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Archive for 20 abril 2010

Esta semana ha conmovido al país la tragedia de una familia en que el padre se ha quitado la vida descerrajándose un tiro en la cabeza después de una discusión con su mujer. El hombre, padeciendo una fuerte depresión, había sufrido algunos acontecimientos traumáticos como una quiebra económica y el suicidio de su madre, hecho que la prensa ha situado hace dos años atrás, cuando ella para quitarse la vida se arrojó desde un sexto piso.

Es este último hecho, el suicidio de la madre, el que me ha llamado la atención, y al que sindico como causa de lo sucedido la noche del jueves y madrugada del viernes 16, lo que explicaré a continuación.

Cuando se produce una muerte violenta, como el suicidio, el alma que ha habitado el cuerpo sale violentamente de él, en un estado de extrema confusión. No puede explicarse dónde está ni qué hace en esa condición en que las personas parecen no verle ni menos escucharle, por más empeño que pone. No puede explicarse nada. El suicida ha pensado siempre antes de tomar acción que con la muerte se acabará todo y sus problemas se resolverán por esa vía. Sin embargo, como lo único que muere es el cuerpo físico, la sensación que queda es que no ha pasado nada, que no ha muerto, y que nada se ha resuelto. Me llama la atención que todas las religiones condenen el suicidio, pero ninguna es explícita en decir lo que sucede con el alma del suicida.

En el caso que nos ocupa la situación es bastante clara, a mi entender.

Cuando la madre se suicidó su alma salió expulsada del cuerpo, y la sensación de confusión de ella la llevó a deambular sin destino. Entonces, encontró a su hijo, quien presa de una pena profunda, y rabia posiblemente, presentaba fisuras en su campo vibratorio, por donde entonces entró y se aferró a él. Ella, en su confusión, creyó que seguía con vida y comenzó a tratar de imponer su voluntad por sobre la voluntad del dueño del cuerpo, su propio hijo. El suicidio de la madre fue gatillado por su depresión, y esa sensación de tristeza, melancolía, pena, desgano y cansancio la llevó con ella después de ocurrido el hecho. Al introducirse en el campo energético de su hijo comenzó a transmitir las sensaciones a él, comenzando entonces este con el proceso de depresión. Pero esa depresión no era de él, sino de ella, que actuaba a través de él, y causaba entonces su efecto. Esto es bastante común en este fenómeno de las posesiones espirituales.

Debo decir que estas posesiones no son demoníacas ni malignas, sino simplemente asuntos energéticos que no pueden ser explicados con la mirada científica occidental imperante. Son lo que se denomina en TVP almas perdidas, las que por alguna razón permanecen en el plano físico en vez de pasar a la dimensión espiritual donde pertenecen. El alma perdida no tiene conciencia de que su cuerpo ha muerto, y por lo general acaba adhiriéndose al campo vibratorio –aura- de una persona viva. El alma perdida comienza a interferir a nivel subconsciente con la persona a la cual se adhirió, transmitiéndole sus pensamientos, sus emociones, sus recuerdos, sus creencias, en fin, aquellas cosas que le eran propias, y comienza entonces una lucha de voluntades por prevalecer. De ese modo el alma perdida comienza a interferir en la vida del dueño del cuerpo, sin que, por lo general, ninguno de los dos tenga conciencia de ello.

En el caso que nos ocupa puede haber sucedido que la madre pensó que su intento de suicidio fue fallido, y entonces, alojada en el cuerpo de su hijo lo incitó a completar lo que creyó incompleto, su propio suicidio.

La confusión que se produce producto de las muertes violentas –asesinatos, suicidios, accidentes, etc.-  puede ser más pronunciada en las personas que no creen en la vida después de la muerte, ya que por lo general se nos ha enseñado que después de la muerte hay dos destinos, el uno hacia arriba si hemos sido buenos o el otro hacia el calor de abajo si hemos sido lo contrario. Este desconocimiento de la vida espiritual produce más almas perdidas que los asuntos trágicos, ya que muchos no se atreven a ir a la Luz, temerosos del juicio al que creen serán sometidos.

Otra explicación para lo sucedido en el caso que nos preocupa es que el alma perdida de  la madre, cargada por las características de la depresión por la que atravesaba, transmitía sus sensaciones, pensamientos y emociones a su hijo, con lo cual éste aparecía con los mismos síntomas, deprimiéndose entonces él, adoptando entonces el camino de la autoeliminación.

Una tercera vertiente de explicación viene dada por afinidades entre la madre y el hijo, producto de promesas u otros asuntos difíciles de pesquisar, que pueden llevar al hijo a seguir a su madre, con la esperanza de volver a estar juntos. La dificultad estriba que en el plano físico, al cual se atan por la confusión post mortem, la capacidad de estar juntos se ve truncada por pertenecer a ámbitos diferentes, el físico o material y el espiritual, con lo cual la convivencia es precaria, por decir lo menos.

Este fenómeno es bastante común y en la práctica de la TVP se encuentra con frecuencia. Las almas perdidas por su confusión deambulan y se meten en el campo vibratorio de alguna persona viva, para de ese modo “seguir viviendo”, pero cuando lo hacen crean numerosos problemas y desajustes.

Es bastante común que las almas de personas que son fuertemente retenidas y lloradas por sus parientes cercanos se queden y se conviertan en huéspedes de estos, con los consiguientes problemas.

Pero en el caso que nos ocupa la causalidad, a mi modo de ver, es bastante clara.

Ahora, es necesario rezar y pedir la Luz por las almas de ambos suicidas, para que puedan ver la Luz e irse, y no quedarse en el cuerpo de alguna otra persona que puede ser una futura víctima.

Que Dios les bendiga.

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En la TVP -Terapia de Vidas Pasadas- hay un par de conceptos que me parecen de mucha importancia, y que se relacionan coincidentemente –aunque las coincidencias pareciera que no existen- con algún fenómeno actual de la juventud. Uno de ellos son las promesas y votos. Me refiero a una promesa especial, y que se formula en el matrimonio religioso: “Yo, Fulano de Tal, prometo ………. , hasta que la muerte nos separe”. Cuando se formula una promesa hay dos voluntades comprometidas, ya que se necesitan al menos dos para hacerla, especialmente en este caso. Y un asunto importante de la promesa es que hay una pérdida de energía importante, que es tomada por el otro, y viceversa. Ahora bien, como sabemos que la muerte no existe, la promesa permanece en el tiempo, imperecedera también, forzándonos a respetarla o simplemente a afectarnos en cada vida. La juventud actual, que parece lleva una sabiduría innata, cada día acude menos a la iglesia a contraer el compromiso del matrimonio, prefiriendo vivir en parejas, basándose solamente en el sentimiento del amor que se profesa el uno al otro. Para poder liberarse de las promesas y recuperar la energía perdida debe realizarse un ejercicio con una sencilla fórmula. Simplemente.

La promesa hecha en el matrimonio puede afectar seriamente a alguna persona que ha visto su matrimonio terminado ya sea por separación, divorcio o incluso viudez, ya que al establecer una nueva relación amorosa con una persona diferente puede ver afectado su comportamiento -y con ello los resultados de la relación- debido a que en su interior siente que está faltando a la promesa dada. Esto puede afectar seriamente a la persona, llegando a afectar el comportamiento sexual, con las consecuencias previsibles de estabilidad de la relación. Puede que los efectos sean sutiles, pero no por ello dejan de ser importantes, porque pueden afectar la capacidad de vivir una vida de mayor felicidad.

Por ello, cuando las personas toman un camino de separación en vida, o quedan viudas, es necesario que realicen el ejercicio del rompimiento de la promesa y el corte de los cordones energéticos con la otra persona y a la devolución y recuperación de las energías correspondientes. Un terapeuta entrenado puede guiar en este proceso con fluidez y seguridad. Cuando en la terapia se descubre que una promesa hecha en alguna vida pasada está afectando la vida actual, y que se puede manifestar en malas relaciones con la actual pareja, o dificultades de conducta u otro tipo, debe procederse de igual forma a la descrita antes, para solucionar la situación y mejorar la vida.

El otro concepto, parecido al de las promesas, es el de los juramentos. Los juramentos llevan involucrado una fuerte carga emocional, ya que son por lo general pronunciados en ocasiones de especial significación en la vida de las personas, siendo a veces el episodio más especial y significativo de esa existencia. Un juramento puede proyectarse con mucha fuerza a alguna o algunas vidas sucesivas, con el consiguiente efecto en el desarrollo de cada vida de esa persona. Hay juramentos especialmente importantes y significativos. Uno de ellos es el juramento de amor eterno. Cuando se hace este juramento se realiza bajo una fuerte carga emocional, y puede ir acompañado de algún ritual, como es intercambiar una gota de sangre en una herida abierta al efecto en un dedo de cada cual. Como he dicho antes, la eternidad no tiene final, y como no morimos nunca vivimos entonces en esa eternidad. Con ello aclarado podemos inferir de inmediato que el juramento tendrá validez por toda la eternidad, con la necesaria consecuencia de restringir el encuentro amoroso vida tras vida solamente a los juramentados. Si alguno de los ellos no aparece en la vida del otro –por alguna razón que no ahondaremos ahora- este se va a quedar sin poder experimentar el amor de pareja, ya que no va a poder tener la libertad de buscar un o una compañera. Ahora bien, ¿qué sucede cuando uno de los juramentados viene a vivir una vida con el sexo similar al de su compañero juramentado? Podemos imaginar la respuesta.

Un juramento puede hacerse también al ingresar a pertenecer a alguna organización filosófica que tiene actividades secretas que pueden llegar a ser reñidas con el bienestar de alguna persona o grupos de personas. Ese juramento puede llevarse por vidas sucesivas, afectando seriamente al juramentado, quien tenderá a perpetuar el comportamiento de la vida en que efectuó el juramento. Y como los tiempos han cambiado con rapidez, pueden haber cambiado las condiciones ambientales o sociales bajo las cuales se desarrollaron los juramentos, con las consiguientes desadaptaciones del juramentado, que pueden influir en la mala calidad de la vida.

Las promesas a los dioses son los votos. Ellos también son tratados terapéuticamente igual que las promesas y los juramentos. Los más importantes y que pueden afectar seriamente son los votos de pobreza, de castidad, de obediencia, de silencio, de celibato, de sufrimiento o expiación.

Por eso, cuando le pidan o exijan prometer algo piénselo fríamente y apele a su libre albedrío. Puede ahorrarle muchos dolores de cabeza.

Que Dios nos bendiga

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Vivimos un mundo lleno de contradicciones. Por una parte creemos que el progreso traerá felicidad y bienestar a nuestras vidas, y vemos no solamente que ello no es así, sino que a mayor progreso mayor es la brecha entre los que pueden acceder a él y los que no pueden. Con el agravante que este segundo grupo se incrementa porcentualmente día a día. El progreso material nos prometió darnos tiempo libre para poder dedicarnos a ser mejores, a gozar de la vida, a cultivar las artes y el espíritu, pero no solamente no ha cumplido, sino que cada vez nos queda menos tiempo, ya que corremos apresuradamente para obtener recursos para comprar el último adelanto tecnológico, producto de ese progreso. Y ya no hay tiempo para el prójimo ni para nosotros. Por otro lado el miedo a la muerte hace a las personas tener la esperanza de no morir o morir a la más avanzada edad posible, pero se vive en un mundo en que el culto a la juventud valora en nada a la vejez, y nadie quiere envejecer o ser considerado viejo. Esta paradoja de esforzarse en alcanzar algo que nadie quiere tener es digna de Ripley. Así, aumentan vertiginosamente las cirugías estéticas que esconden el paso de los años, brindándonos penosos ejemplos, especialmente de figuras públicas del espectáculo, y aumentan también los profesionales de la medicina dedicados a esta “especialidad” o “arte” del rejuvenecimiento. Pero, el tiempo no puede detenerse, y sigue haciendo su trabajo y junto a la ley de gravedad van modelando los cuerpos. El tiempo equivalente a su peso en oro –difícil medición aquella-, o tiempo igual a dinero es lo que nos va marcando como sociedad. Y se quiere comprar el tiempo con dinero, aunque sea en forma figurada e inútil, como lo es con la falsa apariencia lograda a partir de la cirugía estética. Sin embargo, no se puede comprar el tiempo, y la muerte llega inexorablemente. El mayor drama reside en que estamos convencidos que debemos agotarnos en nuestro período productivo para lograr dinero para prepararnos para el futuro, lo que lleva a que muchos trabajen sin cesar logrando una cantidad de dinero que no podrán gastar y que menos podrán llevarse consigo a la tumba. Eso es ni más ni menos que no vivir la vida aplazándola para el futuro, para más tarde, cuando ya sea efectivamente tarde.

Uno de los peores signos de este mundo que deja de lado el ser humano para manejarse con el criterio del progreso, de la productividad y el crecimiento es el cambio de hora que se hace en algunos países. En Chile, el cambio de hora se institucionalizó en el año 1968, en que algunos iluminados propusieron a las autoridades de turno instaurar un horario de verano, para de ese modo ahorrar energía eléctrica, que era producida exclusivamente por centrales hidroeléctricas, que estaban afectadas seriamente en sus reservas de agua producto de una intensa y prolongada sequía. A partir de ese momento, y hasta ahora, hemos debido sufrir incesantemente el ajustar nuestro reloj biológico dos veces al año. Lo más grave de todo es que nadie ha podido probar el verdadero ahorro –si es que lo hay- de la infausta medida. Es más, establecer si hay ahorro debiera producirse midiendo las situaciones en forma simultánea, lo que es imposible de hacer. Entonces, debemos conformarnos con la palabra de algún o algunos “expertos” que nos hacen creer en la importancia del ahorro de energía eléctrica. Y me pregunto entonces, ¿qué es más importante, el supuesto y no probado ahorro de energía o el existente y sólido ser humano que ve alterado su metabolismo dos veces al año? Hoy, ya dependemos cada vez menos de la producción hidroeléctrica, y ya no hay razones para querer buscar el supuesto ahorro: la producción de energía eléctrica depende cada vez menos de las lluvias.

Las voces de personas estudiosas se alzan cada vez con más fuerza para denunciar la farsa e inefectividad del cambio de hora, así como las consecuencias en la salud de la población. Cuando se produce el cambio de horario de invierno al de verano, debemos adelantar en una hora nuestra agenda para lograr el objetivo de ahorrar energía eléctrica. Pero eso significa levantarse a oscuras nuevamente, como durante todo el invierno, con las inevitables consecuencias de irritabilidad, somnolencia, y cansancio. Diversos estudios en países en que se sigue practicando el cambio de hora muestran que el abrupto corte en el período de sueño que se experimenta tras adoptar el horario veraniego está relacionado con un aumento en la incidencia en las lesiones comunes y graves en los lugares de trabajo. En un estudio en la minería ha probado que en los lunes que siguen a la entrada en vigor del horario de verano aumenta el número de lesiones tanto leves como graves que sufren los trabajadores. Se probó además que los trabajadores duermen en promedio 40 minutos menos. Por el contrario, en los lunes que suceden al cambio de hora normal, es decir, de invierno, no se presentan diferencias significativas en los patrones de sueño, cantidad de lesiones o gravedad de las mismas. Hay también estudios de salud en que se prueba que el organismo se acopla rápidamente a la progresión estacional del horario normal o estándar de invierno mas no al de verano, especialmente en lo que se refiere a los patrones de sueño y actividad. Un médico mejicano especialista en endocrinología advierte que “mientras no haya evaluaciones científicas de la forma en que el cambio de horario impacta la fisiología humana y la productividad en las escuelas, empresas y centros de trabajo, será imposible saber si sus beneficios exceden a los perjuicios que pudiera ocasionar. Cuando uno se habitúa a trabajar en un horario determinado es porque ya ha ajustado su reloj biológico y éste tarda desde dos hasta ocho semanas en acoplarse; en ese tiempo de adaptación disminuye el rendimiento escolar en los jóvenes y el laboral en las personas productivas. Por esto considero que evaluar el horario de verano con una visión única de ahorro de energía es una medida demasiado reduccionista.”

En Chile, se produce el debate de la validez del cambio de hora cada comienzo de otoño y de primavera. Se han empezado a levantar voces de estudiosos como el astrónomo Fernando Nöel, que aboga por abolir la medida del cambio de hora y volver al huso horario oficial de GMT-4, basado en las consideraciones dadas anteriormente, manifestando que la hora oficial debe estar basada en información técnica y no en ocurrencias personales. Debo decir que concuerdo absolutamente con el sr. Nöel.

El progreso tiene como objetivo solamente más progreso. Esa es su filosofía. No busca darnos más tiempo para nosotros mismos o aumentar nuestras dosis de felicidad: nada de eso. El progreso solamente se satisface con más progreso. Y el cambio de hora es parte de él. No está concebido para hacernos más felices o darnos más salud o darnos más tiempo.

Ruego a Dios que las autoridades se iluminen y terminen con la infausta medida del cambio de hora. Pero dudo que lo hagan.

Que Dios nos bendiga.

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El terremoto que hemos vivido hace pensar. Es parte integrante de él, que ha durado no solamente los interminables minutos de su movimiento, sino que nos acompaña a veces en forma perceptible por sus réplicas y siempre imperceptible en los recovecos del pensamiento de cada uno.

Es bien sabido que vivimos desde hace algunos años un período de muchos cambios, en que lo establecido se pierde, lo construido se desploma, lo acumulado se esfuma y lo atesorado se evapora. Con el movimiento sísmico se vino a tierra no solamente lo que era la casa, la construcción, la privacidad de las familias y las personas, los lugares de obtener el sustento, o aquello que constituía patrimonio y del cual se obtenía renta, sino que se cayó muchas veces un ideal, un sueño largamente acariciado. La naturaleza, en forma intempestiva, casi traicionera, desata su furia destructiva y deshace lo hecho por el hombre, en un instante, una porción mínima del tiempo que costó construirlo. Y los hombres que vivimos el fenómeno comenzamos nuevamente un proceso de aprendizaje forzoso, en el cual estamos sumidos.

Pero, indefectiblemente, el terremoto nos ha traído aprendizajes. Y hemos visto en tantos y tantas que lo que alguna vez fue su motivo de alegría inmensa, e intensa, hoy, al ver las ruinas, es motivo de profunda tristeza. Y me acuerdo de Gibrán Khalil Gibrán, que en El Profeta nos enseña:

“Cuando tembléis de alegría, mirad hondo en vuestro corazón y hallaréis que solamente aquello que os ha producido tristeza es lo que os está produciendo alegría.

Cuando estéis pesarosos, miraos de nuevo el corazón y veréis que, en realidad, estáis llorando por aquello que ha sido vuestro deleite.”

 

Y el Tao Te King, escrito por Lao-Tsé, hace ya miles de años, nos recuerda:

“¿Qué es más valorado, el nombre o la persona?

¿Qué es más apreciado, la salud o la riqueza?

¿Qué es peor, obtener algo o perderlo?

Cuanto más se ama algo, más se sufre por la pérdida.

Así, quien más acumula más pierde.

Saber contentarse es no padecer desgracias.

Saber detenerse es no correr peligro.

Así se puede perdurar.”

Los tiempos que vivimos son de cambios vertiginosos, y seguirán. No habrá pausa. No habrá términos de mundo ni cataclismos generalizados, pero el mundo que hemos construido se cae a pedazos, al igual que las construcciones hechas por el hombre en el terremoto. Una poderosa institución que alguna vez se erigió como de los paladines en la organización espiritual del ser humano se está viendo cada vez más criticada y abandonada, justamente por las actuaciones personales. La política, como modo de vida de muchos que dicen tener vocación de servicio público, es percibida como negativa y alejada del hombre y su vivencia. La organización económica del mundo y su estructura de poder es día a día menos creíble, y surgen voces en todos los rincones del mundo reclamando los cambios. Y los cambios ya se han instalado para quedarse. No pueden pararse, porque provienen del hombre individual, que al juntarse con otro van haciendo parte de la masa crítica que lo requiere para manifestarse.

Hoy estamos en pleno proceso de aprendizaje. Lo vemos en los que nos rodean. Lo escuchamos en las conversaciones coloquiales. Lo leemos en las columnas de los diarios y revistas. Es tema generalizado. Y notamos los cambios. ¿Podremos seguir como antes, o necesitamos cambiar internamente, para cambiar el mundo desde ahí?

A lo mejor necesitamos utilizar en el día a día la vajilla fina, aquella loza guardada con  esmero y delicadeza, y los vasos y copas que están esperando la ocasión que nunca llega, no vaya a ser cosa que nuevamente se caiga el mueble donde se guarda y exhibe tras los vidrios, y no tengamos oportunidad de usarla, o no quede nadie con quien compartirla. Necesitamos volver a tener tiempo para nosotros. A lo mejor deberemos quitárselo a las carreras –verdaderas maratones en la vida- que emprendemos por atesorar, por acumular, para cuando llegue el momento de necesidad. A lo mejor necesitamos dedicar nuestra vida a establecer y cultivar relaciones con nuestros semejantes, a mejorar las relaciones con nuestros seres queridos, a servir a otros, y a mejorar la relación con nosotros mismos, en vez de correr tras aquello que es prescindible, lo “impermanente”.

Lo que se llevó el terremoto nos fuerza a aprender el desapego, y puede permitirnos andar más liviano en este paso por la Tierra, y a comprender que la seguridad no es más que una palabra.

Que Dios nos bendiga.

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