles y fragiles pero menos enrollados que los adultos… ¿Porque hay niños que viven con alergias o con amigdalitis o con resfrios?. Y las otras enfermedades más raras como canceres, diabetes, meningitis, que son desvastadoras para los niños y las familias… ¿me vas a decir que tienen un sentido “superior”?… porque si es así me parece super injusto. No sé… injusto, doloroso y frustrante… Un amigo me dice que la gente se debe morir de algo, que nadie es eterno y que las enfermedades hay que saber llevarlas… Yo no sé… ¿que opinas tu?

Respuesta: Gloria, me alegra mucho que hayas empezado a recuperar el equilibrio que habías perdido y ello se vaya manifestando en tu cuerpo físico. Claramente la enfermedad cumplió su ciclo, y el médico no se equivocaría al decirlo. La diferencia está en la comprensión de la forma de la sanación que has experimentado, ya que has aumentado tu nivel de conciencia y has permitido a tu sanador que actúe, comprendiendo por qué te habías enfermado. Cuando te das cuenta del conflicto que desencadena el resfrío  los síntomas de este comienzan a remitir.

La enfermedad está ahí con un propósito, y ese es nada más que te des cuenta qué es lo que debes corregir en tu vida, para permanecer en equilibrio. La enfermedad tiene un propósito, y es que aprendas de ella. La sanación necesita cambios, y ellos se comienzan a producir cuando comprendes lo que te pasa. Luego vienen los cambios que requieres hacer en la vida para que no se repitan las situaciones y por tanto la enfermedad. Hacerlos no es fácil, y puede conllevar muchas emociones fuertes como el dolor, por ejemplo. Es más fácil tomarse una pastilla –o dos- y esconder el síntoma, pero sin que nada en la vida cambie, hasta la próxima oportunidad en que debas tomar de nuevo dos pastillas –o tres-, para seguir el ciclo de combatir los síntomas, sin aprender nada de lo que la enfermedad te quiere avisar. Hay enfermedades que susurran, otras hablan alto, otras gritan y otras dan alaridos, diciéndonos que cambiemos.

Interesante lo que planteas de la resignificación. No es una palabra fácil, pero sí comprensible. Y ella tiene que ver con algo muy simple, y es que cuando cambiamos la forma de mirar las cosas las cosas cambian.

Los niños para su desarrollo necesitan energía, la que toman de sus alimentos y de la energía de sus padres. Hasta los cuatro años, aproximadamente, están en plena formación de su sistema de defensa, en que la cercanía con sus padres es fundamental en el desarrollo. Pero, los niños son seres grandes en envases pequeños, con dificultades para manifestarse, para movilizarse, y no pueden ser autosuficientes. Pero son almas a lo mejor mayores que las nuestras, en esos cuerpitos indefensos. Y en ese período están continuamente en procesos emocionales que los pueden hacer vulnerables a la enfermedad, y los adultos tenemos pocas habilidades para observarlos y darnos cuenta de ellos, y son los que afectan a los niños. Además, ellos, al estar tan en contacto con la energía de sus padres, captan los procesos emocionales de ellos, manifestando sus desequilibrios también en sus cuerpos. Los niños pueden sufrir procesos emocionales complicados sin que los adultos se percaten. Basta que los padres salgan en la tarde –en forma imprevista para él- y dejen al niño a cargo de alguien para que se desencadene un conflicto. Es posible que el niño se imagine que está siendo abandonado, olvidado, no querido por sus padres, y se atormente durante el espacio de tiempo de la ausencia de ellos. Eso basta para que a las pocas horas se desencadene un proceso de resfrío, en que se vuela de fiebre, por ejemplo, para levantarse al otro día tan fresco, después de pasar sus padres una noche miserable. ¿No lo has visto nunca eso acaso?

Sin embargo, estoy convencido que cuando los conflictos de los padres son evidentes, especialmente cuando se manifiesta falta de amor entre ellos, los pequeños sufren continuos episodios de síntomas de resfrío. Pero eso es nada más que el conflicto de los padres que el niño hace suyo.

Ahora bien, nadie llega impoluto a esta vida. Eso es un asunto que debemos comprender muy bien para poder analizar los procesos de la vida y por lo tanto de la enfermedad. Nadie es inocente. En nuestras experiencias de vidas anteriores hemos acumulado situaciones que debemos aclarar y equilibrar, que nos llevan en esta vida a situaciones difíciles de manejar, y que pueden claramente incidir en nuestra salud. Por ello, hay niños que desarrollan estas enfermedades que consideras injustas. Hay al respecto más cosas, pero quiero aclarar algo antes de seguir en esta respuesta: la vida no es injusta, no tiene nada de injusta. Todo está bien. Que no nos guste es otra cosa, pero está todo perfecto. Que no lo aceptemos es otro asunto, pero así está dispuesto. Y quizás es una oportunidad que se te presenta para que comiences a cambiarlas, a actuar para que cambien. Es una oportunidad para ti para que cambies, y ayudes a cambiar el mundo. ¿Acaso no necesitamos que cambie?

La noción de justa o injusta nace solamente de la arrogancia del hombre quien juzga a Dios. Dios ha obrado, y nuestra arrogancia consiste en calificar su obra en vez de aceptarla y actuar en consecuencia. Volvamos a la enfermedad de algunos niños, que son en apariencia injustas. Si consideramos la vida como estamos acostumbrados, vale decir con un concepto finito que va desde la fecundación hasta la muerte física, obviamente que nos parecerá injusto el sufrimiento o el dolor o la enfermedad o la pobreza o la riqueza o la soberbia o la muerte, ¿verdad? Nos preguntamos permanente y duramente ¿por qué a mí? o ¿por qué a ese niño o niña? Sin embargo, si comprendemos que no morimos nunca, que lo que muere es nuestro cuerpo solamente, y que tenemos diferentes existencias para aprender, para conocer a Dios en todo y en todos, para algún día terminar el proceso y volver definitivamente a Él la vida adquiere otra dimensión, y podemos entonces entender el proceso y el papel que podemos estar jugando en esta vida. Nada es injusto. Todo es perfecto. Y está puesto para nuestro aprendizaje solamente.

Quiero que observes lo siguiente: la comprensión occidental que tenemos de la existencia es que después de la muerte se acaba todo, y ya no hay nada más que un juicio en que “alguien” determinará si vas al cielo, a gozar eternamente, o al infierno a consumirte por el fuego eternamente. Siendo esto así no hay posibilidad de reparar, de equilibrar, de aprender. ¿Qué sentido tiene entonces nacer, vivir y morir? ¿Qué de trascendente tiene todo ello? Y si naces pobre, ¿por qué no naciste rico?; y si naces enfermo, ¿por qué no naciste sano? Claro, si miras la vida en esta finitud será siempre injusta.

Es posible que el niño o niña que sufre un proceso de cáncer esté ayudando a sus padres a aprender algo –humildad, por ejemplo-, o esté aprendiendo él lo que es vivir en esa condición porque no ayudó en otra vida a alguien en la misma situación. O bien porque necesita aprender de ello porque en la próxima experiencia será un connotado investigador de esa enfermedad, y podrá llevar alivio a muchos de sus semejantes. ¿Quién sabe?: solo Dios. Y he ahí donde ha estado nuestra arrogancia, al juzgar su obra. Todo proviene de Dios, Él sabe los porque. Y puede haber mil razones para ello. Siempre me emociono cuando escucho de padres que han desarrollado artefactos o medicinas para sus hijos enfermos que después han servido para otros millones de niños del mundo entero. Esos niños y esos padres cumplieron su misión y llevan alivio y amor a la humanidad. Recuerdo que me contaron hace años que la silla de ruedas la diseñó un padre para su hijo que sufría de polio, y aún me emociono. Imagínate la misión de ellos en esa existencia. Regalaron amor, a partir de su sufrimiento.

El dr. Bach dice: “…tenemos que darnos cuenta de que nuestro breve paso por la tierra, que conocemos como vida, no es más que un momento en el curso de nuestra evolución, como un día en el colegio lo es para toda una vida, y aunque por el momento solo entendamos y veamos ese único día, nuestra intuición nos dice que nuestro nacimiento estaba infinitamente lejos de nuestro principio y que nuestra muerte está infinitamente lejos de nuestro final. Nuestras almas, que son nuestro auténtico ser, son inmortales, y los cuerpos de que tenemos conciencia son temporales,…”

Todos morimos. Recuerda que andas con un cadáver a cuestas. Eso que crees que eres tú, tu cuerpo, algún día morirá. Pero eso que eres tú, tu Alma, lo que de verdad eres, habitante de ese cuerpo, no morirá nunca. Y nuestra misión en cada vida es servir, dando amor al prójimo. Y el prójimo somos todos, incluida tú, y yo.

Que Dios nos bendiga a todos.

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En el artículo anterior hablaba acerca del amor y las consecuencias de su falta y manifestación en la aparición y desarrollo de la diabetes. Cuando se llama a cuidarse de la diabetes se hace pensando en reducir la ingesta de ciertos alimentos o sencillamente en prohibirlos. Esto puede que funcione para el estado cuando la enfermedad ya se ha manifestado. Mas, antes de su aparición ello no tiene ningún efecto, porque el organismo está sano. Qué obvio es eso, ¿verdad? Y, si sacamos una conclusión, la diabetes no puede entonces producirse por lo que se come. Más simple aún.

Claro, seguramente, dirán algunos, no considero los aspectos genéticos inherentes que predisponen a la persona al desarrollo de la enfermedad y por eso mi análisis carece de validez -no hablemos de validez científica porque eso no está ni cerca-. Pero, si pensamos en el tema genético me pregunto yo por qué en un grupo familiar, en el cual todos los hermanos son hijos de los mismos padres, y en el que todos han sido alimentados con los mismos alimentos, de la misma olla, uno desarrolla la enfermedad analizada y otro, o los otros, no. Bueno, seguramente, me retrucarán, que el que está afectado heredó los genes que predisponen a la enfermedad, y por eso la desarrolló. Y tan tranquilos entonces. Ya se ha explicado el fenómeno, que tiene nombre en latín además para que los simples mortales levanten las cejas en signo de admiración y bajen los hombros en signo se sumisión ante tamaña sabiduría.

Quiero poner en el tapete un asunto diferente hoy día: las herencias familiares. Los hijos heredamos de nuestros padres no solamente los rasgos físicos que se transmiten al producto resultante como consecuencia de la fusión del espermatozoide con el óvulo, sino que mucho más. Heredamos las creencias, los valores, el lenguaje, la religión, la forma de ser, y cargamos con las expectativas, los anhelos y los deseos de la familia anterior a nosotros. Muchas veces estos se transmiten desde los abuelos a los nietos o nietas. Cargamos además con los secretos familiares. Y todos estos “detalles” sí que tienen importancia en la aparición de la enfermedad. Los niños desde que nacen comienzan a desarrollar una tarea muy complicada y difícil, que es la de dar un significado, dar un sentido a la vida de sus padres. Y también a la de los abuelos, e incluso a la de los tíos, tías, primos, etc. Y ese sentido lleva consigo una carga para los niños, que está formada por los ya mencionados anhelos y deseos, ya sean físicos, intelectuales, sexuales, afectivos, profesionales o de cualquier otra índole. Y entonces, menuda labor la de los niños, que es cargar con la carga propia de ser lo que deben ser en la vida, manifestando sus dones únicos e irrepetibles, para además llevar la carga que inconscientemente reciben de la familia desde su concepción.

En la práctica de la terapia de vida pasada un ejercicio es revivir el período de gestación en el vientre materno, en el que los pacientes relatan los efectos que produce en ellos, así, bien pequeños anidados en el útero, las reacciones emocionales, mentales y la vivencia de los problemas de cada padre. En esta etapa el saber que su sexo será, o no, el que los padres o uno de ellos quiere para él puede constituirse en un verdadero calvario a partir del momento en que se da cuenta de la expectativa paterna o materna y de la profundidad y fuerza de ella. Muchos pacientes relatan con mucho dolor y pena esta situación, y anticipan el rechazo que sufrirán por parte de alguno de sus progenitores -o de ambos-  por esta circunstancia.

Entonces, el niño, desde que comienza a vivir empieza a cargar con los anhelos familiares y deberá hacerse cargo de llevar adelante los sueños de alguno de sus antepasados, o los proyectos que nadie ha podido cumplir antes. O que siga portando el estandarte familiar. Todos hemos accedido al conocimiento de la frustración de muchos padres porque el hijo no abraza la profesión paterna, que a veces es la misma del abuelo, lo que profundiza la emoción familiar negativa. La literatura abunda en estos ejemplos.

Pero, algunos patrones se repiten fácilmente, especialmente de comportamiento. Y la base de los patrones de comportamiento es que proceden de la actitud que tenemos ante la vida. Pero la actitud que tenemos ante la vida nace de las creencias que tenemos para vivirla. En efecto, las creencias que tenemos condicionan nuestra actitud; nuestra actitud condiciona nuestro comportamiento; y nuestro comportamiento condiciona nuestros resultados. Y en la producción de la enfermedad esto es plenamente válido. Entonces, cuando en una familia aparece la diabetes, por ejemplo en alguno de los padres, es necesario observar las creencias, actitudes y comportamientos de los descendientes, para detectar la repetición de los patrones. Esta repetición de patrones se ha empezado a conocer en terapias familiares como la “fidelización”. Es decir, los hijos nos abanderizamos con los padres y repetimos sus características por fidelidad hacia ellos o a alguno de ellos, y repetimos entonces, por ejemplo, la enfermedad, porque copiamos sus patrones de creencias.

Los padres debemos cuidarnos de no inculcar la repetición de las propias creencias en los hijos, ya que ellos son almas diferentes a nosotros, puestas a nuestro cuidado temporal solamente, y que tienen una misión propia y única, que se dará con la manifestación de sus dones únicos e irrepetibles y que muchas veces ni sospechamos de su existencia. Los padres debemos abstenernos de querer moldear las conciencias de los descendientes, siempre. No me cansaré nunca de insistir en la necesidad de hacer comprender a los padres que los hijos no son instrumentos de su propia felicidad, sino que son seres diferentes y únicos a los cuales debemos cuidar, guiar y proteger, para que puedan, cuando llegue su turno, volar libremente en pos de la manifestación de sus talentos, como regalo al mundo.

Entonces, ¿cómo nos cuidamos de una enfermedad que no ha aparecido?

La enfermedad no es material en su origen, como dijo tan bien el Dr. Edward Bach. Entonces, debemos acercarnos a la comprensión del origen de ella, para poder así hacer los cambios necesarios en las creencias, para cambiar la actitud ante la vida, y con ello cambiar el comportamiento, para de esa forma tener resultados diferentes. Y ese resultado es tener salud. Esto requiere de voluntad, valentía y fuerza, como todo el recorrido del camino del desarrollo personal. Pero la recompensa es grande. Lo que se hereda no es la enfermedad sino que son los patrones de comportamiento que llevan hacia ella. En la diabetes es la falta de manifestación del amor. La falta de amor. Y el amor se debe dar para recibirlo. Y parte siempre por nosotros mismos. Para dar amor debo recibirlo de mí mismo. Solamente ahí puedo darlo. Y comenzaré entonces a recibirlo. Y podré disfrutar del dar y recibir el amor.

Que Dios nos bendiga a todos.

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Mucho se dice de la enfermedad. Y del fracaso cada vez más evidente de las políticas públicas. Los recursos del presupuesto estatal destinados al sector “salud” son cada día más cuantiosos y la percepción de la gente es que los resultados son cada día peores. No ahondaré en los detalles, por ser negativos, e influir en el ánimo de los lectores. Pero hay un dato muy especial que creo necesario poner de relieve. La medicina occidental científica y académica tiene la particularidad de quitarle el poder a las personas. Esto porque sus actores principales, los médicos, les tienen acostumbradas a pensar en que las enfermedades son ajenas a ellos, vale decir no tienen nada que ver con sus comportamientos, sus emociones, sus creencias o sus conflictos, sino que son consecuencia de bichos externos o de la comida que ingieren. Sin embargo, sus fracasos en la causalidad son tan evidentes como cuando en una familia todos sus integrantes comen lo mismo, pero solamente uno de ellos hace cálculos, por ejemplo. Ahí, si no se puede culpar a la genética se utiliza al estrés. Aclarada la causa. Y el paciente y sus familiares, luego de la profusión de palabras en latín que significan solamente la descripción del fenómeno del síntoma, y de la correspondiente receta de medicamentos, escrita en forma ilegible para el común mortal, pierden el poder de afrontar la enfermedad por sí mismos, resolviendo los conflictos que la generaron.

Los hospitales, consultorios, postas y consultas privadas se ven llenos de personas, los pacientes, muy pacientes, que han perdido el poder personal, que ha sido arrebatado utilizando herramientas como el miedo, por ejemplo, guiado por la arrogancia. Y buscan entonces solución a su sintomatología sin tener nada de poder. Por ello, cada día se ven más y más personas que acuden a los centros, y ellos se van viendo sobrepasados por la demanda. Y como las gentes no tienen poder personal este debe ser provisto por aquellos a quienes se les ha dado, o que lo han tomado, utilizando las herramientas de que disponen, como son los medicamentos, por ejemplo.

Por otro lado, al perder las personas la comunicación consigo mismos –por no tener el poder- no pueden interiorizarse de las causas de su enfermedad, no pudiendo reconocer entonces las verdaderas razones de las dolencias.

Hay otro punto que creo importante resaltar. Una enfermedad se produce como resultado de un largo proceso de conflicto, que en algunos casos puede durar años. Pero la medicina occidental pretende solucionarlo con medicamentos en unas cuantas horas, o días a lo sumo. Entonces, las personas pierden todo contacto consigo mismos y con los mensajes que transmite el cuerpo y que dan los avisos para mejorar la vida. Entonces, mayor sustracción del poder personal. Y las consecuencias las podemos ver diariamente en las estadísticas sectoriales y en las noticias que dan cuenta de la calidad de las atenciones en los establecimientos públicos y en la percepción del pueblo.

 

Me permito aportar un capítulo del libro “Libérense a ustedes mismos” del Dr. Edward Bach, que puede ayudar en la comprensión del concepto de salud:

 

«Capitulo II

 

La salud depende de la armonía con nuestras propias almas

 

Es de primordial importancia que el verdadero significado de la salud y la enfermedad sea claramente comprendido.

La salud es nuestra herencia; nuestro derecho. Es la unión total y absoluta entre el alma, la mente y el cuerpo, y no es un ideal demasiado lejano ni difícil de alcanzar; por el contrario, es tan fácil y natural que ha pasado desapercibido para muchos de nosotros.

Todas las cosas terrenales no son más que interpretaciones de las cosas espirituales. La más pequeña e insignificante de las ocurrencias tiene detrás un propósito divino.

Cada uno de nosotros tiene una misión divina en este mundo, y nuestras almas usan nuestras mentes y nuestros cuerpos como instrumentos para la realización de esta tarea; de esa forma, cuando los tres están trabajando al unísono, el resultado es la salud y la felicidad perfecta.

Una misión divina no significa necesariamente sacrificio, retirarse del mundo o rechazar los placeres de la belleza y la naturaleza; por el contrario, significa disfrutar más y mejor de todas las cosas. Significa hacer el trabajo de la casa, cultivar una granja, pintar, actuar, o servir a nuestros semejantes en la forma en que sepamos. Y esta tarea, cualquiera que sea, si la amamos por sobre todas las cosas, seré el definitivo mandato de nuestras almas; la tarea que estamos llamados a hacer en este mundo, y el único en que podremos ser nosotros mismos, interpretando de una forma material y cotidiana el mensaje del verdadero Yo. Nuestra salud y nuestra felicidad serán así las que nos permitan juzgar hasta donde hemos interpretado bien este mensaje.

En el hombre perfecto existen todos los atributos espirituales, y venimos a este mundo a manifestarlos de a uno por vez, así como a perfeccionarlos y fortificarlos de modo que ninguna experiencia ni dificultad pueda debilitarnos o apartarnos del cumplimiento de ese propósito.

Nosotros elegimos nuestras propias ocupaciones terrenales y las circunstancias externas que nos proporcionarán las mejores oportunidades de probarnos al máximo. Venimos con el conocimiento global de nuestra tarea específica; venimos con el inimaginable privilegio de saber que todas nuestras batallas están ganadas antes de entrar en combate; que la victoria es cierta aún antes de que llegue la prueba, porque nosotros sabemos que somos los hijos del Creador, y como tales, divinos, inconquistables e invencibles. Con este reconocimiento, la vida es un verdadero regocijo; las dificultades y las experiencias pueden considerarse como aventuras, porque si comprendemos plenamente el poder que tenemos y somos fieles a nuestra Divinidad, todas las dificultades se desvanecerán como la niebla bajo el sol. Para ello Dios otorgó a sus criaturas el dominio sobre todas las cosas.

Tan sólo con escucharlas, nuestras almas nos guiarán en cada circunstancia y en cada dificultad; la mente y el cuerpo, dirigidos por ella, pasarán por la vida irradiando felicidad y perfecta salud, tan libres de preocupaciones y responsabilidades como un confiado niño pequeño.»

 

Que Dios nos bendiga a todos y nos ayude a tener salud.

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Sin duda alguna que lo que va más allá de lo convencional, lo científicamente validado, está teniendo más aceptación en el mundo moderno. Las personas están comprendiendo que hay mucho más de lo que se puede ver, de lo que se puede medir, de lo que se puede tocar o cuantificar. Es todo un mundo el que hay más allá. ¿O un universo? Las preguntas que nos hacemos siempre van buscando respuesta, que es lo que necesitamos como seres humanos, y cuando estas son precarias se busca más a fondo. Las personas sabemos, y solamente basta a veces una pequeña señal para que se despierte y aflore ese conocimiento, sin esfuerzo, sin sacrificios, sin siquiera pretender hacerlo. Solamente funciona así. Se producen las tomas de conciencia, o insights, como les gusta llamarlos a algunos. De ambas formas vale la definición del fenómeno. Hoy hay muchas terapias de las llamadas alternativas que son utilizadas por las gentes para ayudarles a sobrellevar sus enfermedades y malestares particulares. Y muchos son los éxitos, que se mantienen y difunden silentes para no despertar a los ogros del miedo que se visten de científicos y catalogan a lo que no entienden ni pueden percibir como supersticiones u otros adjetivos algo más odiosos.

La salud es un estado de equilibrio natural del ser humano. Cuando ella se pierde se alcanza un nuevo equilibrio, en que se manifiesta entonces algún desequilibrio más profundo en nuestras vidas. Y es ahí donde se necesita la ayuda. La enfermedad es odiada como lo que más en la tierra. Esta tiene la particularidad que cuando aparece, por pequeño que sea el síntoma, nos hace sentir derrotados, inservibles, miserables. Y ocurre que lo primero que viene a la mente al hacer la aparición la enfermedad son los costos asociados a ella de acuerdo a su intensidad, y a la dependencia que ella producirá. Dependencia de algún ser querido, las más de las veces. La enfermedad despierta muchas veces lo más temido en el hombre. Y hoy escucho muchas veces a las personas decir que lo único que no quieren es depender de otras, menos de los parientes, y la enfermedad los hace depender de ellos.

La enfermedad nos hace sinceros y no hace otra cosa que ayudarnos a sanar. Muchas veces no es más que un medio para que se produzcan situaciones que requieren ser sanadas, que necesitan ser equilibradas. Es común que ante la aparición de enfermedades desafiantes se producen nuevos equilibrios familiares, y deben destinarse recursos monetarios y afectivos hacia el o la afectada. Y a lo mejor eso es lo que se necesita para sanar. Tanto los enfermos como los aparentemente sanos.

Los seres humanos somos seres emocionales y no racionales. Lo que nos guía siempre es la emoción y no la razón como hemos querido creer a quienes nos lo dijeron. Obedecemos a las emociones, nos movemos por las emociones y no por la razón. Siempre detrás de la razón hay una emoción que la gatilla. No estoy hablando de que el comportamiento aceptado deba ser emocional solamente. No, solamente digo que somos seres emocionales y no racionales. Lo que pasa es que hemos aprendido con el avance de la civilización, la vida en comunidad y el respeto por el otro expresado en los buenos modales a dominar las emociones. Este dominio de las emociones está íntimamente ligado a la educación e instrucción.

La emoción es inherente al ser humano. Y nuestro cuerpo siempre la expresa. Y por lo general esa emoción no se puede dominar. Nos ponemos pálidos de miedo,  o nos orinamos. O no atinamos a cerrar la boca cuando nos sorprendemos por algo, como cuando miramos un nuevo alto edificio hacia arriba. A veces nuestros ojos brillan de alegría. O se humedecen con la pena. O se nos llena la boca de saliva con el dolor. O nos tapamos los ojos y la cara ante imágenes descarnadas. O nos agarramos la cabeza atenazados por el dolor y la pena. Se nos pone la piel de gallina cuando vemos escenas de terror en el cine.

En lo que concierne a la enfermedad  el lenguaje popular siempre ha reflejado la importancia de las emociones. Frases como “me duele el estómago de sólo pensarlo”; “se me parte el corazón verlo así”; son claros ejemplos de ello.

Hay golpes emocionales que desencadenan episodios de enfermedades. Como ejemplos, la muerte de un familiar. Mientras más cercano mayor la intensidad. Las separaciones y divorcios. Término de relaciones amorosas. Los exilios o extrañamientos. Pérdida de empleos o propiedades. Traslados no deseados a otra ciudad o a otro país. Pérdidas económicas importantes. Y muchos otros más que pueden engrosar la lista. Estos episodios desencadenan emociones negativas como la pena, el miedo, la rabia, el odio, la frustración, por ejemplo, que actuarán a través de un órgano para expresarse entonces como una enfermedad.

Hoy las terapias no convencionales están ayudando a los seres humanos a sanar. Muchas de ellas actúan a nivel emocional, y consistentemente ayudan al paciente. El que quiere sanar necesita poner de su parte la voluntad para trabajar entonces las emociones subyacentes, reconociéndolas, para entonces ir logrando nuevos equilibrios, que le sean beneficiosos. Conozco personalmente el caso de un hospital que utiliza las flores de Bach, la acupuntura y el reiki para ayudar a los tratamientos de los pacientes. Comenzó con un nombre adecuado para poder operar en un ambiente tradicional, “Unidad de tratamiento del dolor”, y poco a poco se ha ido ganando un espacio como soporte y ayuda a las gentes que asisten a ella.

La simple terapia sin embargo muchas veces no basta y se hace necesario un trabajo de desarrollo personal, que nos conduzca por la senda del cambio positivo, y ese trabajo requiere de valentía  y de voluntad. Valentía para asumir, aceptar y hacer los cambios necesarios para sanar, que muchas veces significan profundos cambios en el círculo afectivo más cercano, y voluntad para no desmayar, sabiendo que al final del túnel estará la luz de la sanación.

Que Dios nos bendiga.

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Estos últimos días he recibido algunas consultas referentes a la misión que tenemos en la vida y a los aprendizajes de ello.

En la práctica de la terapia de vidas pasadas he podido comprobar –aunque no científicamente como les gusta a muchos, ya que no puedo medir o pesar la experiencia- que cada vida tiene una o más misiones específicas, que nos hemos comprometido a realizar, y que en cada vida tenemos una tarea –o varias- que aprender. Las más de las veces no somos conscientes de ello. Pero, invariablemente, cuando se atraviesa el proceso de muerte, es decir cuando el Alma abandona el cuerpo que habitaba se reconoce inmediatamente lo que se aprendió en esa vida recién terminada, y se examina además el grado del aprendizaje que se tuvo, y con ello se da cuenta de la satisfacción por lo obrado. Por eso, algunas vidas que parecen muy duras e incluso injustas a los ojos compasivos y sentimentales  a los que estamos acostumbrados en esta sociedad occidental, encierran un aprendizaje y el cumplimiento de tareas que pueden llegar a ser muy complejas y profundas, pero que para el Alma son necesarias de atravesar, para completar su peregrinar y volver a Dios.

A veces una simple tarea puede llevar toda una vida, como por ejemplo, aprender a vivir independientemente de los familiares cercanos.

El Dr. Bach, creador del célebre sistema floral, dice en su libro “Cúrese Usted mismo” lo siguiente:

Capítulo 5

 La función paterna es dejar crecer en libertad

Dado que la falta de individualidad (es decir, permitir la interferencia ajena sobre nuestra personalidad, lo que nos impide cumplir los mandatos del Ser Supremo) es de tanta importancia en la producción de la enfermedad, y dado que suele iniciarse muy pronto en la vida, pasemos a considerar la auténtica relación entre padres e hijos, maestros y discípulos.

Fundamentalmente, el oficio de la paternidad consiste en ser el instrumento privilegiado (y, desde luego, el privilegio habría de considerarse divino) para capacitar a un alma a entrar en contacto con el mundo por el bien de la evolución. Si se entiende de forma apropiada, es probable que no se le ofrezca a la humanidad una oportunidad más grande que ésta para ser agente del nacimiento físico de un Alma y tener el cuidado de la joven personalidad durante los primeros años de su existencia en la tierra. La actitud de los padres debería consistir en dar al recién llegado todos los consejos espirituales, mentales y físicos de que sean capaces, recordando que ha venido a este mundo a adquirir su propia experiencia y conocimientos a su manera, según los dictados de su Ser Superior, y hay que darle cuanta libertad sea posible para que se desarrolle sin trabas.

La profesión de la paternidad es de servicio divino y debería respetarse tanto, si no más, que cualquier otra tarea que tengamos que desempeñar. Como es una labor de sacrificio, hay que tener siempre presente que no hay que pedirle nada a cambio al niño, pues consiste sólo en dar, y sólo dar, cariño, protección y guía hasta que el alma se haga cargo de la joven personalidad. Hay que enseñar desde el principio independencia, individualidad y libertad, y hay que animar al niño lo antes posible a que piense y obre por sí mismo. Todo control paterno debe quedar poco a poco reducido conforme se vaya desarrollando la capacidad de valerse por si mismo, y, más adelante, ninguna imposición o falsa idea de deber filial debe obstaculizar los dictados del Alma del niño.

La paternidad es un oficio de la vida que pasa de unos a otros, y es en esencia un consejo temporal y una protección de duración breve que, transcurrido un tiempo, debería cesar en sus esfuerzos y dejar al objeto de su atención libre de avanzar solo. Recordemos que el niño, de quien podemos tener la guardia temporal, quizás sea un Alma mucho más grande y anterior que la nuestra y quizá sea espiritualmente superior a nosotros, por lo que el control y la protección deberían limitarse a las necesidades de la joven personalidad.

La paternidad es un deber sagrado, temporal en su carácter, y que pasa de generación en generación. No conlleva más que servicio y no hay obligación a cambio por parte del joven, puesto que a éste hay que dejarle libre para cumplir con esa misma tarea pocos años después. Así el niño no tendrá restricciones, ni obligaciones ni trabas paternas, sabiendo que la paternidad se le había otorgado primero a sus padres y que él tendrá que cumplir ese mismo cometido con otro.

Los padres deberían guardarse particularmente de cualquier deseo de moldear a la joven personalidad según sus propios deseos o ideas, y deberían refrenarse y evitar cualquier control indebido o cualquier reclamación de favores a cambio de su deber natural y privilegio divino de ser el medio de ayuda a un Alma para que ésta se ponga en contacto con el mundo. Cualquier deseo de control, o deseo de conformar la joven vida por motivos personales, es una terrible forma de codicia y no deberá consentirse nunca, porque si se arraiga en el joven padre o madre, con los años éstos se convertirán en auténticos vampiros. Si hay el menor deseo de dominio, habrá que comprobarlo desde el principio. Debemos negarnos a ser esclavos de la codicia que nos impulsa a dominar a los demás. Debemos estimular en nosotros el arte de dar, y desarrollarlo hasta que con su sacrificio lave cualquier huella de acción adversa.

El maestro deberá siempre tener presente que su oficio consiste únicamente en ser agente que dé al joven guía y oportunidad de aprender las cosas del mundo y de la vida, de forma que todo niño pueda absorber conocimiento a su manera, y, si se le da libertad, pueda elegir instintivamente lo que sea necesario para el éxito de su vida. Una vez más, por tanto, no debe darse nada más que un cariñoso cuidado y guía para permitir al estudiante adquirir el conocimiento que requiere.

Los niños deberían recordar que el oficio de padre, como emblema de poder creativo, es divino en su misión, pero que no implica restricción en el desarrollo ni obligaciones que puedan obstaculizar la vida y el trabajo que les dicta su alma. Es imposible estimar en la actual civilización el sufrimiento callado, la restricción de las naturalezas y el desarrollo de caracteres dominantes que produce el desconocimiento de este hecho. En casi todas las familias, madres e hijos se construyen cárceles por motivos completamente falsos y por una equivocada relación entre padre e hijo. Estas prisiones ponen barras a la libertad, obstaculizan la vida, impiden el desarrollo natural, traen infelicidad a todos los implicados y provocan esos desórdenes mentales, nerviosos e incluso físicos que afligen a la gente, produciendo una gran mayoría de las enfermedades de nuestros días.

No se insistirá nunca lo suficiente sobre el hecho de que todas las almas encarnadas en este mundo están aquí con el específico propósito de adquirir experiencia y comprensión, y de perfeccionar su personalidad para acercarse a los ideales del Alma. No importa cuál sea nuestra relación con los demás, marido y mujer, padre e hijo, hermano y hermana, maestro y hombre, pecamos contra nuestro Creador y contra nuestros semejantes si obstaculizamos por motivos de deseo personal la evolución de otra Alma. Nuestro único deber es obedecer los dictados de nuestra propia conciencia, y ésta en ningún momento debe sufrir el dominio de otra personalidad. Que cada uno recuerde que su Alma ha dispuesto para él un trabajo particular, y que, a menos que realice ese trabajo, aunque no sea conscientemente, dará lugar inevitablemente a un conflicto entre su Alma y su personalidad, conflicto que necesariamente provocará desórdenes físicos.

Cierto es que una persona puede tener vocación de dedicar su vida a otra, pero antes de que lo haga, que se asegure bien de que eso es lo que manda su Alma, y de que no se lo ha sugerido otra personalidad dominante que le haya persuadido, y de que ninguna falsa idea del deber le engaña. Que recuerde también que venimos a este mundo para ganar batallas, para adquirir fuerza contra quienes quieren controlarnos, y para avanzar hasta ese estado en el que pasamos por la vida cumpliendo con nuestro deber sosegada y serenamente, indeterminados y no influenciados por cualquier ser vivo, serenamente guiados en todo momento por la voz de nuestro Ser Superior. Para muchos, la principal batalla que habrán de librar será en su casa, donde, antes de lograr la libertad para ganar victorias por el mundo, tendrán que liberarse del dominio adverso y del control de algún pariente muy cercano.

Cualquier individuo, adulto o niño, que tenga que liberarse en esta vida del control dominante de otra persona, deberá recordar lo siguiente: en primer lugar, que a su pretendido opresor hay que considerarle de la misma manera que se considera a un oponente en una competición deportiva, como una personalidad con la cual estamos jugando al juego de la vida, sin el menor asomo de amargura, y hay que pensar que de no ser por esa clase de oponentes no tendríamos oportunidad de desarrollar nuestro propio valor e individualidad; en segundo lugar, que las auténticas victorias de la vida vienen del amor y del cariño, y que en semejante contexto no hay que usar ninguna fuerza, cualquiera que sea: que desarrollando de forma segura nuestra propia naturaleza, sintiendo compasión, cariño y, a ser posible, afecto –o mejor, amor- hacia el oponente, con el tiempo podremos seguir tranquila y seguramente la llamada de la conciencia sin la menor interferencia.

Aquellos que son dominantes requieren mucha ayuda y consejos para poder realizar la gran verdad universal de la Unidad y para entender la alegría de la Hermandad. Perderse estas cosas es perderse la auténtica felicidad de la Vida, y tenemos que ayudar a esas personas en la medida de nuestras fuerzas. La debilidad por nuestra parte, que les permite a ellos extender su influencia, no les ayudará en absoluto; una suave negativa a estar bajo su control y un esfuerzo por que entiendan la alegría de dar, les ayudará a subir el empinado camino.

La conquista de nuestra libertad, de nuestra individualidad e independencia, requerirá en muchos casos una gran dosis de valor y de fe. Pero en las horas más negras, y cuando el éxito parece totalmente inaccesible, recordemos siempre que los hijos de Dios no tienen que tener nunca miedo, que nuestras Almas solo nos procuran tareas que somos capaces de llevar a cabo, y que con nuestro propio valor y nuestra fe en la Divinidad que hay dentro de nosotros, la victoria llegará para todos aquellos que perseveran en su esfuerzo.

Sin duda que este documento es de una profundidad impresionante y es por eso que, aunque extenso, lo he querido compartir con ustedes.

Que Dios les bendiga

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Muchas veces en la vida nos equivocamos. Es cierto, somos humanos, no perfectos, y está bien equivocarse, porque de la equivocación nace el aprendizaje. Es un aprendizaje duro a veces, pero es una enseñanza válida.

Pero solamente podemos darnos cuenta de que estamos equivocados en base a una vivencia posterior, con la cual podemos comparar lo que nos ha pasado. Cuando una persona sabe lo que va a suceder con su acción y el resultado no será el deseado esa persona simplemente miente. No se equivoca, miente. Y el ser humano siempre actúa pensando en que no se cometerán errores, porque ellos se pueden solamente analizar en el futuro. Pero muchas veces nos mentimos a nosotros mismos, actuando de determinada manera, ya que esa acción no nos producirá a nosotros el resultado deseado. Ejemplo de ello es que a veces comemos en exceso o comemos alimentos ricos en azúcar que lo que producirá es gordura, pensando que no nos pasará nada si lo hacemos. Eso es un engaño. Pero, a pesar que sabemos el resultado de nuestra acción requerirá tiempo darnos cuenta de la equivocación. A veces pasamos la vida sin percatarnos de nuestras equivocaciones, lo que puede acarrear consecuencias en la salud.

Como seres humanos que somos estamos condicionados por nuestra historia, creencias, costumbres, tradiciones, cultura, educación, pensamientos y emociones. Eso nos constituye como somos, y desde esa plataforma observamos el mundo que nos rodea y lo interpretamos entonces. Así, con esa base nuestra interpretación y acción por lo tanto nunca puede estar equivocada en el presente, y necesitamos ir al futuro para darnos cuenta de lo equivocados que estábamos cuando actuamos. Mas, siempre pretendemos que el otro observe la realidad de la misma forma que yo lo hago, y eso es imposible, ya que el otro es un observador diferente porque su historia, sus experiencias, sus creencias, sus costumbres, sus tradiciones, su cultura, su educación, sus pensamientos, sus emociones y su capacidad intelectual son diferentes a las mías.

A veces, la equivocación, que se verá en el futuro, es provocada inconscientemente por la persona, para producir entonces la experiencia que necesita para su aprendizaje, para que su Alma tenga la oportunidad de experimentar lo que necesita para el aprendizaje al que vino a la tierra. Es posible que suene descabellado para la mente racional, aquella socialmente admitida como correcta, pero, pregunto, ¿qué pasaría si fuese ello cierto? El poder pensar en la certeza de esta afirmación necesita salir entonces de nuestro sistema de creencias, necesita estar dispuesto a revisar eso que somos, para poder dar cabida a ello.

En el asunto de la salud es necesario que pensemos de manera diferente a lo que nos han acostumbrado, a lo que nos han dicho que es verdad. A través de los años hemos visto que muchas veces se ha equivocado la ciencia médica y se seguirá equivocando, para sufrimiento de muchos. Por desgracia el constatar la equivocación es siempre posterior, y ello puede ser muy duro.

La enfermedad no es un enemigo a derrotar. No ganamos al luchar contra ella. Vea usted el resultado de la lucha contra las enfermedades cardiovasculares: han llevado al infarto a ser la principal causa de muerte. No, la lucha solamente da más fuerza a lo que queremos eliminar. Si comprendiéramos que no hay que luchar contra el ataque al corazón dejando de comer muchas cosas y sometiéndonos a rigurosos programas de esfuerzo físico sino que debemos desarrollar la capacidad de vivir el amor, aceptando nuestras emociones y dejándolas que se expresen libremente, y no sometiéndolas a la cárcel con barrotes de obligaciones y normas y reglas de lo “que debe ser”.

Sor Teresa de Calcuta decía que no la invitaran ni a manifestaciones ni a causas en contra de la guerra, sino que la invitaran a causas y manifestaciones a favor de la paz.

Distinto es entender el mensaje de la enfermedad, darnos cuenta qué es lo que nos quiere decir, y cuál es el mensaje que se expresa en el síntoma, no para luchar contra él. Me decía un antiguo profesor que la medicina occidental actúa con el síntoma de la misma forma que si actuáramos dando un martillazo a la luz que se prende en el tablero de nuestro automóvil indicándonos una falla en él. Se suprime la alerta, el síntoma, y seguimos la marcha, para caer poco más allá con el vehículo detenido y necesitando reparaciones mayores. EL Dr. Edward Bach plantea que la enfermedad es un conflicto, de larga data, entre el Alma y la mente, “y jamás podrá ser erradicada, excepto por medio de un esfuerzo mental y espiritual”. Ese esfuerzo debe ir dirigido a desarrollar la virtud o virtudes cuya inexistencia dejan lugar al defecto que provoca entonces el conflicto.

La enfermedad nos habla de lo que nos falta, de lo que carecemos, nos muestra la sombra en nosotros, y nos indica la necesidad de cambiar, de ser mejores. La enfermedad es solamente una pérdida de un equilibrio, para llegar a ese otro estado de equilibrio. Y ese desequilibrio se produce a nivel de la conciencia y se muestra en el cuerpo, a través de los síntomas que manifiesta. Por lo tanto la lucha contra la enfermedad es una batalla perdida, porque no desaparecerá nunca de la faz de la tierra, y está ahí para enseñarnos en camino, aunque sea doloroso.

Esta nueva mirada requiere de apertura de mente, comprender que la equivocación no se ve en el presente y se verá en el futuro, en la medida que aumentemos la conciencia de quienes somos en realidad.

La enfermedad busca sanarnos, haciéndonos sinceros. Pero debemos ser sinceros y honestos con nosotros mismos para producir los cambios necesarios para mejorar, para ser mejores hombres, comprendiendo que la sanación está en el amor, que tiene múltiples manifestaciones en todo cuanto nos rodea, en nuestro prójimo y en nosotros mismos, que es desde donde debe comenzar la sanación.

No importa si nos equivocamos mientras aprendamos la lección. Y nos equivocaremos tantas veces necesitemos para aprenderla. Aunque necesitemos tiempo para comprenderlo.

Que Dios les bendiga.

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